[Ensayo] Thomas Bernhard: decir lo indecible

El novelista austriaco escribía para provocar y llamaba a las cosas por su nombre.
"En busca de la verdad", Alianza Editorial.
"En busca de la verdad", Alianza Editorial. (Especial)

Madrid

Escribía para provocar y llamaba a las cosas por su nombre. A veces se decía a sí mismo que su inestabilidad era herencia de sus antepasados, que eran muy diversos: campesinos, filósofos, obreros, escritores, genios y deficientes mentales, pequeño–burgueses mediocres e incluso criminales. “Todos esos seres”, decía el escritor y dramaturgo austriaco Thomas Bernhard, “existen en mí y no dejan de pelearse. A veces tengo ganas de ponerme bajo la protección de los cuidadores de gansos, a veces de ladrones o asesinos. Como hay que elegir y esa elección supone una exclusión, esa danza me lleva casi a la locura. Que al afeitarme cada mañana ante el espejo no me haya matado aún se debe única y exclusivamente a mi cobardía”.

Confesiones como esta figuran en el libro En busca de la verdad, que acaba de publicarse bajo el sello Alianza y que refleja, a través de una serie de discursos, cartas de lector, entrevistas y artículos, la evolución creativa que Bernhard experimentó en su vida: de ser un escritor casi desconocido, que aspiraba a ganar premios y a adquirir cierta notoriedad, pasó a convertirse en un autor celebrado que de diversas maneras, y contra todo pronóstico, acabó siendo un crítico y acérrimo provocador que arremetía con extrema dureza contra el establishment intelectual y político de su país natal.

Como explica en entrevista el traductor y académico de la lengua Miguel Sáenz (1932), quien ha vertido del alemán prácticamente toda la obra bernhardiana, En busca de la verdad da una imagen final del escritor y dramaturgo muy íntima y personal, como muestra la pequeña carta que escribe Bernhard al final de su vida y que representa su último texto, “Un tranvía es una joya”, en la que pide que no se suprima el tranvía de la localidad de Gmunden. Apareció en la prensa alemana tres días después de su muerte, el 12 de enero de 1989, cuando acababa de cumplir 58 años.

“En el libro hay todo tipo de cosas: protestas, textos contra las políticas de los premios, discursos enfurecidos, entrevistas en las que acaba diseccionándose a sí mismo, pero al final este libro nos ofrece un reflejo muy auténtico de Bernhard”, dice Sáenz, quien agrega que “hay incluso artículos que muestran a un Bernhard casi desconocido, como los que dedica a la crítica literaria o a la pintura”.

El autor de novelas como Corrección, Tala,Extinción, Helada o la magnífica serie autobiográfica El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño era un hombre “muy polifacético, muy enfermo y muy solo”, considera Sáenz. “Es muy curioso ver cómo la vida amorosa de Bernhard es un problema. El gran amor de su vida es una mujer 37 años mayor que él, una figura, creo yo, materna, porque solo quiso a esta mujer, que lo protegió y ayudó. Y en Maestros antiguos hay una página, casi al final, donde cuenta su muerte. Es de las páginas más sentimentales y auténticas que escribió Bernhard y donde se ve cómo nada vale cuando muere un ser querido: ni la música ni la filosofía ni la pintura. Hay una desolación tremenda que nada puede paliar”.

Sáenz observa que aparte de esa mujer solo su abuelo, el escritor Johannes Freumbichler, representó algo en la biografía de Bernhard, pues le enseñó todo sobre la vida cuando era niño. “Pero Bernhard no quería fracasar como su abuelo, y ese temor lo lleva a abandonar la poesía cuando se da cuenta de que por ese camino no llegará a triunfar. Ensaya la novela y al final se refugia en el teatro, que es lo que más escribió y lo que más éxito y dinero le dio. Aun hoy, cada vez que hay un estreno de Bernhard los teatros en Austria se llenan”.

Ese éxito es, sin embargo, una gran paradoja. Bernhard repudió en multitud de ocasiones —en novelas, obras de teatro, artículos, entrevistas y discursos— a su tierra natal. Y no era para menos, pues su rencor fue alimentado por la intelligentsia austriaca que, por ejemplo, cuando apareció Helada en 1963, escribió que no era nada; o como cuando se representó Partida de caza en 1973 en el Burgtheater y una delegación de escritores, encabezada por el presidente del Senado de las Artes, protestó ante el Ministerio de Arte y Cultura diciendo que no se debía representar a Bernhard; o como cuando a los 37 años recibió el Premio Nacional de Literatura y, tras un discurso cortante y sincero —en el que dijo, ante autoridades y público, “somos austriacos, somos apáticos; somos la vida como desinterés vulgar por la vida, somos, en el proceso de la naturaleza, el sentido de la megalomanía como futuro. No tenemos nada que contar, salvo que somos miserables y estamos hundidos por la imaginación en una monotonía filosófico–económico–mecánica”—, el entonces ministro de Arte y Cultura le llamó “perro” y abandonó la sala gritándole “cerdo”.

Fue, como reconoce el propio Bernhard en este libro, una serie interminable de ofensas, una cadena “de deformaciones de los hechos totalmente conscientes”, así como “totalmente humillantes” a su persona. “Tendría que escribir un libro entero solo de hechos que demuestran cómo se trata a un hombre como yo, que no hace otra cosa que escribir, y al que en el fondo se quiere reducir al silencio por todos los medios”, apunta en una carta del 16 de diciembre de 1980 en respuesta a una invitación para asistir a un congreso de escritores.

En el fondo se trata, afirma Bernhard en una entrevista que concede casi al final de su vida, de un enorme malentendido, porque no deja de admirar el mundo tal como es, “pero hasta lo más hermoso se vuelve espantoso en cuanto se empieza a reflexionar sobre ello”. Esa relación de amor–odio, observa Sáenz, se ve muy bien en En busca de la verdad.

Hay en esa relación una marca profunda que queda definida con nitidez en este libro, cuando en agosto de 1984 Bernhard es demandado, por cuarta vez en su vida, por un músico, un viejo amigo suyo que se había sentido ofendido por Tala —demanda que provocó el secuestro judicial de la novela pocos días después de su distribución en librerías—, que criticaba duramente la vida cultural austriaca y que podría trasladarse fácilmente a otros ámbitos en nuestro tiempo.

¿Es posible hacer un paralelismo entre lo escrito por Bernhard en esa obra de 1984 y lo que se puede ver, por ejemplo, en la vida cultural mexicana de los últimos 25 años? Juzgue el lector: “Ser artista quiere decir en Austria, para la mayoría, someterse al Estado, cualquiera que sea, y dejarse mantener por él durante toda la vida. La condición del artista austriaco es un camino vil y falaz de oportunismo oficial, pavimentado de becas y alfombrado de condecoraciones honoríficas, que termina en una sepultura de honor en el cementerio central”.

Más allá de las polémicas, En busca de la verdades también un excelente compendio de los motivos, temas y reflexiones sobre la escritura y el hecho: “Lo que me induce a escribir es, sencillamente, el gusto por el juego. Se siente el placer de apostar a una carta, sabiendo que cada vez se puede ganar o perder todo. El riesgo del fracaso me parece un estimulante esencial. A eso se le une otro placer: inventar el método más apropiado para arreglárselas con palabras y frases. El material en sentido exacto lo considero completamente secundario”.