ENTREVISTA | POR VOLKER HAGE Y KATJA THIMM*/ LABERINTO

Me he dado cuenta de que las palabras que llevan una carga sentimental, capaces de despertar una euforia seductora, son susceptibles de generar disparates.

El Premio Nobel no me ayuda a la hora de escribir: Günter Grass

El escrior alemán Günter Grass murió el 13 de abril.
El escrior alemán Günter Grass murió el 13 de abril.

Ciudad de México

Su nuevo libro se titula Palabras de Grimm. Una declaración de amor.

¿Cómo comenzó su amor por los hermanos Grimm?

Mi relación con Wilhelm y Jacob Grimm surgió durante mi infancia. Crecí leyendo sus cuentos. Aún recuerdo cuando mi madre, poco antes de Navidad, me llevó a ver Pulgarcito al Teatro Estatal de Danzig. Ellos influyeron en mi trabajo creativo a lo largo de mi vida.

 

¿Qué encuentra de interesante en ellos?

Más que cualquier otra virtud, la firmeza de su carácter. En 1837, protestaron en Gotinga en contra de la intención del rey de Hannover (Ernesto Augusto) de abolir la Constitución. Junto con otros cinco profesores conformaron el grupo conocido como Los Siete de Gotinga. Su rechazo al poder del Estado les hizo perder su posición como catedráticos en la Universidad de Gotinga. Algo admirable también es el hecho de haberse embarcado en una tarea prácticamente imposible: la creación de un diccionario alemán de citas y frases hecho básicamente con solo seis letras del alfabeto.


Usted describe a los Grimm como “sabuesos de las palabras” preocupados por cada letra. Y señala: “Por un lado, las palabras tienen sentido. Por el otro, a veces generan disparates. Las palabras pueden ser beneficiosas o hirientes”. ¿De qué manera las palabras han ido dando forma a su vida?

Me he dado cuenta de que las palabras que llevan una carga sentimental, capaces de despertar una euforia seductora, son susceptibles de generar disparates. La frase de Hitler “¿Queremos una guerra total?” es un ejemplo. Estas expresiones conllevan un enorme peso semántico, y esto se debe a que no son cuestionadas. En mi opinión, resulta escandaloso cuando los ciudadanos como yo, que señalan los abusos de su país, eventualmente son señalados como “bienhechores”. Eso sucede cuando una frase que puede ser utilizada para detener un argumento en favor de la guerra se vuelve parte del uso común.


¿Qué palabras beneficiosas recuerda?

Una maravillosamente conectada con mi niñez es la palabra “Adebar”, otra forma de decir cigüeña. Esta palabra despierta en mí un inmenso cosmos de recuerdos. Otra es “Labsal” (refrigerio o descanso), la cual ha sido olvidada en mi país. Amo el sonido largo de la “a”. Los hermanos Grimm también la encontraban fascinante. Ellos, prácticamente, tenían sexo oral con las vocales. Labsal suena tan reconfortante. Me hace sentir que vuelvo a casa sano y salvo después de una terrible experiencia.


Suena como si el lenguaje le significara un sentimiento de seguridad y arropamiento.

Ciertamente. Escribí mi novela El tambor de hojalata en París, donde también empecé a escribir Años de perro. Después de cuatro años descubrí lo perdido que me sentía, inmerso en un idioma que no era el mío. Tuve que volver a Alemania, volver a un lugar de habla alemana. Mi experiencia fue similar a la que experimentaron algunos autores que emigraron a Estados Unidos durante la época nazi: carecían del idioma para hacerse entender y para entender a otros. Algunos de ellos pudieron soportarlo, yo no.


La cultura juvenil tiene su propio estilo lingüístico. ¿Entiende lo que dicen sus nietos?

Por supuesto. Para mí representa una ganancia magnífica poder, con la ayuda de ellos, mantenerme al día en el manejo de la jerga actual. Antiguamente, en Berlín, la gente utilizaba la palabra “knorke” para referirse al mar profundo. Pero ya no se usa más. Las palabras van desapareciendo.

