[Ensayo] A México por Marsella

Los caminos en tierra se habían cerrado: las tropas de Hitler, Franco y Mussolini marchaban sobre Europa conquistando, quemando puentes y salidas.
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Ciudad de México

Después de atravesar a pie tierras destruidas y pueblos abandonados, a veces en tren, otras en carros remolcados por vacas, una corriente humana de refugiados se agolpó en el puerto de Marsella con la esperanza de seguir su cauce hacia el mar. Los caminos en tierra se habían cerrado: las tropas de Hitler, Franco y Mussolini marchaban sobre Europa conquistando, quemando puentes y salidas. Los refugiados estaban encapsulados en la Francia de Vichy, la zona francesa no ocupada, y aguardaban el momento de subir a un barco, de ser acogidos en algún país al otro lado del océano. Muchos se marcharon en “barcos que se prefirió dejar arder en alta mar antes que permitirles echar el ancla solo porque los documentos de los pasajeros habían expirado unos días antes”, apunta Anna Seghers en su novela Tránsito. La historia gira en torno a un joven alemán que ha huido de un campo de concentración y de pronto se encuentra con un maletín cuyo contenido es una novela inconclusa, cartas de amor y abandono, un documento del consulado mexicano.

En Tránsito, Seghers retrata la vida en el puerto de Marsella con el objetivo de exhibir la red que entrampaba a los refugiados en una guerra de papeles: permisos para salir de Francia, o quedarse, o transitar por distintos países antes de llegar a su destino. El pasaporte vencía cuando el perseguido obtenía su tránsito, el tránsito expiraba una vez que se obtenía la anhelada visa. Muchos caían en manos de los regímenes fascistas, a otros los arrojaban a los campos de concentración franceses como el de Le Vernet. Como la mayoría de los refugiados, Seghers se vio en la trampa del juego político de la guerra. Algunos países de América Latina aceptaban recibir exiliados, pero de manera selectiva, y el gobierno de Estados Unidos cerró escandalizado sus puertas, hasta las del mar, a todos aquellos involucrados con el comunismo.

La corriente humana recorría el puerto de Marsella y finalmente, guiada por un rumor, se agolpó en los castillos La Reynarde y Montgrand, entonces territorio diplomático de México: ese país con “petróleo, cactus y gigantescos sombreros de paja”, llevaba barcos para salvar al mayor número de refugiados sin hacer distinción de credo ni convicciones políticas ni nacionalidades. Gilberto Bosques, cónsul general de Lázaro Cárdenas en Francia, albergaba a un gran número de refugiados en ambos castillos. Continuaba en Marsella la labor que había comenzado en París desde 1939: otorgaba visas, emprendía negociaciones para llevar barcos, proporcionaba atención médica y alimentaria, y, en 1940, firmó un acuerdo para sacar de Europa a los republicanos españoles que el gobierno de Vichy había prometido entregar a Franco. El compromiso diplomático incluía a los combatientes de las Brigadas Internacionales, entre ellos muchos comunistas checos, alemanes y austriacos. Con un visado de México viajaron los escritores de lengua alemana Anna Seghers, Bodo Uhse, Ludwig Renn, Gustav Regler, Egon Erwin Kisch y Lenka Reinerova; el investigador mexicanista Alfons Goldschmidt, los fotógrafos Hans Gutmann y Walter Reuter, los arquitectos Hannes Meyer y Max Cetto. Cuando las tropas nazis ocuparon el puerto de Marsella, detuvieron a Bosques con su familia y la legación mexicana. Los llevaron a Amélie Les Bains, después a Mont D’Or y finalmente a Bad Godesberg, Alemania, donde permanecieron alrededor de un año, hasta 1944, como prisioneros de guerra de la Gestapo, en compañía de las legaciones diplomáticas de otros países latinoamericanos. Al parecer, el gobierno mexicano consiguió liberarlos al negociar un intercambio de prisioneros de guerra recluidos en el Fuerte de Perote.

Gustav Regler y su esposa, la pintora Marie Louise Vogeler, vieron el puerto de Veracruz una noche de 1940. Los días en el campo de concentración Le Vernet, donde “dejaban morir de hambre y frío” a la resistencia antifascista, estaban al otro lado del océano. Frente a ellos se abría el paisaje mexicano con sus palmeras, el Pico de Orizaba y el Popocatépetl. La primera imagen que vieron en el periódico fue la fotografía de León Trotsky asesinado. En sus dos libros dedicados a México, Regler describió el carácter contradictorio de un país hechizado. En su prólogo a País volcánico apunta que los puertos mexicanos “atraen al visitante con el canto pleno de las noches tropicales hacia los helados estremecimientos de la malaria. Sus platillos culinarios son la delicia del paladar y la ruina de las vísceras. Es un país que obsequia riquezas y por las noches las arrebata a través de revoluciones imprevisibles… Su población es sedentaria, como si se tratara de un pueblo insular, pero en sus fiestas parece que fueran gitanos en constantes ebulliciones de alegría”.

