ENTREVISTA | POR HÉCTOR GONZÁLEZ

Repensar a Porfirio Díaz

Porfirio Díaz.
Porfirio Díaz.

Ciudad de México

Luis Barrón

Porfirio Díaz ha sido víctima de las autojustificaciones de la Revolución. Fue adulado por los intelectuales y políticos de su época, que lo consideraron un estadista y pacificador; en el extranjero se le trató incluso como un héroe por haber estabilizado al país y haberlo puesto en la senda del progreso. Durante la Revolución fue calificado como dictador y represor, un personaje negro de la historia de México. No se hizo un análisis serio de su régimen porque para la Revolución era importante explicar las razones de su origen. La imagen del represor permaneció hasta la década de 1990, cuando comenzó a repensarse aquel periodo.

Porfirio Díaz se identificaba con las corrientes liberales que promovían el progreso material y al Estado como entidad que debía sentar las bases para la modernización. Esto trajo consigo un liberalismo autoritario, no solo en México sino en todo Occidente.

Porfirio Díaz fue producto de una época de claroscuros, época en la cual las élites en el poder justificaban el “Mátalos en caliente”, las represiones en Río Blanco y Cananea, los despojos a los indígenas. Sin embargo, la segunda gran modernización de México ocurrió durante el Porfiriato. Hubo una producción cultural importante y se privilegió la expansión del telégrafo y el ferrocarril.

La forma más fácil de calificar a Porfirio Díaz es llamándolo dictador, pero no era un autócrata. Aunque en ocasiones usó el poder de manera autoritaria, en otras cedió y negoció a muchos de los candidatos a los que apoyó. No es que fuera un demócrata, pero hablamos de una época en la cual los sistemas políticos se basaban en un ejercicio autoritario del poder.


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Luis Barrón es doctor en Historia de América Latina por la Universidad de Chicago. Autor de Carranza. El último reformista porfiriano.



Javier Garciadiego

Hay que matizar geográfica, generacional y socialmente el estudio de Porfirio Díaz.

Es un personaje importante cuya longevidad explica su participación en varios momentos de la historia nacional. Nació en 1830 y murió en 1915. Vivió 85 años, casi el doble del promedio de vida en buena parte del mundo. Entre la niñez y la juventud, le tocó el periodo santa annista, incluso peleó contra él. Esto explica que cuando asumió el poder fuera tan contrario a los gobiernos breves e irresponsables. Le tocaron la Guerra de los Pasteles y los conflictos con Estados Unidos, y participó activamente contra la intervención francesa. Por eso, al llegar a la presidencia, se ocupó de establecer buenas relaciones diplomáticas: entendió que por no hacerlo se había perdido la mitad del territorio.

Otra experiencia capital fue la Guerra de Reforma. Por ese motivo, como presidente no quiso extremar las políticas jacobinas de los liberales; sabía que éstas habían escindido a la sociedad mexicana. A diferencia de Juárez y Lerdo, fue más conciliador con la iglesia católica.

Ya con la República Restaurada en 1867, Díaz intentó llegar a la presidencia mediante dos campañas electorales —en 1867 y 1871— pero en ambas perdió con Juárez. Fue diputado y tuvo una mala experiencia parlamentaria.

A su llegada al poder en 1877, encontró una situación particular a nivel nacional e internacional. El grupo liberal del que formaba parte estaba acéfalo y asumió el liderazgo. En términos internacionales le tocó un periodo de paz: había terminado la guerra franco–prusiana, Europa entraba en un periodo de calma. Estados Unidos pasaba por un momento de crecimiento, sobre todo al sur, y esto impactó en la economía nacional, generando estabilidad.

Hay que dividir su largo gobierno de 1877 a 1911. La primera parte llega hasta 1892, cuando se consolida, controla al ejército y construye un equipo de civiles, “los científicos”. En 1892 comienza la segunda parte, caracterizada por crecimiento económico y estabilidad política, pero que no se tradujo en democracia. La reelección indefinida excluyó a sectores que no tenían cabida en el aparato político. El crecimiento económico solo benefició a algunos grupos y clases sociales.

