Por qué se suicidan los escritores

Escolios.
El escritor estadunidense William Styron.
El escritor estadunidense William Styron. (Alison Shaw)

Ciudad de México

La literatura parece ser un trabajo profundamente expuesto a la depresión y muchos de sus oficiantes se dicen aquejados por esta antigua y ambigua afección. Existen innumerables escritores suicidas que fueron mártires de la depresión, aunque también muchos vividores que, alegando esa enfermedad profesional, piden toda clase de favores y canonjías. Ciertamente, existen razones para que el escritor pueda ser atacado por la depresión: el oficio es extremadamente solitario y el autor maneja temas escabrosos y material psíquico inflamable; existe un marcado contraste entre la retórica casi mística con que se adorna el oficio literario y su realidad mercantilista, farandulera y a veces delincuencial; las recompensas materiales en el gremio son escasas y azarosas y los resultados en reconocimiento y éxito no dependen directamente del esfuerzo invertido o de la calidad del producto. No es extraño que, ante estos factores ambientales, el ángel negro de la melancolía, o del resentimiento, surque las páginas de muchos literatos; sin embargo, hay pocos testimonios del propio escritor en torno a la depresión como enfermedad. ¿De qué manera hace consciente su condición, ya no como un sustrato espiritual, sino como una situación clínica? ¿Cómo convive el escritor con la tristeza, el pesimismo, el tedio, la ansiedad o el pánico que implica la enfermedad? En 1990, William Styron publicó su libro Esta visible oscuridad, en el que narra su experiencia con una depresión aguda, que surge curiosamente cuando el escritor, con una vida familiar estable y un gran éxito profesional, cumple 60 años y se enemista con el amigo más cercano y frecuente que había tenido, el alcohol, que comienza a hacerle daño. Esta repentina privación le genera malestar y cambios de humor  que se agudizan cuando acude a medicarse y las prescripciones lo empeoran. Styron prueba todo tipo de terapias y solo una hospitalización y el afecto de los suyos lo salva del suicidio. 

Más recientemente, el poeta australiano Lee Murray publicó Killing the Black Dog. A Memoir of Depresion en el que indaga en las raíces de su depresión (pobreza, mala relación con los padres, obesidad infantil, acoso escolar) que se dispara a sus 50 años cuando, siendo ya un poeta famoso, brinda una lectura en su pueblo natal y uno de sus compañeros de escuela, acaso deslumbrado con su contemporáneo, lo llama cariñosamente con el apodo con que lo hostigaban de niño. Esto desata sus cadáveres insepultos y lo catapulta a una larga crisis de la que sobrevive trabajosamente. En estos casos, la depresión es una condición vital latente que se exacerba en momentos climáticos y que se resiste a la descripción. La audaz introspección de estos autores acude a la metáfora, a la parábola y a todos sus recursos expresivos para explorar esa oscuridad y otredad íntima que los acompaña y para revelar a ese aliado–enemigo que, prometiendo salvarlos, amenaza destruirlos.