ENTREVISTA | POR J.D. VICTORIA/ MILENIO LABERINTO

Durante muchos años había querido saber qué era 'Ulises', y no me animaba a leerlo. Me parecía que no iba a entenderlo y eso era una frustración anticipada que le sacaba todo el gusto a la idea.

Marcelo Zabaloy: No soy traductor profesional ni pertenezco al mundo de las letras

Marcelo Zabaloy.
Marcelo Zabaloy.

Ciudad de México

¿Cómo y por qué te decidiste a realizar esta labor de traslación al castellano del Ulises?

Durante muchos años había querido saber qué era Ulises, y no me animaba a leerlo. Me parecía que no iba a entenderlo y eso era una frustración anticipada que le sacaba todo el gusto a la idea, pero era un desafío que no dejaba de inquietarme de tanto en tanto. Si lo leía en castellano iba a culpar a la traducción de todo aquello que no entendiera o que me pareciera inexplicable, y para leerlo en inglés hacía falta ejercitar mucho la lectura de cuentos y novelas, cosa que venía haciendo, pero tendría que subir el nivel de complejidad. Y así, durante más de diez años solo leí cuanto pude de las cosas más disímiles, extrañas, clásicas y de avanzada que pude encontrar por ahí. Para no abrumar con listas, leí obras difíciles, de esas que requieren mucha atención, que exigen diccionarios, consultas a otros libros y etcétera. Y esos  textos tenían a veces referencias a otros textos en francés, que no conocía más que muy superficialmente, y entonces me agarré el berretín con el francés y lo estudié con más pasión que método. Vale decir que durante cinco años no hice más que leer en francés todo lo que pude, y arranqué esta vez por lo más complicado. Por mi afición al rugby pude mantener viva la práctica de ambos idiomas gracias a muchos viajes y largas estadías en Francia y Nueva Zelanda.

La primera lectura del Ulises me llevó seis meses, o algo así, porque leía despacio, en la cama con el diccionario en la panza, y eso requiere paciencia. Desde el primer párrafo me sentí perplejo y cautivado. Visto desde acá y desde ahora, creo que por entonces pude haber entendido un treinta por ciento de lo que leí; que a lo mejor intuí con acierto un veinte por ciento más, y que el cincuenta por ciento restante me dejaba con hambre de averiguar, de releer, de seguir adelante aceptando el desafío que este libro me proponía.

Y eso hice. La segunda lectura fue durante un viaje de casi tres meses por Francia, Inglaterra e Irlanda. Los vuelos largos, las esperas en los aeropuertos, los viajes en tren y las noches solitarias en los hoteles fueron ambientes extraordinariamente adecuados para leer sin interferencia alguna, casi de manera excluyente de cualquier otra operación intelectual. Esta segunda lectura de Ulises me produjo una satisfacción muy grande porque fueron muchas las cosas que descubrí, casi otro libro.

Estaba en este trance cuando le leí a mi esposa el párrafo de Ítaca en el que el autor describe las características del agua que más admiraba Bloom, al llenar la pava para prepararle una taza de cacao a Stephen. Traducirlo en voz alta mientras leía no era demasiado atractivo. Entonces le dije: “Mañana te traduzco este fragmento para que veas por qué me tiene loco este libro”. El resultado fue que sentí el impulso de seguir al otro día con el resto de la página, y después quise seguir un poquito más porque veía, me daba cuenta de que en realidad estaba descubriendo un libro que no conocía, en absoluto desconocido hasta entonces a pesar de mis dos lecturas anteriores. Es así: cuando uno lee en otro idioma, e incluso en el propio, descarta de manera automática lo que no comprende, o asume que tal cosa es de una manera y es de otra; muy pocas veces alguien se remite a un diccionario o consulta con otro libro. No es razonable hacerlo porque se supone que la lectura es para distraerse y uno no va a mortificarse con un texto que hace que uno se sienta un burro.

Claro, usando la razón debería haber ido a una librería y comprar cualquiera de las tres versiones del Ulises en castellano y santas pascuas. ¿Para qué tomarse semejante trabajo? ¿Y no era como reinventar la rueda? A lo mejor. Pero si de esta manera empezaba a comprender el libro y esta comprensión me producía un placer enorme, por qué cuernos me iba a privar de un placer tan barato que apenas me demandaba leer y escribir y pensar, que es lo que más me gusta hacer. Y seguí para adelante.