En 1900 empieza el tercer periodo. Díaz tenía 70 años y anunciaba su declive. Enfrentaba problemas políticos de sucesión, ya no funcionaba la reelección indeterminada y debía prever algo. Por eso diseña la restauración de la vicepresidencia. Contaba con dos actores de apoyo: Bernardo Reyes y los científicos. Se decantó por un científico y los reyistas se convirtieron en opositores.

De 1898 a 1902 las relaciones internacionales se complicaron. Estados Unidos desplazó a las inversiones europeas en su conjunto y se transformó en una presencia militar importante en el Caribe al dominar Puerto Rico y Cuba, lo que a la larga generó fricciones.

Sin embargo, el problema mayúsculo fue que el crecimiento económico generó la aparición de clases sociales modernas, en particular clases medias y proletariado. Porfirio Díaz había sido el típico gobernador del siglo XIX, un hombre que disciplinó a los caciques, combatió a los caudillos, centralizó al país e impuso orden de manera fuerte, pero de pronto se encontró con sectores sociales a los que no entendió.

Porfirio Díaz ya no pudo ser un personaje del siglo XX. No entendió las demandas de los trabajadores y los reprimió; Cananea y Río Blanco son los mejores ejemplos. Tampoco entendió al movimiento antireeleccionista de Madero. Intentó mantenerse en el poder como un típico dictador de finales del siglo XIX y esto fue lo que lo llevó a su derrota y al exilio.

En busca de legitimidad histórica, el gobierno de México eligió como enemigos a Antonio López de Santa Anna, Maximiliano y Porfirio Díaz, y este último fue visto como el personaje que justificaba la Revolución.


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Javier Garciadiego es presidente de El Colegio de México. Autor de La Revolución mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios.


Álvaro Matute

Porfirio Díaz es una figura que hay que tener en constante revisión. Se le ha tratado de pintar en blanco y negro, olvidando los tonos grises. Si bien la forma dictatorial siempre resulta reprobable, hay razones contextuales que propiciaron su régimen.

Su gobierno trajo estabilidad y esa estabilidad propició que México entrara de lleno en una etapa moderna. Superó todo el caos que vino después de la época colonial, a lo largo del siglo XIX y después de las intervenciones.

En el último tercio o cuarto del siglo XIX y en los primeros años del siglo XX, México conoció otro tipo de vida y el eje fue la garantía de paz que propicia el lema “Poca política y mucha administración”.

Durante el gobierno de Porfirio Díaz, México se integró gracias a los 24 mil kilómetros de vías férreas que se construyeron. Muchas ciudades se modernizaron y nacieron nuevos núcleos urbanos. Hubo un cambio notorio en la vida colectiva.

Las desigualdades sociales empañaron la gestión de Porfirio Díaz. Algunas venían desde atrás, otras se profundizaron. Ese fue el factor que pesó sobre su gobierno. No había explícitamente una política social, aunque sí se hicieron esfuerzos interesantes en sectores como salud y educación.

La justificación básica de la Revolución fue la destrucción del régimen porfiriano. Se suponía que la sociedad sería más justa pero a la larga la promesa no se cumplió.


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Álvaro Matute es doctor en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Autor de La Revolución mexicana: actores, escenarios y acciones.


Alejandro Rosas

Porfirio Díaz es el personaje más importante de México en los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX. Para entenderlo, no podemos apartarnos de ese periodo. Actualmente, muchos se refieren a él como el mejor gobernante que ha tenido el país y extrapolan su figura para entenderlo hoy en día. No hay forma de compararlo con el presente. No hablo de números o de cuestiones económicas sino del régimen.

Por más simpático que pueda caernos y por más héroe que haya sido durante la lucha contra la intervención francesa, al final fue un dictador. La estructura política que construyó la recuperó el PRI como partido oficial: un control absoluto del Ejecutivo; una supeditación absoluta de los poderes legislativo y judicial; una simulación democrática. Recordemos que en su época nunca dejó de haber elecciones pero todo era simulado. El progreso material de su régimen no quita que haya sido una dictadura.

Su imagen en el sistema educativo es curiosa: al principio era el tirano favorito y ahora es un ejemplo. Ambas visiones son reduccionistas. Su régimen fue de claroscuros. Estuvo en el poder más de treinta años y sus ocho periodos de gobierno corrompieron la moral pública. Participaba en la reelección de diputados, senadores y gobernadores y restringió las libertades.

