Frente al abismo

En su 'Biografía del circo', el escritor y guionista de cine y televisión Jaime de Armiñán recupera la historia de James Crockett, miembro de una somnolienta banda de música.
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Ciudad de México

Corren muchas historias sobre la temeridad y la mala estrella bajo la cual nacen los domadores legendarios. Casi se diría que una es inconcebible sin la otra: a mayor temeridad, más cerca está la hora de morir entre las garras de una fiera. En su Biografía del circo, el escritor y guionista de cine y televisión Jaime de Armiñán recupera la historia de James Crockett, miembro de una somnolienta banda de música. Nos encontramos en la segunda mitad del siglo XIX, cuando la menagerie —ese zoológico trashumante que recorría Europa ofreciendo la visión de animales “exóticos”— vive su primer tiempo de esplendor. Cuenta Armiñán que Crockett el músico ingresó un día a la jaula donde seis leones retozaban. No tenía más propósito que el de saborear el peligro sin acobardarse en el intento. El azar jugó a su favor: después de presenciar cómo Crockett se imponía a las fieras con un certero golpe de ojos, el maestro de pista le dio el cargo de domador.

Crockett tenía un aura de prestidigitador habitando el cuerpo de un levantador de pesas. Sabía ganarse a las fieras y también despertar el celo y la envidia de sus contemporáneos, no tanto por su magnetismo como por los alcances de su petulancia. Triunfó en Londres y en París, contradijo mil y un augurios desventurados, redujo a sus adversarios y halló su ruina el 6 de julio de 1865 en Cincinnati. Un día antes, la paz del circo había sido rota por un estrépito de sangre.

Obligado al ayuno por prescripción del veterinario, un león de melena negra veía comer a sus compañeros de jaula. A la hora en que más furioso estaba, la madre de un empleado se acercó peligrosamente a los barrotes de hierro llevando un niño en brazos. El león lanzó un zarpazo y alcanzó uno de sus hombros. La madre apenas tuvo tiempo de comprobar que el niño no yacía a sus pies sino que se debatía entre las patas del león. Los segundos que Crockett empleó en llegar después de oír los gritos y los rugidos entremezclados fueron suficientes para entregarle la escena de un cuerpo desmembrado.

Apenas repuesto, a la mañana siguiente Crockett acudió a la jaula de los leones. Iba armado con un bastón, su símbolo de mando. Cuenta Armiñan que al cruzar el umbral cayó fulminado por un ataque al corazón.


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También corren muchas habladurías sobre los dones mnemotécnicos de los elefantes, sobre su glotonería y su naturaleza apacible. Un observador agudo diría más bien que tienen cambios repentinos de carácter, que obedecen ciegamente al pánico y que el trato con los humanos responde al mero capricho.

Ya en 1828 hay noticias de un elefante que ejecutaba una suerte de danza en un circo inglés. Su popularidad, sin embargo, se arraigó en la segunda mitad del siglo XIX. El Astley de Londres presentó a un ejemplar que era capaz de caminar sobre una cuerda. El enigmático Ephraim Thompson, quien hermanó la doma con la elegancia en la pista, consiguió al parecer el milagro de hacer que uno de sus elefantes diera un medio salto mortal.

Pero estas linduras parecen entusiasmar muy poco a los historiadores. La vida circense abunda en casos destinados a la nota roja... y en muchas ocasiones los elefantes juegan el papel de verdugos. Una mañana cualquiera de 1880, Karl Hagenbeck, un avezado hombre de circo, daba las últimas órdenes antes de embarcarse hacia Estados Unidos junto a su cuadrilla de espectáculo. Apenas dio la espalda, un golpe contundente lo depósito en el suelo; un instante después, la trompa de uno de los elefantes envolvió su cuerpo quejumbroso y lo lanzó contra una puerta. Ya antes había ordenado la muerte de Rosa, una hembra que había machacado a un domador del Circo Busch de Berlín. En 1905, George Lockhart se despedía de su esposa en la estación de ferrocarril de Walthamstow cuando Pimienta, uno de los cuatro elefantes que viajaban a su lado por las carpas de América y Europa, estrelló su cuerpo contra un vagón luego de oír el pitido de la locomotora. Más sonoro fue el caso de Empress, un ejemplar del Circo O’Brien. Tras dar muerte a nueve domadores en la pista, fue ¡condenado a la silla eléctrica! pero una sociedad protectora de animales obtuvo su indulto y hasta un nuevo hogar en una feria de medio pelo.


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Una vez que alrededor de 1870 se impuso la red para proteger a los artistas del trapecio volante, las pistas de circo se dividieron entre seguidores del riesgo en estado salvaje y seguidores del riesgo domesticado. Hay que tener vocación de abismo para seguir el ejemplo del acróbata francés The Great Lothar quien sostenía: “¡Trabajar con red! ¿Y por qué no con mordaza, como las fieras? Si no se pueden hacer números peligrosos, entonces ya podemos cerrar los circos”. En su favor conspiraba la certeza de que la red no tiene poder sobre la muerte cuando se produce una caída desde grandes alturas.

Armiñán refiere el caso de Olga Pospischill, quien se estrelló contra la red el 21 de junio de 1889. Se lanzó sin temor después de una mala ejecución pero “su corpiño se enganchó en el aparato”. Pudo librarse aunque, en su propósito de aminorar el golpe, “quiso proteger el rostro y bajó la cabeza, tropezó en la red, sobre la nuca, y se partió la columna vertebral”. Tres días más tarde, murió en una cama de hospital. Muchos otros imitaron su destino al golpear la red y precipitarse de cabeza contra la pista.


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Hay presunción en el funambulismo y también una arrogancia que solo pueden esgrimir los danzantes del aire. Sobre un cable dúctil de acero, el funámbulo compra tiempo para caminar con las manos en los bolsillos, dibujar un salto mortal y aun cocinar una tortilla de papas. Como la mayoría de los ejecutantes circenses, hizo su aparición a principios del siglo XIX, arrancando sobre todo el alarido de la nobleza europea.

Después de que en 1856 monsieur Blondin planeó sobre las cataratas del Niágara, después de que María Speltarini emuló tal proeza pero esta vez cargando pesas de doce kilos en cada uno de sus tobillos, después de que Kannan Bombayo se balanceó en el alambre para dar un doble salto mortal, los hermanos Walenda, la tercera generación de una estirpe de cirqueros, triplicaron la apuesta al crear la pirámide humana. A veinticinco metros de altura, dos portadores cargaban una silla donde descansaba una muchacha sobre cuyos hombros se erguía su pequeña hermana. Contra todo pronóstico, durante largas temporadas exhibieron y perfeccionaron su número hasta el día en que Karl, el mayor, perdió el paso y respondió a la ley de gravedad. Igual que a muchos herederos de su presuntuoso linaje, hay que imaginarlo feliz mientras apuraba su caída.