ENTREVISTA | POR JENNIFER CLEMENT*/ LABERINTO

Janne Teller

"Si se humilla colectivamente a un grupo de personas, si se le discrimina y excluye de la posibilidad de formar parte de la construcción de una sociedad, lo previsible es que tarde o temprano esas personas se rebelen a través de actos de violencia."

“Las identidades nacionales de hoy son una pluralidad”

La escritora danesa Janne Teller.
La escritora danesa Janne Teller.

En el mes de diciembre de 2013, seis personas, además de usted, se unieron para lanzar la Petición Contra la Vigilancia Masiva, en respuesta a las revelaciones de Edward Snowden. Díganos más sobre el trasfondo, la historia humana: ¿cómo llegó a formalizar esta protesta?

En junio de 2013, casi inmediatamente después de las revelaciones de Edward Snowden, la escritora alemana Juli Zeh había hecho pública una carta dirigida a Ángela Merkel en la que le exigía a su gobierno la protección a la privacidad de los ciudadanos de su país. La carta no tuvo respuesta. A mí me preocupaba —me preocupa aún— la manera en que la libertad y la democracia se debilitan cuando las autoridades dejan de respetar la integridad y la privacidad personales. En aquel momento, nadie parecía reaccionar a la tremenda transgresión que Snowden había dejado al descubierto. Yo también pensé en escribir una carta pública al gobierno danés, pero sabía que el efecto hubiera sido mínimo, puesto que la vigilancia masiva no es un problema nacional sino global. Era evidente que había que tomar una medida internacional. Hablé con otros escritores que compartían esta preocupación, como la estadunidense Isabel Cole, el búlgaro–alemán Ilya Trojanov y la británica Priya Basil, y como Juli Zeh también había llegado a la misma conclusión, empezamos a escribirnos por vía electrónica; llegamos a ser siete al unirse a nosotros los escritores austriacos Eve Menasse y Josef Haslinger. Ahí fue cuando redactamos el texto y comenzamos a contactar a otros escritores.

Esto ocurrió a comienzos de octubre de 2013. Fue una tarea titánica. Sin una organización que nos respaldara, ni secretarios o dinero, teníamos que hacerlo todo nosotros. Hubo que convocar a la prensa para lograr la publicación simultánea mundial de la apelación en el Día de los Derechos Humanos. Trabajamos sin parar durante dos meses y medio, utilizando todos nuestros contactos, editores, agentes y colegas escritores para alcanzar a otros escritores de todo el mundo. El resultado final nos dejó muy contentos: cuando la apelación se publicó, el 10 de diciembre de 2013, contenía la firma de más de 560 de los principales autores de 83 naciones, entre ellos seis premios Nobel.[1]


¿Qué consecuencias tuvo la iniciativa?

Creo que el apoyo de tantos autores importantes al movimiento Escritores Contra la Vigilancia Masiva hizo que los políticos de todo el mundo comprendieran con claridad que no iban a poder desestimar la importancia de este tema. Hagamos un poco de memoria recordando el contexto. Snowden había sido completamente vilipendiado cuando la apelación se hizo pública. Los gobiernos de Estados Unidos y del Reino Unido negaban, cuando no simplemente ignoraban, todos los alegatos de Snowden, mientras que los aliados de aquellos países (incluyendo a Dinamarca, mi propia patria) con total cinismo declaraban que nadie vigilaba a los ciudadanos. Hubo amenazas, e incluso ataques, contra los periódicos que se animaron a cubrir la noticia, como la destrucción de computadoras en las oficinas de TheGuardian en Gran Bretaña, pero una vez que la apelación de los escritores se hizo pública, resultó imposible a las autoridades desestimar el asunto como si se tratara de los delirios de un muchacho loco y de un par de periodistas de izquierda. Los gobiernos se vieron obligados a dar respuestas.


¿En qué se encuentra hoy la apelación? ¿Hay planes para realizar más protestas?

La apelación fue una iniciativa puntual que tuvo el efecto que buscábamos: poner el tema de la vigilancia masiva en la agenda pública de forma tan contundente que los gobiernos se vieran forzados a dar la cara, dejar de mentir y de darle vueltas al asunto. Muchos escritores y otras personas continuaron firmando la apelación durante un largo tiempo hasta alcanzar las 220 mil firmas. Y nosotros siete, junto con otros firmantes, continuamos discutiendo el tema y escribiendo sobre él cada vez que nos resultaba posible: nos reunimos con el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schultz, en distintas ocasiones; algunos de nosotros incluso fuimos a Estrasburgo a dialogar con los parlamentarios europeos, presentamos la declaración en la Cámara Baja de Alemania y hablamos con los negociadores de las Naciones Unidas y la Unión Europea. También unimos fuerzas con el PEN para llamar la atención sobre el problema. Sin embargo, no somos políticos ni diplomáticos, ni siquiera pertenecemos a una organización; somos simples escritores, individuos que se preocuparon en ese momento y aún se preocupan, pero que ahora debemos regresar a nuestras tareas literarias. Para cada uno de nosotros, todo esto representó un esfuerzo enorme que consumió mucho de nuestro tiempo, de manera que no es algo que podríamos hacer de manera continua. Además, hay un momento específico para cada forma de acción. La nuestra fue una iniciativa puntual, pero existen otras estructuras que permiten la búsqueda de soluciones y de su implementación. Actualmente nos reunimos si resulta pertinente; de otra manera, dejamos que las negociaciones tomen su curso en los parlamentos nacionales y de las Naciones Unidas, y que sean las organizaciones y los grupos de activistas en cada caso quienes las continúen.