Tampoco podemos negar que con el tren unificó al país, tomó el poder con 800 kilómetros de vías férreas y lo dejó con más de 20 mil kilómetros. Otros logros fueron el impulso a la luz eléctrica y cierta estabilidad. Sin duda, contribuyó al desarrollo económico pero eso tuvo un enorme costo social en ciertas regiones.

Los indios yaquis padecieron las políticas económicas porque fueron despojados de sus tierras para dárselas a los inversionistas extranjeros. En Yucatán, los mayas fueron sometidos porque el henequén se convirtió en un producto de exportación y se necesitaba garantizar su producción al margen de la inestabilidad social. Lo mismo sucedió en Morelos: la explotación de los campesinos fue terrible gracias a que México tenía el segundo lugar en la producción mundial de azúcar.

El Porfiriato fue maravilloso para las élites de las grandes ciudades. No hay que limitar la paz porfiriana porque no partía de la aplicación de la ley sino de instrumentos como la ley fuga. A sangre y fuego, el país se pacificó pero eso provocó que no pudiera desarrollarse un sistema de justicia. Díaz mismo reconoció que tuvo que derramar sangre para salvar a la mayor parte del país. Varias de sus prácticas las vemos hoy y conviene preguntarnos si queremos que el gobierno aplique la ley de una manera discrecional en aras de una supuesta paz. Porfirio Díaz es el gran constructor del México moderno, pero a la vez es el gran destructor de sus logros. Como muchos políticos, no supo decir “basta” ni retirarse a tiempo. En 1908 declaró que el país estaba preparado para la democracia. Pudo retirarse en 1910 después de las fiestas del Bicentenario, pero no supo o no quiso hacerlo.


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Alejandro Rosas es historiador y escritor. Autor de Mitos de la historia mexicana.


Pedro Salmerón

Díaz es uno de los personajes más complicados y controvertidos de nuestra historia. Gobernó el país durante más de treinta años. Para poder equiparar lo que ocurrió durante el gobierno de Díaz tenemos que hablar de los presidentes de México que van de Lázaro Cárdenas a Echeverría. A pesar de que los resultados de su gobierno son extraordinariamente complejos, lo que más nos gusta es simplificarlo hacia uno u otro lado, decir que fue el mejor presidente que nunca ha tenido México, lo cual es una tontería solemne, o decir que fue un traidor a la patria, lo cual tampoco es cierto. No se le debe encasillar.

La época de Díaz corresponde puntualmente con la época del imperialismo clásico. El ferrocarril conecta, rompe ataduras, pero también vincula a México con el mercado mundial y lo convierte en productor de materias primas en beneficio del Imperio. Todas las exportaciones en México —y cuando digo todas quiero decir casi exactamente eso— beneficiaban directamente a las grandes compañías, sobre todo británicas y estadunidenses.

En contraste, tenemos el despojo de tierras a las comunidades; el trabajo esclavizado en las plantaciones tropicales, las plantaciones de henequén en Yucatán o las plantaciones de tabaco en Oaxaca. Se promovió el despojo y la explotación de la mano de obra en favor de los latifundistas. Desde los términos del propio Díaz y desde el liberalismo porfirista, esto fue justificable pues eran de un enorme pragmatismo político.

La suya fue una de las dictaduras más eficaces de la época. Sin duda, consolidó cierta unidad económica y creció la cultura. Fue un periodo en el que México se unificó como nación a costa de dirigir un gobierno autoritario por encima de las leyes. Para muchos, esto era necesario después de muchos años de inestabilidad política.

Hay corrientes historiográficas que aseguran que los daños del Porfiriato son un mito. Eso es mentira; no hubo un solo año en el que no hubiera represión sangrienta del gobierno contra el pueblo.

Aunque en el discurso se critique a Díaz, el PRI institucionalizó el Porfiriato: de su gobierno sobreviven la idea de un gobierno elitista, privilegiado, separado del pueblo y el modelo de entrega de los recursos nacionales. Parece ser que el gobierno actual pretende revivir algunas facetas de entonces, incluso en su modelo represivo, de terrorismo de Estado contra la sociedad.


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Pedro Salmerón es doctor en Historia por la UNAM. Autor de 1915. México en guerra.