Los años del exilio alemán

La sociedad que había desarrollado la imprenta de tipos móviles y así la producción del libro y su difusión le permitía al nazismo reducir a cenizas la parte más crítica de la cultura en lengua ...
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Ciudad de México

¿Quién puede resistirse al fuego de una buena hoguera? ¿Y si es una hecha de libros? Quemar libros es una cuestión de la literatura. El tema aparece en El ingenioso hidalgodon Quijote de la Mancha, en Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, en El nombre de la rosa de Umberto Eco, en Auto de fe de Elias Canetti… Va acompañado de locura, fanatismo, ansias de poder, sadismo, inmolación. En su texto “La muralla y los libros”, Jorge Luis Borges se refiere al emperador Shih Huang Ti, quien ordenó la edificación de la Muralla china, y también quemar todos los libros anteriores a él. Y el relato se pierde en las conjeturas del “acaso”: “Acaso Shih Huang Ti pensó”... “en un nuevo comienzo de la historia”.

Pero la quema de libros incitada por los nazis el 10 de mayo de 1933, en la llamada “Acción contra el espíritu alemán”, no fue únicamente una cuestión literaria sino también política, pues se desarrolló como parte de las amenazas a los “elementos extraños” al nuevo orden; una forma de imponer a los ciudadanos una moral más adecuada. Sus ejecutantes fueron en especial estudiantes y profesores de la mayoría de las universidades alemanas. Basándose en “La lista negra” elaborada por los criterios de un bibliotecario nazi, sacaron de las escuelas las obras de los autores considerados “degenerados”, las amontonaron en los patios y las plazas, y las echaron después a las hogueras. Manos furiosas e indignadas arrojaron uno por uno los libros con el deseo de mantener vivo el fuego de “la nueva patria”; manos que pronto se acostumbraron a las armas y a los asesinatos.

Y, a pesar de todo, no era una historia nueva. Adolf Hitler, recién elegido canciller de Alemania, ya había demostrado que tenía algo de pirómano. La noche del 27 de febrero, Berlín se había visto repentinamente iluminada por el incendio que consumía el edificio del Reichstag, sede del parlamento alemán. Marinus van der Lubbe, un joven comunista holandés, fue capturado cerca del lugar del atentado y, por medio de la tortura, se obtuvo de él la confesión con la cual después fue condenado a muerte. Para desentrañar y castigar el “complot comunista”, Hitler consiguió que el presidente Paul von Hindenburg autorizara un decreto para abolir las libertades civiles. El decreto sirvió también para consolidar a los nazis en el poder.

Se puede decir que las llamas del Reichstag abrieron la Caja de Pandora. Las llamas se volvieron un símbolo del gobierno de Hitler, que el aparato de propaganda se encargó de difundir a lo largo y ancho de Alemania. Iluminaron los rostros de los oficiales de la Gestapo al realizar los asesinatos políticos en la Noche de los Cuchillos Largos, y también el camino de los participantes en las manifestaciones y congresos de los nacionalsocialistas (sobre todo el de Núremberg en 1934), filmados por la cineasta Leni Riefenstahl para su película El triunfo de la voluntad. Miles y miles de antorchas inflamaron el espíritu patriótico de los ciudadanos que acompañaban a los orgullosos deportistas “arios” durante los Juegos Olímpicos de 1936. Otras más alumbraron las ciudades de Austria después de ser anunciada su anexión a Alemania en 1938, el año en que con total descaro los nazis comenzaron a volcar su furia racista contra los ciudadanos de origen judío y sus negocios en la Noche de los Cristales Rotos.

Y el incendio se extendió por todos lados al comenzar la Segunda Guerra Mundial. Las bombas cayeron sobre las ciudades invadidas por el ejército nazi. Millones de personas murieron en campos de exterminio y sus cuerpos fueron reducidos a nada en gigantescos hornos de cremación. Las cifras de muertos llenan de espanto. Alemania se había convertido en el “maestro de la muerte”, como bien lo define Paul Celan en su poema “Fuga de la muerte”.

