Entre fronteras y trincheras

El país donde se fundó la cultura hispanoamericana y que fue cuna de uno de los más ilustres latinoamericanistas tiene lazos literarios muy tenues con el resto de la región.
Entre fronteras y trincheras.
Entre fronteras y trincheras.

Ciudad de México

En los últimos dos meses, tuve el privilegio de participar en dos eventos que me dieron un buen panorama sobre la existencia (e inexistencia) de la literatura latinoamericana en nuestros días. No me refiero a la producción de libros en la región, que sigue siendo copiosa, sino a la sensación de unidad de la escritura continental como unidad coherente. El primero de ellos fue la entrega del Premio Pedro Henríquez Ureña a Beatriz Sarlo en el contexto de la Feria del Libro de la República Dominicana, donde fui parte de un contingente de académicos convocados a discutir la obra de la galardonada y del humanista dominicano. La República Dominicana es sin duda un punto neurálgico del latinoamericanismo. No solo tiene en su territorio la primera capital del mundo hispanoamericano, sino que Pedro Henríquez Ureña, la figura que más pesa en el imaginario intelectual del país, fue con Alfonso Reyes y José Vasconcelos uno de los grandes artífices de la forma en que se pensó América Latina en el siglo XX. La existencia misma del premio (que el año anterior fue concedido a Eduardo Galeano y Ernesto Cardenal) es un reconocimiento del país a ese legado latinoamericano. Sin embargo, como visitante mexicano a dicho evento me llamó enormemente la atención la ausencia de mucho de Latinoamérica en la feria misma. Más allá del premio, el pabellón dedicado a Perú, el país invitado, y un pequeño stand con libros del Fondo de Cultura Económica y Siglo XXI, la parte de la feria dedicada a la literatura estaba dominada por instituciones nacionales (la Fundación Juan Bosch y la Fundación Joaquín Balaguer, por ejemplo) y librerías locales, algunas extraordinarias, pero cuya oferta era casi exclusivamente dominicana. Un lector dominicano no tiene forma concreta de acceder a libros de México, Argentina, Ecuador o Venezuela aun en una feria del libro cuyo evento principal enfatiza a uno de los artífices de la unidad cultural continental. Asimismo, como mexicano, tuve la rara suerte de adquirir joyas de libros históricos y literarios (incluido, oh paradoja, un libro de los escritos de José Vasconcelos en torno al país caribeño) que muy probablemente son inconseguibles fuera de Santo Domingo. Todo esto sin contar el incómodo hecho de que el autor dominicano más conocido fuera de la República es Junot Díaz, quien escribe en inglés y ha causado gran rechazo en su país de origen debido a su oposición a la lamentable política del país respecto a los inmigrantes haitianos. El país donde se fundó la cultura hispanoamericana y que fue cuna de uno de los más ilustres latinoamericanistas tiene lazos literarios muy tenues con el resto de la región. Si uno quisiera comprar siquiera un libro de literatura dominicana, no escrito por Pedro Henríquez Ureña o Junot Díaz, en México o Buenos Aires, la búsqueda sería, casi con seguridad, infructuosa.

Un mes después de esto participé en el congreso de la Latin American Studies Association, que congrega a los especialistas en América Latina de todas las disciplinas, primordialmente en la academia norteamericana, pero con contingentes considerables de todas las naciones del continente y de muchas academias europeas y asiáticas. El congreso tuvo lugar en el aislado Caribe Hilton de San Juan de Puerto Rico, un área anómala de nuestra América, en la que se nota una tensión irresoluble entre la aspiración a ser Miami en la zona de Condado, las ambiciones europeas del centro y el inconfundible espíritu latinoamericano de los barrios. Lo que más llama la atención, si uno analiza el programa, es el predominio de las sesiones (incluida la mía, completamente dedicada a México) cuyo foco de atención es o un país (México y Brasil sobre todo) o una subregión latinoamericana (el Caribe, los Andes, el Cono Sur). Esto es relevante porque en el campo de estudios literarios y culturales de la academia norteamericana las figuras fundacionales de muchas de sus vertientes, y muchas de las figuras señeras, enfatizaron con gran intensidad una perspectiva continental que hoy en día aparece debilitada. En la medida en que la perspectiva continental respecto a América Latina ha tenido sustentos importantes en el extranjero (no solo en Estados Unidos, sino en España o Francia, donde lo latinoamericano muchas veces se piensa más en bloque que en sus especificidades), este giro de especialización regional dice mucho del desafío que la idea de “literatura latinoamericana” tiene en nuestros días.