No hay planes de futuras intervenciones, pero considero que estamos tan comprometidos con la causa que estaríamos dispuestos a volver a la acción si llegara a ser necesario. Y existen otros temas que nos preocupan, al menos a mí y a algunos de los otros, como el fanatismo y el extremismo en Europa. Por el momento, al menos estoy más directamente involucrada con esto.


Hay quienes suponen que se puede conocer a las personas por su comportamiento en línea. Esto puede ser verdad hasta cierto punto, pero todos sabemos que ver algo en línea no significa necesariamente que se esté de acuerdo con ello. ¿Cómo podemos protegernos del riesgo de ser falsamente acusados de complicidad en ese caso?

Resulta extremadamente difícil protegerse. Mejor dicho: resulta imposible. En el momento en que nos conectamos, nos rastrea una infinidad de cookies, lo que significa que una infinidad de compañías —o de organizaciones políticas— reciben información sobre nuestras preferencias, intereses y hábitos de consumo, las películas que vemos, las búsquedas que realizamos, los sitios electrónicos a los que entramos. En general, al entrar a una página electrónica se nos pide que demos nuestro consentimiento “formal” para aceptar las cookies, pero como es imposible usar Internet sin cookies, esa formalidad constituye una trampa. Al menos bajo la legislación vigente, o nos abstenemos de usar Internet completamente o debemos aceptar que otras personas accedan a cada clic de nuestro ratón de computadora. Pero incluso si nos mantenemos fuera de línea, no estamos completamente a salvo: un viejo teléfono celular es suficiente para que la Agencia de Seguridad Nacional [de Estados Unidos] pueda saber exactamente dónde estamos en cualquier momento. Nuestra posición es luchar en contra de la vigilancia masiva cada vez que sea posible, pero también tenemos que vivir, y en la sociedad contemporánea es prácticamente imposible vivir sin utilizar la tecnología moderna. Estoy hablando de que hay vigilancia incluso a través de los teléfonos fijos, los aparatos de televisión, etcétera. Así que hay que hacer un balance y tomar decisiones informadas, como no usar el sistema de posicionamiento global para no dejar huella de dónde hemos estado, no hablar de los secretos más íntimos en una conferencia de Skype, cubrir la cámara web cuando no se está utilizando y usar una cuenta de correo electrónico codificada. También es importante saber cuándo no es conveniente usar la tecnología y tener conciencia de que cada comunicación o acción dentro del espacio digital tiene el potencial de hacerse pública.


Usted ha escrito de manera extensa sobre el futuro de Europa en ensayos como “Europa, ¿quién eres?” y “Que Mahoma tenga piedad de mi país”. En el contexto de su pensamiento, ¿qué opinión le merecen los recientes actos de violencia antisemita en Francia y en Dinamarca?

Creo que el terror es el resultado trágico y espantoso de una política de exclusión de largo aliento, tanto en cada nación de Europa como en el resto del mundo. Si se humilla colectivamente a un grupo de personas, si se le discrimina y excluye de la posibilidad de formar parte de la construcción de una sociedad, lo previsible es que tarde o temprano esas personas se rebelen a través de actos de violencia. Eso no justifica a los perpetradores del terror. Cada terrorista también es personalmente responsable de sus propias decisiones. Pero si no somos capaces de enfrentarnos al problema mayor que es la discriminación, jamás seremos capaces de ponerle un freno al terrorismo. Por cada terrorista que pongamos bajo arresto surgirán cien para ocupar su lugar. También debemos encontrar una solución diferente al problema de los jóvenes marginales, desadaptados, desempleados y en busca de su identidad porque, por desgracia, ellos son los cuadros a los que la ideología extremista y violenta logra reclutar con mucha facilidad. Se les debe ofrecer una perspectiva positiva; mostrarles formas de contribuir efectivamente con la sociedad y de ser parte de esa sociedad sin renunciar a sus orígenes. Europa, en particular, tiene que comenzar a aceptarse como una región de inmigrantes; debemos abandonar la vieja y rígida manera que tenemos de definirnos a nosotros mismos y aceptar que las identidades nacionales de hoy son una pluralidad. Esto será posible si adoptamos una identidad basada en valores, no en normas. Si basamos nuestra identidad en la democracia, la justicia, la creencia de que todas las personas nacen iguales, así como en principios cualitativos, tal como el concepto de “cualidad sutil” que definí en el ensayo que usted mencionó antes, entonces todo el mundo podrá ser parte de esa identidad, al margen de cuál sea su origen cultural. Desde luego, esto debe ir acompañado del rechazo de la violencia contra la democracia. Debemos apoyar firmemente la tolerancia sin llegar al extremo de aceptar la intolerancia en cualquiera de sus manifestaciones o formas.