 

¿Lamenta esa pérdida?

Por fortuna, la palabra “knorke” se preserva en la literatura. En términos generales, estoy de acuerdo con Jacob Grimm: siento que deberíamos permitir cambios en el lenguaje, dejarlo crecer libremente, sin ejercer un control estricto. El lenguaje necesita la oportunidad de renovarse. En Francia, donde la Academia francesa vigila al lenguaje, podemos ver cómo éste se vuelve rígido y formal cuando se le protege demasiado.


Es usted uno de los pocos autores que se ocupa del diseño de sus propios libros. Ha diseñado casi todas sus portadas. ¿Por qué esto le significa tanto?

Es el toque final. Es tan importante como redactar la primera línea. Y requiere del mismo cuidado que precisa la escritura.


¿Cuáles son las características de una buena portada?

Debe sumar y resumir el contenido del libro en un emblema.


Entonces usted debe estar lleno de consternación por el desarrollo de la industria editorial. La venta de libros electrónicos crece en Estados Unidos.

No creo que esta racha acabe definitivamente con el libro impreso. Tendrán un valor diferente. La producción masiva se reducirá y los libros impresos volverán a ser objetos que valdrá la pena guardar y pasarlos a las nuevas generaciones.


¿Se imagina Palabras de Grimm en iPad?

Difícilmente. He establecido un acuerdo con mi editorial para que ninguno de mis libros esté disponible en iPad hasta que exista una ley de autor realmente efectiva.


¿Con esto llama a una protesta?

Me gustaría poner un alto a este movimiento de leer en computadoras. Parece que nadie puede impedirlo. Sin embargo, los inconvenientes de los procesos electrónicos están ya inmersos a lo largo del proceso de escritura. La mayoría de los jóvenes escritores escriben directamente en sus computadoras, editan y trabajan en sus mismos archivos. En mi caso, hay muchos pasos preliminares: hago una versión escrita a mano, después la tecleo yo mismo con mi máquina Olivetti. Finalmente, sobre las varias copias de las versiones que mi secretaria pasa a la computadora y después imprime, hago muchas correcciones a mano. Estos pasos se pierden cuando escribes directamente en la computadora.


¿No se siente anticuado con su Olivetti?

No. En la computadora, un texto de alguna manera parece terminado, aun cuando se encuentra lejos de estarlo. Escribir así es tentador. Escribo la versión íntegra a mano y cuando hay algo que no me gusta dejo un espacio en blanco que después lleno a máquina. Debido a esto, el texto se vuelve prolijo. En las versiones subsecuentes trato de combinar la originalidad de la primera versión con la precisión de la segunda. Con este enfoque, hay menos riesgo de progresivas superficialidades y de cometer alguna arbitrariedad.


¿Ha cambiado su lenguaje en las últimas décadas?

Al principio, trataba de zafarme de cualquier bloqueo mental. Cuando escribí mi trilogía (El tambor de hojalata, El gato y el ratón y Años de perro), era un tiempo en el que los autores viejos sentían que no debían permitir el uso excesivo del idioma alemán.


¿Se refiere a los representantes del periodo de la posguerra, conocidos por su lenguaje simple y directo?

Sí, y esos autores tuvieron razones para ser cautelosos. El idioma alemán fue dañado durante el periodo nazi. En esos días, los jóvenes autores, incluyendo a Martin Walser y a Hans Magnus Enzensberger, no querían sentirse coartados y se negaron a este nuevo modo de escribir. Como resultado, mi escritura derivó del sentimiento de querer desplegar todo lo que el lenguaje puede ofrecer. Ahora, mi experiencia escritural es parte de un proceso más consciente.


Permítame cambiar de tema. En Palabras de Grimm usted no hace ninguna mención de algún posible error en sus opiniones políticas. ¿Ha estado alguna vez equivocado?

Después de la reunificación de Alemania (1989–1990), tuve cierto temor de que una especie de “Gran Alemania”, con un poder centralizado en Berlín, pudiera desarrollarse. Por fortuna, el federalismo alemán ha sido lo suficientemente sólido para compensar esta tendencia. Creo que el contrapeso que ejercen los estados es la mejor opción para mi país.