La literatura latinoamericana como tal ha existido no solo como consecuencia del uso común del español (y el portugués) en la región, sino también, y quizá de manera más pronunciada, como resultado de los proyectos geoculturales y geopolíticos que han dado consistencia a América Latina como ideal utópico o como instancia de política práctica. El ideal bolivariano de unidad continental y la afirmación de “Nuestra América”, como la llamaba Martí, son estrategias culturales que se desarrollaron en el siglo XX a partir de una sucesión de discusiones y acontecimientos: la difusión del arielismo entre las comunidades literarias nacionales, la comunicación amplia entre intelectuales entre los años treinta y los cincuenta, el fortalecimiento de la identidad regional a partir de la Revolución cubana, los exilios políticos y las diásporas de los años setenta y ochenta... Pero más allá de los ideales y las realidades políticas, la literatura latinoamericana ha resultado de esfuerzos concretos de formación de patrimonio y de circulación continental que han facilitado su existencia. Si existe una literatura latinoamericana pensable como tal se debe, en buena medida, a la existencia de colecciones patrimoniales que respondieron a muchos de los proyectos políticos latinoamericanistas, como la Biblioteca Americana del Fondo de Cultura Económica, la Biblioteca Ayacucho de Venezuela o la Colección Archivos de la UNESCO, así como a editoriales y proyectos como el Centro Editor de América Latina de Buenos Aires, Marcha de Montevideo o Joaquín Mortiz y Siglo XXI Editores de México, que apostaron en muchos casos a la perspectiva continental. Asimismo, existieron mecanismos que permitieron a muchos intelectuales a lo largo del siglo XX entrar en contacto directo con realidades literarias continentales más allá de sus naciones: la confluencia de los modernistas en España y Francia (recién estudiada por Alejandro Mejía López y Mariano Siskind), la construcción de intelectualidades nacionales con fuertes lazos continentales (estudiada en los años ochenta de manera admirable por Mabel Moraña y que fue recuperada recientemente por Sebastián Pineda y Rafael Mondragón), los exilios sudamericanos en México y Estados Unidos, el oasis provisto por el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos. Todo esto permitió una sólida tradición de pensadores cuya obra, más allá de las importantes diferencias metodológicas e ideológicas entre ellos, coincidía en la afirmación de una literatura y cultura continental, esencial para la emancipación intelectual de la región. Esta larga línea está compuesta tanto de precursores seminales como de algunos de los críticos más influyentes de la actualidad: Alfonso Reyes, los hermanos Henríquez Ureña, Benjamín Carrión, Roberto Fernández Retamar, Ángel Rama, Emir Rodríguez Monegal, Alejandro Losada Guido, Antonio Cornejo Polar, Sylvia Molloy, Jean Franco, Roberto González Echeverría, Julio Ortega, Seymour Menton, Mabel Moraña, Gustavo Guerrero, Beatriz Sarlo, entre muchísimos otros. Mucho de nuestro vocabulario para el análisis de las literaturas regionales (transculturación, heterogeneidad, realismo mágico, formación nacional, ficción fundacional) nació de los esfuerzos teóricos que buscaban sistematizar distintas producciones nacionales en un ideario continental.