La sociedad que había desarrollado la imprenta de tipos móviles (Gutenberg, alrededor de 1450), y así la producción en serie del libro, su difusión y desarrollo artístico, le permitía al nazismo reducir a cenizas la parte más crítica de la cultura en lengua alemana. Heinrich Heine, uno de los autores simbólicamente condenados a las llamas por su origen judío (considerado por la censura prusiana como un “antinacionalista”, “un comunista” muy peculiar a causa de sus gustos “sibaritas”), lo había afirmado más de 100 años antes en su tragedia Almansor: “Ahí donde queman libros, terminan también por quemar humanos”. Heine pasó casi la mitad de su vida en el exilio; se volvió enemigo del autoritarismo prusiano, que finalmente devoró a los pequeños principados alemanes. Heine representó la otra cara de la cultura germana en el siglo XIX, la que favorecía la discusión, la crítica, la reflexión. En su poema “En el extranjero” escribe: “Me besó en alemán,/ me habló en alemán/ (Apenas se puede creer/ lo bien que suena) decir: ‘¡Te amo!’/ Fue un sueño”. El exilio afiló su lengua, pero también su amor a la patria. Su literatura abrigaba esperanzas, daba consuelo y se permitía un humor sin miramientos.

Lo que le ocurrió a Heine en el siglo XIX se replicó a gran escala en el XX. Miles de europeos de muchas nacionalidades, condiciones sociales, creencias religiosas (en particular judíos) y convicciones políticas (no solo comunistas) tuvieron que exiliarse para escapar de las llamas del nazismo. La quema de libros difundía un mensaje muy claro para los cientos de autores vivos (sobre todo alemanes) que se encontraban en la “Lista negra”: huir de inmediato o atenerse a las consecuencias. Algunos se decidieron por el exilio interior (Erich Kästner, Ricarda Huch, Hans Carossa) y sufrieron constantes interrogatorios, torturas, censura o simplemente aislamiento. La mayoría, sin embargo, abandonó su país, y no fue nada fácil hacerlo. Primero, escapar; no todos lo lograron. Luego, refugiarse y sobrevivir en las ciudades de los países vecinos: París, Bruselas, Praga, Zúrich, y conforme el nazismo ganaba terreno: Londres, Moscú, Helsinki; y fuera de Europa: Los Ángeles, Nueva York, Ciudad de México, Buenos Aires, Santo Domingo. Hilde Domin se exilió en República Dominicana, en donde vivió hasta 1961, y del nombre de este país tomó su apellido. En este sentido, su poesía tiene algo de latinoamericano y, por lo tanto, algo de extraño para sus lectores en lengua alemana. En sus poemarios Narcisos de otoño, ¿Dónde está nuestro almendro?, Solo una rosa como apoyo, Retorno de los barcos parece decir: si en verdad fuimos expulsados del paraíso, no debemos olvidar nuestra condición de exiliados y extranjeros.

En las novelas El volcán (1939), de Klaus Mann, y Tránsito (1944), de Anna Seghers, se retrata muy de cerca la difícil vida de los exiliados (entre ellos los artistas), con los problemas propios de quienes se encuentran al borde de la desesperación. Algunos prefirieron el suicidio antes de caer en las manos de los nazis (Walter Benjamin); otros, ya en el exilio, se suicidaron porque el nazismo terminó por destrozarles los nervios (Ernst Toller, Stefan Zweig). También están quienes fueron asesinados en su intento de huida; y los que, increíblemente, apenas lograron evadirse cada vez que sus captores los tenían ya cercados.

