ENTREVISTA | POR HÉCTOR GONZÁLEZ/ LABERINTO

Krauze publicará entre 2015 y 2016 la colección “Ensayista liberal” en el sello Debate, seis volúmenes donde confluirán retratos, perfiles, ensayos y entrevistas.

Sin un aliento literario, la historia se empobrece: Enrique Krauze

Ciudad de México

Enrique Krauze (Ciudad de México, 1947), publicará entre 2015 y 2016 la colección “Ensayista liberal” en el sello Debate, seis volúmenes donde confluirán retratos, perfiles, ensayos y entrevistas.

La colección comienza con Personas e ideas. Conversaciones sobre Historia y Literatura, título en el que Krauze reúne encuentros con pensadores y escritores de talla mundial, cuyo hilo conductor es el pensamiento liberal y la crítica de las ideologías. Entre otras, se incluyen conversaciones con Jorge Luis Borges, Irving Howe, Isaiah Berlin, Octavio Paz, Leszek Kolakowski, Charles Hale, Joseph Maier, Hugh Thomas, Paul Kennedy, Daniel Bell, Mario Vargas Llosa, Luis González y González y Miguel León-Portilla.

Discípulo de Daniel Cosío Villegas, Miguel León-Portilla y Octavio Paz, el historiador platica con Laberinto sobre este proyecto —y desde luego sobre el primer libro de la serie— que ejemplifica su “ideario liberal”.


Reunir sus ensayos implica un corte de caja.

En efecto, lo es. Se trata de publicar la obra reunida después de casi cuarenta años de trabajo. En Tusquets/ Planeta reuniré mis libros de historia y biografías; en Debate/ Penguin Random House se publicará la colección “Ensayista liberal”, donde se incluyen los ensayos políticos, culturales, literarios, biográficos, así como las conversaciones sobre historia y literatura. En total, serán veinte títulos que saldrán a lo largo de un año.


¿Qué novedades ofrecen estas colecciones?

Todas son ediciones revisadas, enriquecidas y con nuevos prólogos. Supongo que en algunos casos he matizado, pero en términos generales quiero creer que hay consistencia con un ideario liberal.


Varios de sus entrevistados en abandonaron la ideología de izquierda para abrazar al liberalismo. ¿Es su caso?

Es verdad, algunos casos incluidos en el libro son Leszek Kolakowski, Mario Vargas Llosa y Octavio Paz. En mi caso, para no ponerle adjetivos, me adscribí en los años sesenta a una corriente contestataria que en México tuvo su expresión climática en el movimiento estudiantil. En su momento formé parte del Consejo Universitario de Ingeniería, de modo que participé de las lecturas de espíritu contestatario y crítico de los años sesenta. Siempre he querido ser fiel a ello, aunque nunca me adscribí al marxismo ni a un partido o una corriente formal. Por otro lado, del pensamiento socialista derivé hacia posturas liberales.


¿Hubo algún hecho que motivara el giro ideológico?

Un poco de todo. Entre las lecturas, una de las más relevantes, La miseria del historicismo de Karl Popper, en el 1969; otra fue Memorias de Arthur Koestler. Además, la invasión de los tanques soviéticos a Praga en el 68. No obstante, seguí creyendo en la posibilidad del socialismo. Celebré la llegada de Salvador Allende igual que deploré el golpe de Estado contra él; todavía en el 78 recibí de manera esperanzadora el arribo de los sandinistas, incluso lo escribí en la revista Vuelta. Lo que ocurre es que con el tiempo se fortaleció un punto de vista liberal motivado por la influencia de los libros de Daniel Cosío Villegas, Isaiah Berlin y Octavio Paz. Quiero aclarar que me refiero a un liberalismo político, que busca una sociedad civilizada, tolerante, dialogante, que sabe limitar al poder; que busca instituciones y prácticas que saben regular la vida humana.


Su formación filosófica y literaria va de la mano de su trabajo como historiador. ¿De qué manera se retroalimentan estas disciplinas?

José Gaos, de quien al final de su vida fui discípulo, decía que siempre había vivido a caballo entre la historia y la filosofía. Sin ánimo de compararme, podría decir que he vivido a caballo entre la historia y la literatura, viendo un poco a la filosofía. Creo que estas disciplinas tienen vasos comunicantes. La cercanía tan afortunada con los escritores de Vuelta lo explica. Se trata de una afinidad electiva. Sin un aliento literario o una mirada literaria, la historia desmerece, se empobrece, por más sólida que sea en sus explicaciones y búsquedas.