En ese libro usted aborda de nuevo su tiempo con las Waffen–SS, y describe una noche clara y fría de invierno en la que juró lealtad a las fuerzas. Tenía entonces 17 años. ¿Incluye ese momento entre los errores de su vida?

No fue un error de mi parte. Fui reclutado, como muchos miles lo fueron. No fui voluntario de las Waffen–SS. Al final de la guerra me liberaron de toda responsabilidad de obediencia ciega al régimen. Después de eso, supe que nunca más volvería a hacer un juramento como aquél.


Usted no es el único autor de su generación que continuamente hace declaraciones políticas. ¿Percibe una falta de vigor entre los jóvenes escritores?

Me parecería lamentable si permanecen callados. Ellos no deben retirarse a sus mundos privados. Los intelectuales contribuyeron enormemente al desarrollo de nuestra incipiente democracia en la Alemania Oriental. Por desgracia, hay signos de que esta contribución está menguando. La crisis económica, la pobreza infantil, la deportación (de inmigrantes ilegales), la enorme brecha entre ricos y pobres son asuntos que los jóvenes escritores deben desarrollar y sobre los cuales deben emitir una opinión.


En el caso de no hacer patente alguna solución, su voz como ganador del Nobel conlleva ahora más responsabilidad de la que habría tenido en el pasado. ¿Por qué no ha dicho nada?

No tengo la impresión de que eso es lo que yo esté haciendo. Y además, no paso todo el tiempo pensando en que fui galardonado con el Nobel. Me acuerdo de eso algunas veces. Ciertamente, el premio no me ayuda a la hora de escribir, pero tampoco es una piedra en mi zapato.


¿No lo pone bajo presión?

El Premio Nobel no me inhibe cuando escribo. Quizá se deba a que lo recibí en una edad avanzada. En realidad, el premio que me otorgó el Grupo 47 en 1958 fue más importante para mí, porque en ese tiempo yo era tan pobre como una rata de iglesia. Me fue otorgado por compañeros escritores que le dieron un significado completamente distinto. No trato de empequeñecer el Premio Nobel, solo digo que no tuvo un impacto decisivo en mi vida.


Sea honesto: ¿no estaba esperando recibirlo desde hace mucho tiempo?

Ya no, al menos al final. Así fue por lo menos durante veinte años. Cada otoño, los periodistas me llamaban para decirme que era uno de los contendientes y querían agendar la primera entrevista conmigo. Tras la euforia, y a lo largo del siguiente año, todo retomó su tranquilidad habitual.


En las Palabras de Grimm usted escribe: “el trabajo que se hace a través de las cosas de la vida nunca termina […], incluso las historias tradicionales deben ser recontadas. Después de cada final, me di cuenta de que tenía más trabajo qué hacer”. ¿Qué le queda por hacer?

Después de un periodo de escritura, que duró muchos años, he querido cambiar de herramientas y dedicarme nuevamente al grabado. Quiero crear grabados al aguafuerte y a punta seca para mi novela Años de perro, para conmemorar cincuenta años de su publicación. Palabras de Grimm marcó el final de mi escritura autobiográfica. A mi edad, uno se sorprende de las experiencias que pudieran vivirse la primavera siguiente, y sé cuánto tiempo requiere completar un libro concebido bajo un concepto épico.


¿Siente miedo al final de su vida?

No. Me he dado cuenta de que uno está listo para eso; también, de la profunda curiosidad por saber qué pasará con mis nietos. ¿Cuáles serán los resultados del futbol de la semana entrante? Banalidades que de alguna manera quiero seguir experimentando. Jacob Grimm escribió un maravilloso pensamiento sobre la vejez: “La última cosecha está en el tronco”. Eso me marcó y, por supuesto, de inmediato me hizo reflexionar sobre mi propia edad. En ese ejercicio, no descubrí algún miedo predominante acerca de la muerte.

*Traducción del inglés: Andrea Rivera