Juro por lo más sagrado que jamás espié ninguna de las traducciones al castellano, y no porque las desdeñara, sino porque no quería que me influyeran a la hora de elegir una palabra, un giro, un verbo. Si iba a equivocarme, quería equivocarme solo. Y juntando todas esas consideraciones me largué a correr teros en patas (dicho campero argentino), es decir que me largué a traducir “Penélope” (el último capítulo), que consta de 23 mil 645 palabras distribuidas en ocho oraciones sin puntos ni comas. El famoso monólogo de Molly Bloom me llevó un mes o un poco más.

Entonces había terminado de traducir los dos últimos capítulos de Ulises y, con toda la paciencia del mundo, de la que puedo ser capaz cuando algo me interesa lo suficiente, comencé a leer por tercera vez Ulises, pero esta vez traduciéndolo, con la sola intención de leerlo como es debido. Por aquel entonces no sabía si sería capaz de semejante trabajo, pero cada página que terminaba era una razón de más para no echarme atrás.

Por suerte ya tenía un dominio razonable del francés y en esta lectura no se me escapó nada de lo mucho que Ulises tiene en esa lengua. Compré y leí muchos libros. Ulysses Annotated, de Gifford, y James Joyce, de Richard Ellmann, fueron los que usé con más frecuencia mientras hice la traducción. En una librería de Auckland, en Nueva Zelanda —la librería está en un primer piso, es grande y hermosa, se llama Jason’s Books y se especializa en libros usados—, descubrí un filón: todos los libros sobre la obra de Joyce que quería leer estaban ahí porque los había vendido la familia del profesor D. G. Wright quien, enfermo de cáncer, había optado por el suicidio. Me acuerdo que eran ocho kilos de libros los que compré. No viene al caso hacer la lista pero están todos en casa, y bien leídos.

Las dudas fueron despejadas por la traducción al francés de Auguste Morel en colaboración con Stuart Gilbert y la revisión integral de Valery Larbaud y el autor.

Y una vez terminada la tarea me sentí perdido, vacío, raro. No había hecho más que seguir un impulso y jamás pensé en publicarlo. Pero Marcela me dijo que era una pena que semejante esfuerzo no se conociera y me puse a mandar correos a las editoriales sin tener ni siquiera una respuesta. La Asociación James Joyce de Bahía Blanca no pareció interesarse en absoluto; la editorial Ediuns, de la Universidad Nacional del Sur, dijo que no tenía gente para evaluarlo y que si quería podía editarla a mi exclusivo cargo, sin revisar el texto; los diarios y revistas literarias argentinas tampoco se interesaron, pero una agente editorial de España me contestó:


    Estimado Marcelo Zabaloy,

Le agradezco su mensaje y su propuesta pero nuestra agencia no representa a traductores y por otra parte estamos bastante saturados de trabajo. Le sugiero probar con la editorial Cátedra que, como seguro sabrá, publica clásicos anotados, y si no, quizás con una editorial argentina (El Cuenco de Plata, por ejemplo) o la editorial colombiana Norma. Lo digo porque veo que Vd. es argentino. Suerte y un saludo,

Laure Merle d'Aubigné

Agencia Literaria ACER

c/ Amor de Dios, 1

28014 Madrid (Spain)


Cátedra nada, Norma tampoco y en El Cuenco de Plata —me confesaron después— creyeron que se trataba de un chistoso que les estaba haciendo una broma. Pero dos meses más tarde, en febrero de 2010, me llamó Edgardo Russo a casa y dedujo que no era broma y que la cosa iba en serio. A partir de ese día trabajamos en conjunto y de manera incansable para mejorar el texto todo lo que fuera posible.


¿Qué aporta tu traducción al compararla con las tres versiones anteriores?

No es mi tarea compararla con las precedentes; tal cosa quedará a cargo de los críticos. Sí puedo contar que tiene notas, que las notas son sencillas y que están al final del libro, separadas por episodios para no interrumpir la lectura. El joven profesor de literatura inglesa Eugenio Conchez, de la Universidad Nacional de La Pampa, revisó, compiló y editó las notas, aumentándolas en un cincuenta por ciento al menos, y participó en las revisiones de todo el texto con una escrupulosidad y un cariño encomiables. Además, para quien quiera estudiar las diferencias entre las distintas ediciones en inglés —algo que yo mismo hice durante la traducción— hay también, al final del libro, un anexo con las diferencias que encontré, que naturalmente no son todas, entre las ediciones.


