ENTREVISTA | POR VIANEY FERNÁNDEZ/ LABERINTO

"Mi obra no es de luz, es de oscuridad, pero en ella también hay mucha esperanza, mucha vida. Está la naturaleza del ser humano tal y como es”

“Que alguien me diga dónde puede exhibir un pintor”: Arturo Rivera

El pintor Arturo Rivera.
El pintor Arturo Rivera.

Ciudad de México

El mundo de Arturo Rivera está poblado de sangre, esqueletos, cerdos, pollos, instrumentos quirúrgicos, mujeres y cráneos... y más cráneos. En su lienzo vive y convive la figura del ser vivo expuesta, desgarrada. ¿La dualidad entre la vida y la muerte? ¿La fidelidad del horror? ¿“La belleza de lo terrible”?, como dicen algunos críticos. ¿O simplemente una curiosidad irreverente?

“Todo mundo dice que mi obra habla de la muerte, aunque en ella por lo regular hay cráneos, no muerte. Mi obra no es de luz, es de oscuridad, pero en ella también hay mucha esperanza, mucha vida. Está la naturaleza del ser humano tal y como es” —dice el pintor mexicano que el 15 de abril cumplió 70 años de vida.

Rivera da la razón a quienes ven dolor en sus cuadros, “porque pinto lo que vivo y la vida es dolorosa; las ausencias, las muertes, la misma política te deprime”, dice. En la piel aflorada, en los huesos descarnados, la desnudez impávida, sus trazos reflejan también una obsesión desarrollada desde la infancia. “Me encantan las cuestiones médicas, creo que soy un médico frustrado. Tengo una amiga doctora que me ha permitido estar en autopsias. Me encanta ver el cuerpo humano en su estado puro”.

“Hice apenas un retrato a una señora muy rica y me lo devolvieron porque no les gustó: era muy oscuro. Yo pinto lo que veo, no como quieres que te vea o como pienses que voy a verte”.

Al otro extremo de la sala, en uno de sus grandes libreros, Rivera guarda sus otras pasiones: la música, la literatura (en especial la poesía) y la anatomía. Le ha otorgado un espacio específico a los discos de Shostakóvich, PJ Harvey y 50 Cent; a compilaciones de la obra lo mismo de Juan Gelman que de José Clemente Orozco, y a tratados de anatomía. Y enfilados con sumo cuidado y pulcritud, destacan los huesos de un pequeño venado que aún conserva los cuernos y deja al descubierto la dentadura. La naturaleza sin ornamento.


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De sus 70 años, por lo menos 50 los ha dedicado a la pintura —un hito en su carrera, que él subraya, fue su primera exposición en el Museo de Arte Moderno (MAM) en 1982—.Tras egresar de la Academia de San Carlos y de un autoexilio en Nueva York, donde conoció al pintor Max Zimmermann, quien lo invitó a trabajar con él en Munich, Rivera regresó a la escena artística mexicana de la que nunca se ha sentido parte. “Llegué aquí y estaba muy desprendido de la plástica. Conocía a José Luis Cuevas, a todos los de la Generación de la Ruptura, que no era mala. Cuando alguien habla de una escuela determinada hay gente que sigue, continúa y aporta, pero yo siempre pensé que la pintura es para conmover, para que se sienta, porque el arte no se entiende, se siente”, dice minutos después de encender un puro, su vicio irrenunciable.

 “No encajaba porque traía otro estilo, era realista. Además, Teresa del Conde, la crítica de arte que le dio nombre a ese movimiento artístico en México, me odiaba. Jamás iba a ser parte de ese grupo”, agrega. Exponer en el MAM fue obra de Fernando Gamboa quien, en palabras de Rivera, durante su gestión como director del recinto, de 1972 a 1981, le dio espacio a aquellos artistas que no eran parte del canon ni cumplían con cuotas de amiguismo.

El Rivera disonante no solo era —quienes lo han escuchado hablar saben que suelta lo que piensa sin pudor alguno— reticente a formar parte de una escuela sino al discurso en torno a su propia obra. “Yo ya venía de Alemania con un lenguaje personal. Ahí adquirí mis influencias, que fueron Rembrandt y Van Gogh. No copiaba a nadie. No digamos copiar, sino sentir la fuerza de alguien y tratar de ser él. Así es como te vas haciendo y formando: encuentras un lenguaje personal. Pero yo no lo encontré aquí, lo encontré en Alemania”.

Arturo Rivera insiste en que su arte es inclasificable. “A veces dicen que es realismo… Yo también lo he dicho pero tampoco es del todo cierto. El realismo es del siglo XIX, con Gustave Courbet y Jean–François Millet. Ahora bien, qué arte es clasificable. Hay pintores mexicanos importantísimos a quienes nadie les da una clasificación y ni los pelan porque prefieren darle espacio a esas instalaciones del condón pegado”.