Este intenso pensamiento crítico sobre la literatura regional, así como su existencia institucional en programas universitarios que siguen enfocados en la idea de una literatura latinoamericana, ha sido fuertemente limitado por las realidades editoriales e ideológicas del continente, donde la existencia concreta de la literatura latinoamericana depende mucho de la superación de considerables barreras simbólicas y materiales. Ya Ángel Rama mismo diagnosticaba en “El boom en perspectiva”, a principios de los años ochenta, el problema de una literatura latinoamericana construida más como un fenómeno de mercado que en relación orgánica con los procesos sociales e intelectuales de la región. Y en 2009 Jorge Volpi, uno de los escritores latinoamericanos más leídos fuera de su país de origen, publicó El insomnio de Bolívar, una feroz deconstrucción del concepto de literatura latinoamericana donde afirma polémicamente: “nada de lo que distinguía a América Latina en el siglo XX sigue en pie”. Ciertamente muchos de los proyectos geopolíticos que definieron al latinoamericanismo del siglo XX se han eclipsado. La reciente apertura de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, la reversión de los ideales de la Revolución mexicana que ha tenido lugar desde el salinismo hasta el peñanietismo o el largo y triste ocaso del chavismo como nuevo ideal de unidad continental son síntoma de ello. Y, ante la falta de sustentos geopolíticos del ideal latinoamericano, la idea de la unidad cultural de la región se ha perdido en distintos frentes. A diferencia de las editoriales de los años sesenta y setenta, que hacían esfuerzos a veces sobrehumanos para fomentar un diálogo transnacional, muchas de las casas de alcance continental siguen una política que restringe a los autores a su país de origen, y solo aquellos escritores selectos que logran cruzar cierto umbral de ventas alcanzan proyección continental. Más allá de figuras puntuales como Roberto Bolaño o César Aira, muchos de los autores mayores de los países latinoamericanos son inencontrables en otras naciones. Es casi imposible comprar libros del argentino Carlos Gamerro, el ecuatoriano Santiago Páez o la peruana Claudia Salazar en una librería mexicana. Existen casas independientes o universitarias que se esfuerzan por traer algunos autores a nuestro ámbito, como ha hecho Almadía con Samantha Schweblin o la UNAM con Mayra Santos–Febres. Pero la realidad es que el tipo de editorial independiente que publica autores jóvenes y que se arriesga por renovar la literatura de un país, como Mardulce de Argentina, carece de distribución transnacional seria. Nótese que hasta aquí he dado ejemplos solo de narrativa. Buscar poesía o ensayo o dramaturgia contemporáneos de otros países latinoamericanos es una tarea casi beckettiana de imposibilidad. O, también, uno podría poner sobre la mesa la cuestión de la literatura brasileña, escasamente traducida al español salvo honrosas excepciones y cuya pertenencia histórica e intelectual a la literatura latinoamericana es traicionada diariamente por su dolorosa ausencia en los países de habla hispana.

Esta falta de circulación continental es sin duda una gran pérdida. Ir a una librería en la Ciudad de México es deprimente, en parte por la escasez de opciones literarias y críticas del resto del continente. Más allá de las novedades de algunas editoriales mexicanas (porque en nuestros días muchas editoriales ni siquiera tienen distribución en su propio país) o de importaciones carísimas de España, no hay mucho más. Y mientras existe esta ausencia, casas como Eterna Cadencia, Tinta Limón, Mardulce y Beatriz Viterbo en Argentina; Cuarto Propio, La Cebra y Metales Pesados en Chile; Siglo del Hombre y Luna Libros en Colombia; Tumbona y Era en México; Eskeletra y Abya Yalá en Ecuador; Animal de Invierno y Lustra en Perú; Trilce en Uruguay; Isla Negra en Puerto Rico, están publicando mucho de lo mejor que se escribe en español. Es un acervo de novelas, poemarios, obras teatrales, cuentos, ensayos, libros de crítica y pensamiento, crónicas, géneros híbridos y muchas otras producciones que deberían interesarnos y pertenecernos, y cuyo diálogo nos permitiría encontrar esa vocación continental que fue tan central a varios proyectos intelectuales del siglo XX y que hoy se pierde entre los devaneos del mercado, la atomización de nuestros países y el sentido de falso cosmopolitismo que le da más importancia a la literatura de las provincias francesas y alemanas que de las capitales de nuestro continente. Existe en la producción de todas esas casas un proyecto amplio de lectura, cuyo acceso como lectores y críticos debemos exigir. Si logramos pensar una literatura latinoamericana del siglo XXI, sin nostalgias de aquellos elementos que construyeron a la del XX y a tono con los problemas intelectuales e ideológicos que los habitantes de la región enfrentan hoy en día, tendremos, como se tuvo en el siglo XX, un archivo vasto de identidades y contraidentidades, ideologías y contraideologías, utopías y distopías, centrales a la posibilidad de dar sentido a nuestra contemporaneidad y a nuestro legado del futuro.