¿A qué atribuyes que las dos versiones argentinas del Ulises sean fruto del esfuerzo de traductores desvinculados de la academia?

En principio solo veo una coincidencia. Pero supongo que nadie que necesite ganarse el pan sudando la gota gorda puede darse el lujo de hacer algo por nada. A menos que lo que hace sea un pasatiempo, una afición, algo que se hace por el solo gusto de hacerlo y en un estado bastante parecido a la libertad; vale decir, sin la obligación de fechas límite, de pagos recibidos a cuenta, o cosas por el estilo. Durante muchísimos años destiné mi tiempo libre a dos cosas: el rugby y los libros (leer y traducir), y no mucho más que a eso. Una traducción por encargo y paga impone urgencias que nunca hubiera aceptado, porque no es mi trabajo. Claro que esto nada dice sobre la calidad de lo traducido, que puede variar entre lo muy bueno, lo insulso, lo prescindible y lo malo. Espero que esta traducción sea considerada al menos como no mala.

Cuando Borges quiso empezar a ver de qué se trataba y estaba con un grupo de amigos ensayando frases, entró alguien blandiendo el ejemplar recién aparecido de Salas Subirat. Y ahí se le terminó el entusiasmo; ya era una tarea innecesaria, habrá pensado. De haber seguido adelante hubiera hecho la traducción más gloriosa de la lengua castellana.

No, no leí ninguna de las tres versiones precedentes en castellano; no quise hacerlo para poder tomar mis propias decisiones. Mi modelo fue la traducción de Morel y Larbaud, igual que Salas Subirat.

No soy traductor profesional ni pertenezco al mundo de las letras. Soy un escritor aficionado y muy justamente desconocido, aunque siempre fui un lector constante y me gustan la lengua inglesa y el francés, las únicas que conozco. Por impulso natural a veces traduzco los textos que me gustan.


¿Cuál fue tu criterio para incorporar modismos argentinos en Ulises?

Proceder como procede el español cuando traduce y no se fija en los modismos que en Argentina, en México, en Chile o en Uruguay nos parecen extraños o desconocidos. El castellano rioplatense tiene, como todos los países latinoamericanos, recursos deliciosos para enriquecer la lengua. El argot porteño de Buenos Aires, el lunfardo, tiene voces adecuadas casi para todo. Joyce no se preocupó en absoluto por aclarar los modismos dublineses. Asumo que le hubiera encantado verlos reinterpretados y a veces hasta sonando parecido.


Continuando con esta labor titánica de aproximar al autor irlandés a los lectores en castellano, ¿cuál ha sido tu experiencia en la traducción que realizas de Finnegans Wake?

Poco y nada puedo decirte que no sepas ya de lo que significa traducir Finnegans Wake. En este momento estoy dando la tercera vuelta, o re–revisión. Mi guía ha sido naturalmente el texto original, pero siempre tuve el otro ojo puesto en la obra de mi amigo Hervé Michel (una traducción reciente al francés). Encontré un método y lo sigo de manera constante; cuento con el privilegio de tener tiempo y le dedico diez horas por día al menos de lunes a lunes. La tarea no me pesa, la disfruto enormemente y aprendo. Una brevísima muestra de las hojas 118 y 119:


No, así que ayuda Petault, no se trata de una ineficaz blanjacintosa disputa de manchas y borrones y barras y balones y aros y serpenteos y notas juxtapuestas vinculadas por arranques de aceleraciones: solo que se le parece tanto como el mismo demonio; y, seguro, tendríamos realmente que estar agradecidos de que a esta hora deletérea del alba de las moscas carroñeras tengamos incluso un trozo de papel escrito con tinta seca para mostrarnos al menos a nosotros mismos, táralo o lífalo (y nos abandonaron a nuestra suerte como el pescador de almas cuando sacó el gato del bute), después de todo lo que perdimos y saqueamos de aquello incluso en los más trasocultos rincones de la tierra y todo lo que ha atravesado y por todos los medios, tras de un gran beso al suelo en Terracussa y para suerte de la guerra con nuestros despojos echados al home al homeplato, aferrarnos a eso con manos de ahogado, esperando contra toda esperanza que, por la luz de la filosofía (¡y que nunca nos falsagie!), las cosas empezarán a aclararse un poco de una manera u otra dentro de la próxima querella de un ahora y a la horca con ellos como que diez a uno también lo serán, si a los cerdos place, como deberían categóricamente, ya que, estrictamente entre nosotros hay un límite para todas las cosas así que esto jamás servirá.