ENTREVISTA | POR SVEN MICHAELSEN/ LABERINTO

"La palabra padre pervive en mí entre comillas. Después de su muerte, mi madrastra me confesó que él no había sido mi verdadero padre", dice el crítico alemán.

Fritz Raddatz: “Mi libreta de teléfonos está llena de muertos”

El crítico, columnista y ensayista Joachim Fritz Raddatz.
El crítico, columnista y ensayista Joachim Fritz Raddatz. (Especial)

Ciudad de México

La figura más horrible de sus diarios es su padre, un capitán del ejército alemán que sirvió al emperador Guillermo II durante la República de Weimar.

La palabra padre pervive en mí entre comillas. Después de su muerte, mi madrastra me confesó que él no había sido mi verdadero padre.

 

¿Sabía ella quién era su padre biológico?

Sí. Pero de él no quiero hablar porque fue una persona totalmente desconocida.

 

En su infancia, usted fue maltratado brutalmente. ¿Tenía idea de por qué?

Todos los días me preguntaba cómo era posible que mi padre se comportara conmigo de una forma tan bárbara. Aun con lo más insignificante, me golpeaba tanto que hasta nuestro perrito se condolía de mí. Incluso mis nanas, con lágrimas en sus ojos, trataban de intervenir mientras él me azotaba y mi espalda empezaba a sangrar. Mi padre utilizaba un látigo para perros hecho de piel trenzada o un fuete para caballos, que consistía en un alambre de fierro forrado de piel y paja. A veces golpeaba mis nalgas desnudas; otras veces, directamente sobre mis pantalones. El fuete, por ser menos flexible, no dolía tanto como el látigo. Lo hacía con tanta rabia… Cada vez que mi padre explotaba, yo tenía la sensación de que quería vengarse de algo. Por fin encuentro sentido a las palabras de mi madrastra; llegó a decirme: “Golpea a un bastardo”.

 

De un incidente ocurrido en su adolescencia, usted escribió: “Mi padre ejercía control sobre toda mi vida, y la destruyó especialmente una noche en la que él me sedujo y yo tuve que coger con su esposa”.

A pesar de ser un hombre viejo, no he podido olvidar aquella noche. Mi padre entró en mi habitación con su pene erecto, me sacó de la cama y me condujo a la suya. Allí me entregó con su mujer. Con once años, no tenía idea de lo que ellos esperaban de mí. Para entonces, todavía no me masturbaba. Mi sexualidad consistía en decir alguna mala palabra y en hacer chistes sucios con mis compañeros del colegio. Después de aquello, mi padre empezó a enseñarme cómo uno tenía que hacer eso. Su pene erecto, gigantesco a los ojos de un niño de once años, fue un choque tremendo. Estoy hablando de una violación física y psicológica. Hoy, las personas lo acusarían de “criminal sexual” y llamarían a la policía.

 

¿Alguna vez habló de esas violaciones?

Para mí, el tema quedó enterrado profundamente. Transcurridos cuatro años, hablé del asunto con el pastor Hans–Joachim Mund, quien se hizo cargo de mí tras la muerte de mi padre, en 1946. A la edad de 14 años, este pastor protestante me llevó a vivir a su casa al lado de su familia. Vivimos juntos varios años.

 

Su tutor, como podemos leer en su diario, un hombre de “un falso carisma” y que podía mentir “con el encanto de un brujo”, llevaba una doble vida. Hacia afuera era el marido religioso y padre de sus hijos, y con usted, un menor de edad de quien era responsable, tuvo sexo durante 17 años.

Establecimos un vínculo sentimental y frecuentemente teníamos relaciones sexuales detrás del altar, mientras su esposa preparaba la comida. A la mesa, todo volvía a la normalidad: nos reuníamos en familia y, lógicamente, orábamos antes de tomar nuestros alimentos. Aparte de mi experiencia sexual con la mujer de mi padre, no tuve otras experiencias sexuales. Yo pensaba, por lo tanto, que mi relación con el pastor era algo cercano al amor. Ambos pensábamos lo mismo. En mi creencia, ésta no es solamente la historia de seducción a un muchacho de quince años por una persona de treinta. Debo decir que aunque él me tendió una trampa, yo viví ligado a él casi como un esclavo.

 

En su diario se refiere con frecuencia a lo que usted considera la “degeneración de la industria literaria”. ¿Qué me dice de la crítica literaria, de reseñar libros de amigos?