Como Regler, muchos exiliados de lengua alemana tocaron tierra en el puerto de Veracruz. Algunos llevaban en la maleta el Bauhaus y las cimas de los Alpes, su Guillermo Tell y el rumor de los cafés vieneses. Otros, quienes alcanzaron el puerto jarocho sin maleta, llevaban el Rin y el Danubio en remolinos que nacían en las barbas y los cabellos: todo lo que tenían, lo llevaban consigo. Pronto se organizaron para fundar el Club Heinrich Heine y continuar la resistencia. La idea de combatir el fascismo con el arte marcó el ritmo de sus actividades: veladas literarias, conciertos, funciones de cine, representaciones teatrales, conferencias sobre ciencia, eventos culturales. El pueblo mexicano respondió con una alegre asistencia que por lo general excedía la capacidad de las instalaciones. Editaron la revista Alemania libre, escrita en alemán, para informar sobre el avance de la guerra gracias a las colaboraciones provenientes de los más diversos lugares. Publicaron ensayos, cuentos, poemas, artículos de opinión, fragmentos de las obras de Marx, Goethe, Kant, Fichte, Heine. Su siguiente proyecto fue la editorial Libro Libre, que se encargaría de dar a conocer las obras escritas en México, en alemán.

Artistas e intelectuales mexicanos se sumaron a la corriente del Movimiento Alemania Libre: Xavier Guerrero diseñó el escenario para la presentación de La ópera de los tres centavos, de Bertolt Brecht, y el Taller de Gráfica Popular, por encargo de la Liga Pro–Cultura Alemana, llenó la Ciudad de México con carteles que anunciaban un ciclo de conferencias sobre el nazismo en el Palacio de Bellas Artes. De pronto, la gente se encontraba en una calle cualquiera el cartel “El hombre en la sociedad nazi” de Pablo O’Higgins, o “Propaganda y espionaje nazis” de Leopoldo Méndez, o “El tercer y el cuarto Reich” de Raúl Anguiano; incluso, muchos vieron al propio artista colocando su cartel en algún poste o alguna esquina: como estaban faltos de dinero, ellos mismos se dieron a la tarea de hacerlo todo.

Más adelante, los exiliados alemanes publicaron El libro negro del terror nazi en Europa con la finalidad de informar en Latinoamérica sobre la verdadera dimensión del régimen nazi. Colaboraron escritores de 27 países, fotógrafos, caricaturistas y artistas plásticos; entre ellos el grupo del Taller de Gráfica Popular. Gracias a la participación de intelectuales de Latinoamérica, El libro negro del terror nazi en Europa fue llevado a casi todo el continente y cada presentación estuvo acompañada de discursos, ensayos y artículos periodísticos.

Descubrimientos en México apareció en 1945. Su autor fue el escritor checo Egon Erwin Kisch, conocido como el “Reportero Veloz”. Ahí recogió una serie de textos, algunos publicados en la revista Alemania libre, sobre sus viajes a Michoacán, Oaxaca, Yucatán, Tamaulipas. Kisch presenta estos reportajes, que son al mismo tiempo crónica personalísima, ensayo, memorias de viaje, guiado por el deseo de comprender una cultura que no puede medirse con teorías europeas. El Reportero Veloz entrevista a las pirámides de Teotihuacán, escribe sobre el chicle, sobre el peyote, recrea la historia del maíz a partir de las tortillerías: “esos locales sin puertas ni escaparates que son como una gruta abierta en plena calle”, donde “la pella, a fuerza de palmotear sobre ella, va convirtiéndose en un delgado disco de pasta que la operaria redondea y adelgaza haciéndolo volar como una exhalación de una a otra mano”. Pensando en un lector de lengua alemana, describe ese pan que no es un pan y se come con todo; además, funciona como plato, cuchara y tenedor. Kisch platica con la gente en los mercados, pregunta sin incomodar, se interna en la Biblioteca Nacional de México y hace traquetear la máquina de escribir, a veces entre carcajadas, otras con el ceño fruncido. Así lo encontraba Pablo Neruda, así lo imagina el lector, invariablemente contagiado por su ánimo de escritura.

Libros sobre México en alemán, estudios, biografías, traducciones y catálogos de exposiciones se acumulan en un instituto fundado por las profesoras de la Universidad Cecilia Tercero Vasconcelos y Renata von Hanffstengel, quienes desde 1987 se han esforzado por salvar del olvido las historias de esos hombres y mujeres que una vez atravesaron a pie tierras destruidas y pueblos abandonados con la esperanza de atravesar el océano. Cuando algunos de los exiliados hicieron el viaje de regreso caminaron entre los escombros, respiraron en el aire el humo que aún exhalaban las chimeneas de los hornos de exterminio. Estaban vivos: llevaban la sierra oaxaqueña y a la diosa Xochiquetzalli entre los botones de las blusas y en los cuellos de las camisas; los murales de Rivera, Siqueiros y Clemente Orozco hechos bola en la maleta; se llevaron el Paricutín con su temblor de tierra y su trajinar de piedras ardientes.