Sobre escritores exiliados como Thomas Mann, Heinrich Mann, Hermann Hesse, Alfred Döblin, Lion Feuchtwanger, Bertolt Brecht, Elias Canetti, Joseph Roth, Nelly Sachs se sabe bastante; pero la gran mayoría ha caído en el olvido. En su “Carta” abierta (2011) a la canciller alemana Angela Merkel, con el fin de abogar por “un Museo de los exiliados para Alemania”, la Premio Nobel de Literatura Herta Müller habló en especial de Konrad Merz, quien se escondió durante toda la guerra en el armario de unos amigos en Ámsterdam y escribió una de las mejores novela sobre este tema: Una persona expulsada de Alemania. En Los poetas incendiarios, Jürgen Serke rescata varias de estas figuras, y sus historias parecen sacadas de novelas de detectives. Nos cuenta sobre el destino de Armin T. Wegner, muy famoso entonces por sus relatos de viaje y el único escritor que en 1933 escribió una carta de protesta a Hitler por el trato que ya entonces se les daba a los judíos. A las pocas semanas de entregar la carta, fue arrestado y torturado durante meses. Cuando lo soltaron, vagó por Europa hasta que logró refugiarse en un pequeño pueblo de Italia. Como lo dieron por muerto, después de la guerra se erigió una lápida para recordarlo. Murió años después, en 1971. En la antología de poetas austriacos exiliados por causa del nazismo ¿En qué idioma sueña?,los editores y prologuistas Miguel Herz–Kestranek, Konstantin Kaiser y Daniela Strigl recogieron poemas representativos de 278 poetas exiliados, la mayoría de ellos casi desconocidos. Poemas que nacieron en celdas y campos de concentración, en los barcos durante la huida, en la soledad de los países extranjeros, o ya de nuevo en la patria, en una que se les había vuelto algo extraña. Poemas de todo tipo: “El dolor de la despedida y la nostalgia por la patria están junto a estrofas combativas o elegías; y junto al luto por lo perdido, la conquista poética de los nuevos lugares para vivir. De las formas libres se pasa a los versos medidos, los cuales se convierten precisamente por la limitación en un refugio minúsculo para la libertad. Las novedades audaces de la forma se encuentran frente a las creaciones convencionales. Se trafica con poemas por medio de mensajes secretos desde las cárceles, son aprendidos de memoria por compañeros de prisión o publicados en revistas sobre el exilio o guardados por amigos y parientes sobrevivientes”. Para muchos exiliados las artes, en especial la literatura, la poesía, fueron un refugio invaluable. Ruth Klüger afirma al respecto en “Seguir viviendo. Una juventud” (1992): “los versos son sobre todo (al dividir el tiempo, en un sentido literal) un ahuyentador del tiempo. Si el tiempo es malo, entonces no se puede hacer nada mejor que ahuyentarlo, y cada poema se vuelve un conjuro”.

Uno de los más interesantes poetas exiliados sigue siendo Theodor Kramer, quien se refugió en Inglaterra entre 1938 y 1957, unos meses antes de su muerte. “Experimentó el exilio —cuenta Christine Hüttinger— como una maldición tanto para su vida como para su obra. Reescribió muchos de los poemas que se habían quedado en Austria, recuperándolos, en un acto prodigioso de la memoria”. Antes de la guerra, Kramer había explorado como pocos los sentimientos de la gente sencilla. Poemas como “Hija adoptiva”, “El último lecho”, “La sirvienta”, “El nuevo aprendiz”, parecen historias contadas con la delicada cámara de Krzysztof Kieslowski en ElDecálogo. Y cuando tuvo que exiliarse todo ese mundo se volvió una experiencia personal: “Navidad en el Soho”, “Quien es pobre no ahorra cuando es tiempo de festejar”, “Del desechar”.

Los libros de cualquier especie siempre dan un buen fuego. Y de los libros de la literatura del exilio emana un fuego cálido y abrasador. Antes de que las radios de todo el mundo anunciaran a principios de mayo de 1945 el fin de la guerra, Alemania estaba en llamas. Los bombardeos habían destruido gran parte de las ciudades; también alcanzaron a las bibliotecas. Las manos que antes quemaban libros y personas, ahora procuraban deshacerse de los testigos y las evidencias. Como buen fanático pirómano, Hitler dio órdenes expresas para que incineraran su cuerpo y el de su esposa Eva Braun. Entonces, algunos exiliados decidieron volver a la patria y reconstruir sobre las cenizas. No para escribir de nuevo la historia, sino para continuarla. En sus maletas traían guardados los libros salvados por las llamas; los propios, los de los amigos, los de maestros como Heine. Se habían gastado la vida huyendo, y les esperaban nuevos sinsabores. ¿Puede haber una mejor manera de decir “¡Te amo!” que con las palabras de tu propio idioma?