Ha tocado un tema escabroso. Lamentablemente, muchas veces es mejor no decir algo acerca de los libros de los amigos. En lo que a mí respecta, he pasado por alto mi propia apreciación y cuando se trata de hacer crítica siempre digo lo que quiero.


Entre los amigos a los que usted reseñó se encuentra Günter Grass, con quien rompió relaciones.

Él se queja de que yo caricaturicé el trabajo de George Grosz. ¿En verdad pensó que yo iba a pintar nenúfares en su pelo? ¡Nunca! Dije lo que pensaba y Grass se indignó.

 

Después de que Grass publicó su poema “Lo que hay que decir” (Was gesagt werden muss), en el que critica al pueblo de Israel, usted escribió: “El amigo anterior se volvió impotente artísticamente. ¿Por qué no mejor se calla? A él le pasa ahora lo que a los maricas cuando envejecen: van a los parques a chaquetearse, pero no logran levantarla; al final, apenas pueden derramar una mísera gota”.

Grass escribió un horrible poema de sí mismo y después de sus espantosas líneas me negué a seguir alabándolo. Él fue quien empezó a decir: “Todavía se me para, pero no tan frecuentemente”. Por eso puedo escribir algo así. La indiscreción es parte de un diario. Es el costo. No olvidar que yo he sido bastante indiscreto en contra de mi persona.

 

Usted dijo públicamente que Grass “chingaba” a su esposa teniendo sexo “en cada esquina” con otras mujeres, y por ese motivo terminó la amistad entre ambos.

No es que yo lo dijera. La anécdota fue publicada y la conoce todo el mundo. Lea la biografía de Michael Jürgs sobre Grass. Reconozco que esté enojado conmigo, pero, por otro lado, yo igualmente estoy enojado por su diario (admitir, después de tanto tiempo, que en su juventud sirvió a la S.S. ¡Que no joda!). Tiene que aceptar lo que digo, le guste o no. Si piensa que un día tocaré a su puerta para ofrecerle una reconciliación, se va a quedar esperando. La nuestra es una ruptura irreparable.

 

¿Cómo pudo usted creer que algunos escritores afamados, muchos de ellos poseedores de una naturaleza monstruosamente egocéntrica, son aptos para la amistad?

Sí, fue bastante naif de mi parte. Pero nosotros alguna vez hablamos de mi apremio por dar y recibir amor. Al final entendí que para esos escritores uno solo forma parte de la infantería. Por ejemplo, en el caso de Hubert Fichte, pensé que nos unía una mutua amistad, la cual llegó tras las visitas que hicimos juntos a un burdel de homosexuales. En sus diarios, se refiere a mí diciendo: “Allegados, nosotros en realidad no somos”… ¿Qué le digo? Envejecer significa convertirse con el tiempo en un escéptico de los seres humanos, en un decepcionado de la vida. Así. Uno repudia al mundo porque el mundo lo repudia a uno. Mejor sería correr hacia otros y abrazarlos, aun cuando esos otros no quieran ser abrazados.

 

¿Tiene amigos todavía?

Mi pareja. Quizá Inge Feltrinelli, Rolf Hochluth, Joachim Kaiser y Kurt Drawert.

 

Su departamento está decorado con cientos de objetos preciosos y posee usted una colección de arte valuada en millones de euros. ¿No le parecería más bonito observar la desnudez de esas enormes paredes blancas?

Mary Tucholsky me dijo: “Usted no posee los objetos, los objetos lo poseen a usted”. Yo, en realidad, soy un fetichista mórbido. Me gustan los objetos porque soy una persona que necesita de todo ello como un soporte para sobrevivir a la vida. Mi adicción obsesiva alude a un acto de sustitución. Después de la guerra, casi me convertí en una rata de mercado: era muy pobre y andaba totalmente sucio. Por esta razón, más tarde me aferraba a mi Porsche y a mi Jaguar de juguete. Todavía hoy podría regocijarme una noche entera con solo mirar mi pequeño banquito para cuchillos hecho de marfil. Absurdo, lo sé, pero todas esas cosas cursis me dan paz. ¿Representan la última parte de mi libido? Tal vez. Después de esta entrevista, voy a beber un poco de vino tinto en una copa decorada con bordes dorados y voy a sentarme frente a uno de mis cuadros preferidos.