La imagen de un condón como pieza de museo muestra al Rivera iracundo. Se abre la puerta para hacer valer su postura contra lo que críticos de arte e instituciones culturales han perfilado como arte contemporáneo. “No estoy en contra de estas nuevas manifestaciones artísticas, pero tampoco me interesa hablar de ellas. Me molesta que en México se cierren los espacios para los pintores. Los museos de México están secuestrados, ya se lo dije a la nueva directora de Bellas Artes [María Cristina García Cepeda]”, dice.

“¿Por qué secuestrados?... Que alguien me diga en dónde, que no sea el Museo de Arte Moderno, puede exhibir un pintor. ¿El Tamayo? Cuando Cristina Gálvez fue la directora programó exposiciones de pintura, como Rufino Tamayo lo quiso en vida, pero al instante en que se les ocurrió cambiarle el nombre y designarlo Museo Tamayo de Arte Contemporáneo los artistas ‘emergentes’ se robaron el concepto de contemporáneo. De igual manera, los cuates que lo dirigen se clavaron con la etiqueta y decidieron poner cualquier cosa que para ellos significara arte contemporáneo”. Con sorna, Arturo Rivera recuerda el día en que una muestra exhibió “unos hígados enormes” en el Museo Nacional de Arte ante el azoro de los visitantes.

“Para empezar, ya no existe la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Ahora es una Facultad de Artes y Diseño. ¿Cómo puede ser que un oficio se convierta en carrera? ¿Cómo es que puedes ser doctor en pintura? Quiero ver la obra de esos doctores. Las autoridades culturales están convencidas de que es lo nuevo e impera la regla de estar a la moda. El chiste del arte es producir. Para mí lo es pintar, lo demás no me interesa”.


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El niño que mataba el aburrimiento dibujando en sus cuadernos durante sus clases en el Colegio Alemán, y cuya curiosidad le hacía mirar la revista de la Pinoteca Nacional que gustaba a su padre, supo muy pronto que sabía ver. “El pintor aprende con los ojos como el escritor aprende leyendo”. La teoría y la técnica, asegura Arturo Rivera, vienen después, con el trabajo y la disciplina.

Rivera nunca está quieto. Mientras pinta, puede entrar y salir de su estudio una y otra vez; mientras platica, puede fumar y apagar el cigarrillo o servir agua y café una y otra vez; mientras pasa el tiempo, puede experimentar con sus lienzos. Utiliza óleo, gueso, y otra vez óleo, y hasta se da tiempo para andar en los terrenos de la escultura. Frente a él, una mujer doma a un cerdo de casi dos metros de altura. La escultura es parte de una serie que moldeó el año pasado en las que el cerdo, dice, representaba el erotismo.

“He trabajado poca escultura, las cosas que hice fue porque me las propusieron y decidí intentarlo. Actualmente hay modeladores para las obras; por ejemplo, las de Cuevas se hacen en la misma fundidora a la que yo envié estas esculturas. Ya se saben las de Cuevas de memoria, y nada más firman”. Aunque dice que dejará de experimentar hasta que muera, sabe cuál es su lugar en el mundo: “soy pintor y no escultor”.

Considerado uno de los más importantes pintores mexicanos vivos, trabaja actualmente en una exposición de 21 pintores mexicanos en el Museo de la Ciudad de México, que abarca a jóvenes y consagrados como Benjamín Domínguez, todos inspirados por Rivera. “Estará lista en dos meses. Pensábamos titularla El infierno de lo bello, pero dije ya basta de terrible, horrible, infierno. A estos pintores y a mí nos une la oscuridad y no la luz de la pintura, pero ya basta. Se llamará Pausa”.


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El último cuadro tiene un telón de fondo que se desborda. Dos hermanos que murieron relativamente  jóvenes, uno en un accidente y otro de una sobredosis. Un padre frío y distante. Matrimonios, divorcios, amores, ausencias. A Rivera hay que permitirle asegurar que la vida duele. “Debo aceptar que el hecho de que nadie me pelara me afectó mucho, sobre todo al principio. No puedo decir que fui un malentendido porque he vivido de la pintura; sé que me voy a morir con un pincel en la mano”.

Por momentos, Rivera olvida la paleta de colores sombríos que caracterizan sus cuadros. Bromea y sonríe, sin dejar de lado el puro. “Físicamente me siento bien, nomás que lo resiento cuando entro en depresiones. Han pasado muchas cosas en mi vida: tengo una válvula artificial en el corazón, me operaron hace 18 años, tengo una clavícula de fierro… En fin, muchas cosas han pasado y hay veces que no las recuerdo. Yo solo quiero seguir pintando”.