Hay narradores que dicen que la Historia, con mayúsculas, la cuentan los historiadores...

No creo. Una vez escribí un ensayo sobre la historia, la novela y la biografía, este último es el género al que más me he dedicado. En aquel trabajo admití con claridad que la biografía es una hermana menor de la historia y la novela. Las posibilidades de recreación que tienen ambos géneros, no las tiene la biografía. Esto no quiere decir que la biografía sea algo menor o despreciable. No creo que podamos reducir la historia a biografía, eso lo decía Thomas Carlyle, no yo, aunque tampoco es cierto lo contrario. A mí siempre me ha interesado la biografía desde sus formatos más largos, hasta los ensayos y las viñetas, esto se verá reflejado en la colección “Ensayista liberal”.


El ensayo es un género que, dentro de la tradición de Montaigne, lleva implícita la libertad.

Claro, esto de “Ensayista liberal” tiene algo de reiterativo. El ensayo es tácitamente libre. Para Alfonso Reyes era el “Centauro de los géneros”. Aun así, hay quienes lo consideran de un rango menor a la poesía y la novela. En lo personal, tengo la impresión de que en las tradiciones inglesa y francesa es igualmente digno y representa un gran universo de la literatura porque, además de la libertad, permite ejercer la curiosidad.


Hace un momento se refirió a los vasos comunicantes entre la literatura y la filosofía. Es interesante porque su diálogo con Borges es a partir de Spinoza, un filósofo; y el de Isaiah Berlin aterriza en la literatura.

Tiene razón. Son las academias las que sistematizan, vuelven rígidos y colocan en departamentos estancos las disciplinas. En realidad la vitalidad intelectual depende de estar a caballo, como decía Gaos, en una o más disciplinas. Vea usted la obra de Gabriel Zaid, es absolutamente extraordinaria e incomparable en el México contemporáneo, ha practicado la poesía, la crítica literaria y política, el ensayo corto y largo, la teoría económica, además de abordar temas económicos y lingüísticos. Zaid siempre ha sido un ejemplo de alegría creativa.


Zaid, quien no le ha dado entrevistas ni a usted…

Es verdad, nunca ha dado una entrevista. Desde joven se impuso ese código admirable, pero alguna vez dijo: “La cultura es conversación”, es uno de sus miles de hallazgos, no es nada más una ocurrencia. Hay una concepción del mundo y la cultura detrás de esa frase. Este libro es la puesta en práctica de esa idea. Converso mucho con él, no públicamente, y sus ideas están presentes a lo largo de mi trabajo.


¿Se considera académico?

No, estudié ingeniería y aunque hice el doctorado en historia y he sido profesor visitante en las universidades de Cambridge y Oxford, mi vocación intelectual ha ido por otros rumbos: la escritura, la edición y la difusión de la historia de México.


Durante la entrevista con Borges, en un momento le dice que él no tolera los totalitarismos. La frase no es menor, si tomamos en cuenta su episodio con Pinochet.

La entrevista fue en 1978 y no quise hablar de política. Después siguieron decenas de periodistas impertinentes que lo cuestionaron al respecto. En lo personal, pienso que cometió un error que después intentó corregir al declarar contra los militares argentinos. Mi teoría sobre el asunto con Pinochet obedece a que no estaba suficientemente informado. La ceguera no le impidió escribir poemas ni cuentos, tampoco que le leyeran ni recordar la inmensa biblioteca que tenía en la mente; pero sí le impidió leer bien el pulso de la vida pública. Si un hombre no puede leer la prensa y está sujeto a lo que le comentan los demás, hay una dimensión que sufre y la dimensión política de Borges sufrió porque él no tenía simpatía por los dictadores. Para mí, Borges fue un anarquista natural, pero en fin, fue un capítulo desafortunado en su biografía.


En su libro hay otras entrevistas que tienen una vigencia abrumadora, pienso en la de Daniel Bell…

Daniel Bell era como un profeta y lo entrevisté en este siglo, era mi amigo. Fue un gran teórico y crítico del capitalismo; había sido socialista y terminó siendo un escéptico entre socialista y liberal, una combinación natural entre los intelectuales desencantados. Lo cuestioné sobre el Islam, y me dijo que tenía la esperanza de que más temprano que tarde el fundamentalismo se quebraría por la opresión a las mujeres. No sé si sea verdad o no, pero espero que sí, que todos los fundamentalismos se quiebren no solo por una rebelión cívica sino por las fuerzas de las redes sociales y la comunicación de Internet.