No culpo a las políticas mundiales por el terror per se, pero las políticas injustas hacia un Islam que hoy se encuentra en el lado perdedor le han dado a los clérigos extremistas un terreno mucho más fértil para captar a la juventud inconforme y le proporcionan a los terroristas una justificación de sus acciones. Por estos y por otros motivos, debemos asegurarnos de no darles a los terroristas esa justificación.


Háblenos de la respuesta mundial a su extraordinario libro Nada y díganos cómo se siente tener una obra proscrita.

Me resultó alarmante que en la Europa de hoy un libro pudiera ser proscrito solo por la pregunta existencial que plantea y que, según creo, todas las personas se formulan interiormente. Mi libro no contiene lenguaje soez y apenas narra algún hecho de violencia menor que no se compara con la que hay en los libros de vampiros y otros temas que leen hoy los jóvenes, pero con el tiempo he aprendido que ese temor a la “nada existencial” que tienen muchos adultos fue lo que los llevó a prohibir este libro para jóvenes. No fue un problema para los jóvenes, que están precisamente en la edad en la que se debaten estos temas. Los lectores jóvenes siempre ven la luz al final del libro; también comprenden que es tarea de cada individuo definir y aprovechar esa luz en su propia vida.


Háblenos también acerca de su nuevo libro, Todo, que acaba de publicarse en México.

Todo es una colección de cuentos cortos alrededor de lo que ocurre cuando no se encuentra ni se cuenta con la empatía y la coherencia del ser humano. Todo es sobre la vulnerabilidad que sentimos cuando en distintas circunstancias la coherencia humana falla o desaparece. Es lo que ocurre cuando los niños, los jóvenes o incluso los adultos deben emprender la búsqueda de esa coherencia sin ninguna guía y es sobre la naturaleza de esa coherencia. Todo también cuestiona la responsabilidad del individuo en una sociedad, respecto de sí mismo y de los demás. Sin embargo, cada historia es enteramente individual y está narrada en un tono y un lenguaje propios, que corresponden a esa historia puntual y a los personajes en ella. Los temas individuales van de la violencia, la exclusión y la libertad de expresión hasta la esclavitud moderna, la multiculturalidad y la identidad. Aun cuando hay violencia en la mayoría de las historias, la violencia no es el tema. Lo que importa es lo que la violencia pone al descubierto. Cada cuento es sobre un momento de definición, un momento en el que se obtiene una visión de uno mismo o del otro; una situación que revela o define quiénes somos en realidad. Ese momento o, mejor dicho, esos momentos pertenecen a lo que yo llamo Todo.

Todo es como un lago infinito de humanidad universal, en el que reside una verdad eterna que nos concierne a todos y que por lo tanto elude el reflejo inmediato y deslumbrante de una realidad que es hoy más falsa que nunca. Todo es el lugar en el que cada cosa se conecta y adquiere sentido; un lugar en el que no existe el miedo, puesto que cada cosa es parte de ese mismo lago del ser, de un único ser. Todo es el lugar en el que nuestras vidas deberían hundir raíces, aunque desafortunadamente eso rara vez ocurre. Por ello es que cada uno de nosotros está en busca de su propio Todo.

[1] (La apelación y la lista de firmantes se puede ver aquí

La apelación establecía los siguientes puntos: que el pilar básico de la democracia es la integridad inviolable del individuo, no solo física sino también de pensamiento y de comunicación. Que este derecho humano fundamental ha sido declarado nulo por el abuso de desarrollos tecnológicos en el que han incurrido los Estados y las corporaciones con el fin de llevar a cabo una vigilancia masiva. Que una persona bajo vigilancia deja de ser libre; y una sociedad bajo vigilancia deja de ser una democracia.

La apelación subrayaba que para conservar su validez, nuestros derechos democráticos deben ser aplicables en el espacio virtual y en el real, y efectuaba una serie de demandas específicas, que incluían: 1) el derecho de todas las personas a determinar, como ciudadanos de una democracia, hasta qué punto sus datos personales pueden ser legalmente recolectados, guardados y procesados, y por quién; y 2) que Naciones Unidas reconocía la importancia central de la protección de los derechos civiles en la era digital, y que se redactaría una Declaración de Derechos Digitales.


*Traducción de Fanny del Río