El sentido de “nuestra expresión” afirmado por Pedro Henríquez Ureña, la “inteligencia americana” que reclamaba Alfonso Reyes y la emancipación intelectual del continente que muchos pensadores de su línea afirmaron como meta central de la cultura regional no han dejado de ser vigentes. Fueron formas de combatir los nacionalismos autoritarios y los cosmopolitismos ultramontanos que soñaban, y siguen soñando, con culturas restringidas y puristas, y permitieron la creación de comunidades lectoras y culturales, en muchos casos más masivas que las de hoy en día, que vieron en obras como Pedro Páramo, Cien años de soledad, Residencia en la tierra o Trilceexperiencias culturales e intelectuales de una intensidad y calado que ninguna obra literaria del siglo XXI ha alcanzado todavía. Aunque la proliferación de medios y tecnologías hace quizás imposible tener obras literarias con la penetración masiva de esos trabajos, el impedimento mayor para la existencia de una literatura que vuelva a ser significativa como experiencia cultural a lo largo y ancho del continente es el desinterés que contrasta con la vocación continental del pasado. Si hemos de creer a nuestros maestros del siglo XX, en esa literatura existe una utopía (palabra cara tanto a Henríquez Ureña como a Alfonso Reyes) y un sentido de la cultura que solo puede construirse con lecturas y con curiosidad intelectual. Me parece una tarea indispensable para este siglo restaurar ese sentido amplio de la cultura que ha perdido terreno, paradójicamente, en una época donde la tecnología debería facilitar su contacto. Reclamando el legado de Alfonso Reyes para sí, Josefina Ludmer observa en su libro Aquí América Latina: una especulación (publicado en Buenos Aires por Eterna Cadencia, difícil de conseguir en México): “Especular desde América Latina es tomar una posición específica y como prefijada, como un destino. Somos los que llegan tarde al banquete de la civilización (Alfonso Reyes, Notas sobre la inteligencia americana) y esta secundariedad implica necesariamente una posición estratégica crítica”. Esta posición crítica es una cuestión fundamental para descifrar nuestra cultura y la polémica naturaleza de nuestros legados históricos y literarios, sin caer en mistificaciones identitarias ni esencialismos tan fáciles como efímeros. En su reciente libro Inscripciones críticas (publicado en Santiago de Chile por Cuarto Propio, difícil de conseguir en México), Mabel Moraña, una de las maestras a las que debo mi acceso y valoración de la tradición latinoamericana, y una de las mayores herederas y representantes del latinoamericanismo, marca como su objeto de reflexión “las diferentes formas simbólicas a partir de las cuales los imaginarios colectivos construyen, desde adentro y desde afuera, América Latina como objeto del deseo, como otredadirreductible, como versión incompleta e imperfecta de paradigmas y modelos utópicos, como totalidad fragmentada, como espacio vacío o sobresaturado de significados inéditos, como lugar de la melancolía”. Tanto la posición crítica pensada por Ludmer como la aventura intelectual descrita por Moraña requieren el basamento de una cultura latinoamericana disponible continentalmente, de lectores interesados y capaces de acceder a la cultura de las otras repúblicas, de instituciones y agentes culturales que responden a su responsabilidad histórica de construir esa cultura regional. El cumplimiento de esta meta es la condición de posibilidad de volver a tener una cultura de la intensidad y la inteligencia de los mejores momentos de nuestro siglo XX, pero en respuesta a las realidades y desafíos del siglo XXI.