Con Irving Howe habló de la crisis en Estados Unidos, una crisis que se viene cantando desde hace años…

Esa es la entrevista más antigua. Es interesante lo que usted dice. La crisis del socialismo en Estados Unidos es poco viable, pero la de la izquierda que representa el Partido Demócrata, sí. Aquella plática tiene algunas claves, nos encontramos en la época de James Carter, pero Howe ya veía dilemas que todavía desgarran a esa compleja sociedad.


Es una crisis que no termina por consumarse…

Es verdad. Ahora vamos a ver qué pasa con la emergencia de un líder populista de derecha. El populismo sea de izquierda o derecha, cuenta con un líder carismático que le canta al oído al pueblo. En Estados Unidos es el caso de Donald Trump.


Isaiah Berlin habla de la crisis de la izquierda, aunque desde otra geografía…

Berlin siempre pensó en la necesidad de convergencia entre el liberalismo y el socialismo. Cuando cayó el Muro de Berlín, sin duda, estaba complacido por la disolución de la opresión de la Unión Soviética sobre países de la “Europa secuestrada”, como la llamaba Kundera. Sin embargo, en distintas entrevistas dejó ver cierta melancolía y lamento en el sentido de que valores defendidos por el socialismo, como la igualdad y la fraternidad, se deslavaron ante el liberalismo económico. Esa postura era similar a la de Paz, y yo coincidía con esto. Nunca tuve ninguna euforia por el endiosamiento del mercado ni tampoco por el endiosamiento del Estado.


Con Isaiah Berlin esboza una breve teoría del arte…

Sí, hablamos de los centros creativos del arte y me dio su punto de vista, era un hombre más sensible a la música. Su editor me comentó que pasó sus últimos días escuchando ópera. Una de sus últimas frases fue: “Cómo he amado la música”, era un amante de la ópera y tenía una voz de bajo barítono. Su diagnóstico musical fue acertado, no así sobre la pintura, porque decía que muerto Picasso todo se había acabado.


Una de las entrevistas más entrañables es la de Miguel León–Portilla…

Fue mi maestro en El Colegio de México, en 1970. Era simpatiquísimo, le brotaba el humor festivo y libre. Además nos transmitía el conocimiento del mundo prehispánico por medio de los poemas. Me acercó a los tomos de su maestro Ángel María Garibay, incluso le hice un trabajo al respecto. Recuerdo que me dijo: “Si en verdad le interesa esto, deje todo y aprenda náhuatl”. No le hice caso, pero su curso fue memorable.


Aunque en términos de indigenismo tuvieron diferencias.

Siempre lo he admirado mucho, es una leyenda viva; un heredero directo del espíritu de investigación, curiosidad y empatía, que viene de los misioneros del siglo XVI. Lo entrevisté no solo en torno a sus estudios sobre los indígenas, sino sobre los indígenas vivos. En este sentido no comparto ciertas vertientes de su indigenismo, aunque las comprendo. Una postura liberal moderna no puede estar de acuerdo con algunos usos y costumbres porque no todos son inocuos en los ámbitos indígenas, pero eso no quita que el respeto a las culturas indígenas ha faltado en grandes tramos de la vida mexicana. Miguel León-Portilla es uno de los defensores de la esencia de México.

 

Partiendo de las críticas a Paz, Vargas Llosa y a usted mismo, ¿qué tipo de debate se tiene con los liberales desde la izquierda?

No hay un debate de altura. El tema del diálogo respetuoso, tolerante, firme, claro y público entre posiciones de las distintas facetas de la izquierda con los liberales es inexistente o pobre. Es una lástima. La izquierda mexicana, en sus distintos grupos, dejó pasar veinticinco años de oportunidad de dialogar con Octavio Paz, un intelectual de firmes convicciones liberales y sociales. Solo Roger Bartra supo dialogar con él y vio la importancia de las ideas de Paz. En cuanto a mí, hasta cierto punto puede decirse lo mismo.


¿Le pesa?

No mucho. Hubo una época en la que sí porque pensé que sería útil. La corriente de las pasiones y la intolerancia es profunda en México, incluso he buscado las raíces y las encontré en el siglo XIX. La raíz de la intolerancia fundamental es cuando los liberales, en guerra civil contra los conservadores católicos, se mimetizan de la intolerancia de los católicos y se vuelven tan intolerantes como ellos. No quedó lugar para un liberalismo moderado. Era todo o nada. Esa polarización se proyectó al siglo XX, a pesar de que la tradición liberal es la tradición de la izquierda. Al negar el liberalismo amputaron su propia historia.