 

Usted escribe que cuando otros “envuelven su cerebro con calcetines grises”, usted goza “el suave y fino deslizamiento de los calcetines de seda”.

Algunos adornos han sido mi consuelo ante el miedo. Cuando visité a Toni Morrison en Princeton, me sentía muy nervioso, asustado. ¿Podría la diva negra de la literatura gringa abrirse a un blanco de Alemania? ¿Sería yo capaz de abrir esa ostra? Le llevé un gigantesco ramo de flores, gardenias blancas, la flor de Billie Holliday. Funcionó de maravilla. La entrevista recorrió el mundo. Como retribución a mi temor, compré en Nueva York una lámpara Tiffany, que normalmente no podría pagar. Al mirar hoy esa lámpara, veo en ella a Toni Morrison, no a Tiffany. Así vivo. Los objetos me ayudan a contrarrestar las opresiones y las sombras que se arremolinan a mi alrededor. Esto no sería entendible para las personas que ordenan una pizza y colocan sobre su mesa una lata de refresco de cola. Todos los días me preparan una comida decente y dejo que entre cada platillo me cambien los cubiertos. Sirven mi mermelada de frutas en una pieza de porcelana Tharaud que compré en una subasta en París y mi plato para la mantequilla es de plata Renaissance. Todo un poco amanerado, si usted quiere. Otros toman heroína.

 

Después de haber escrito cerca de 40 libros, la primera parte de su diario, que apareció en 2010, fue el éxito literario más grande de su vida. La segunda parte concluye con el anuncio de no escribir jamás.

Desde finales de 2012 no he vuelto a escribir en mi diario. A veces me enojo por mi propia decisión, sobre todo cuando no viene el pago del Süddeutchen Zeitung por el artículo que escribí dedicado al cumpleaños 85 de Joachim Kaiser. Como un niño que ruega por su domingo, tuve que rogar al periódico para que me pagara mis honorarios y entregarles, además, una factura que me pedían. Exigencias que rayan en el cinismo. Escribí lo sucedido, solo para desahogarme. Un diario es un pañuelito con el que uno se seca las lágrimas.

 

¿Existe aún el legendario anfitrión con el nombre Fritz Raddatz, quien como una luz fulgurante se esmeraba por ofrecer a treinta o cuarenta invitados paté y Champagne Ruinar?

Ya no invito más a nadie. Mi libreta de teléfonos está llena de muertos. He ido tachando el nombre de mis amigos que ya no están aquí. Si tuviera que reescribirlo, quedaría tan delgado como una hostia.

 

Usted se queja de que la mayoría de las veces su pareja permanece callada tras la publicación de alguno de sus libros o artículos.

Gerd, así se llama él, atribuye esa discreción a un acto de inteligencia y, aunque suele ser muy considerado conmigo, muchas veces llega a decirme: “Estás rodeado de chinches que se te acercan únicamente para adularte y caes ante los falsos cumplidos cuando te embadurnan con miel las barbas. ¿Por qué te la crees?”

 

Como crítico, usted ha leído cientos de libros. ¿Prepara alguna lectura sobre los problemas de la vejez?

No. Como lector, uno desarrolla la capacidad de soportar las peores tragedias de la vida; cuando se está a punto de ir al hoyo, uno se vuelve analfabeta.

 

Se reconoce como un hipocondriaco que desde años cree que va a morir mañana. ¿Deberíamos vivir como si no existiera la muerte?

Pensar en la muerte no amarga la vida, la intensifica. Para un ser humano pensante, muchas veces resulta inimaginable relacionarse con la muerte. ¿Quiere uno ser derrotado? No. ¿Quiere uno actuar como Voltaire, quien en su último momento cedió y a su lecho de muerte acudieron religiosos? No en mi caso. Gerd y yo vivimos en departamentos separados y compartimos un ritual especial cuando nos vemos. Él me visita a las seis de la tarde. Diez minutos antes, me asomo a la ventana. Una vez cómodos, recibo mi primera copita… Porque sé que mi reloj de la vida se termina, esos rituales avivan nuestra relación. A los veinte años, era capaz de alegrarme infinitamente con un hermoso poema; ahora me resulta difícil congeniar con la felicidad de hoy.

 

¿A quién llamaría usted antes de morir?

A Gerd, naturalmente.


Traducción del alemán: Andrea Rivera/ Michael Katzung