100 años diseccionando al insecto

"Hacia mediados de la década de 1980, David Cronenberg atrajo la atención de los críticos y del público con su versión del relato de George Langelaan denominado 'La mosca'" .
Ilustración del dibujante argentino Luis Scafati.
Ilustración del dibujante argentino Luis Scafati. (Luis Scafati)

Ciudad de México

Hacia mediados de la década de 1980, David Cronenberg atrajo la atención de los críticos y del público con su versión del relato de George Langelaan denominado La mosca (las mutaciones del cuerpo representan una de las obsesiones fílmicas del director canadiense). El impresionante proceso de transformación de Jeff Goldblum indujo al espectador a una morbosa fascinación que estimulaba tanto lo repulsivo como lo siniestro, recuperando un estilo de horror que hoy se explota poco.

En este sentido, el cine, como ha señalado Slavoj Zizek, estimula lo oculto porque devela el poder fantasmático de las imágenes sobre–exhibiéndolas: “El inconsciente está expuesto”. Los medios visuales han sembrado una prolífica variedad de fantasías que reverberan desde las profundidades del miedo adquiriendo consistencia visual, pero acaso reduciendo su condición enigmática. Tal vez, por esta razón, Franz Kafka no quería que el insecto de Lametamorfosis fuera ilustrado; al menos así lo expresó en una carta a su editor Kurt Wolff Verlag: “¡Esto no, por favor! No quisiera reducir su poder de influencia, sino solo exponer un deseo […], el insecto mismo no puede ser dibujado”.

El tema de la mutación conlleva dos ramificaciones: la conversión del humano en lo otro (bestia, monstruo, criatura) y su correlato moral (el cuento de hadas, por ejemplo); o la asociación de formas ajenas que contraponen el orden natural transformándolo desde la estética (Ovidio, por supuesto; y mucho después el surrealismo).

Si bien el personaje de La mosca sufre una alteración sustancial provocada por un accidente científico, ¿por qué muta Gregorio Samsa? Esta interrogante ha ocupado una cantidad de reflexiones a lo largo de un siglo y ha inspirado innumerables obras de ficción.

La respuesta depende del enfoque de la lectura, puesto que varía si leemos La metamorfosis con la lente del humor o si empleamos una clave existencialista, psicoanalítica o marxista, a pesar de incurrir en exégesis antes de leer desde una perspectiva literaria, como apunta Milan Kundera en Los testamentos traicionados: “La kafkología no busca en las novelas de Kafka el mundo real transformado por una inmensa imaginación; extrae mensajes religiosos, descifra parábolas filosóficas”.

El humor tiene cabida desde la farsa y el absurdo en que se entreteje el relato; no hay que olvidar que el narrador de Lametamorfosis subraya: “No obstante lo crítico de su estado, no pudo dejar de sonreírse”. Incluso, la gravedad en el tratamiento le otorga un haz de comicidad gratificante: “En ese instante se encontraba tirado en la alfombra, y ninguna persona que le hubiera visto en el estado en que se hallaba habría podido imaginarse que hiciera pasar al principal a su habitación”. El asunto es que los elementos circundantes al suceso de la metamorfosis resultan atractivos para elaborar casi cualquier exégesis: una familia castrante, un sistema opresivo y persecutorio de trabajo, la apreciación autodestructiva del personaje, el metafísico distanciamiento entre Samsa y su entorno.

Una cualidad literaria que inaugura este relato es la contención expresiva para abordar lo siniestro, así como la conversión del horror, en tanto respuesta irracional frente a lo inesperado, en una racionalidad que acentúa su absurdo (a diferencia de Edgar A. Poe, por mencionar a uno de los principales referentes del género). La tensión narrativa, la sobriedad del narrador y la reflexividad penitente del personaje, producen un inquietante efecto único. Fabio Morábito ha dicho sobre la transformación de Gregorio Samsa que “Kafka acaba de abrir para la literatura una puerta salvadora, que podemos llamar la supresión del grito”. Entonces, entiendo que lo “kafkiano” radica en una suerte de negación del horror —o en la aceptación de su absurdo— que al identificarlo como real incrementa el reflejo de la pesadilla. “Samsa —dice Morábito— prefiere razonar. Cada nuevo razonamiento solidifica su metamorfosis hasta volverla real e irreversible”. Curioso; más bien, kafkiano: la racionalidad como estigma del horror.

Sin embargo, resulta imposible no interpretar, porque La metamorfosis posee las cualidades de una fábula; es más, se trata de la primera fábula negra de un siglo que se caracterizará por su irracionalidad histórica. Y como tal, sugiere un margen bastante abierto para moralizar: ¿por qué un insecto repulsivo?

En el atractivo compendio Fragmentos para una historia del cuerpo humano (Taurus), Patrizia Magli recorre los distintos tratados en que se asocia la semejanza animal con la conducta. En su ensayo “El rostro y el alma” menciona que “Sobre la superficie completa del cuerpo se despliega el código del lenguaje moral”. Esta moralización de la fisonomía fue una práctica bastante convencional desde el mundo antiguo, como lo demuestra Aristóteles: “Todas las pasiones del alma se muestran vinculadas con un cuerpo, pues, cuando se producen, el cuerpo experimenta una modificación”. La obra homónima de Ovidio se estructura sobre parábolas en las que resulta inevitable construir una moral de la forma adoptada por el cuerpo. Durante la Edad Media, la interpretación de los rasgos heréticos condujo a muchos a la hoguera por suponerse que algunas facciones se identificaban con una animalidad demoniaca. En los siglos XVI y XVII, la fisonomía se integró a la historia natural. En los siglos posteriores, las apreciaciones sobre fisonomía comenzaron a relacionarse sobre todo con la naciente psiquiatría.

Una parte común a estos estudios es la similitud de las líneas del rostro con la forma de los animales, de lo que se infería una relación semántica entre gesto y moralidad, que muy probablemente sirvió para incrementar los efectos retóricos de la fábula, en donde se personifica a los animales para fines moralizantes específicos. Pero la semejanza se limita a la atribución de vicios y virtudes; en cambio, la metamorfosis se adentra en el terreno de la transgresión: el alma es ocupada por una forma inferior a su propia naturaleza, transfiriéndole tanto rasgos estructurales como una posible proyección de fobias, pues como apunta Patrizia Magli: “El cuerpo, no siendo solamente la envoltura exterior del espíritu, sino también lo que lo simboliza, no es otra cosa que la animalización del alma, su imagen sensible y significante”. De ahí la interrogante sobre el relato de Kafka: ¿qué significa la metamorfosis de Samsa? Acaso la razón última deba hallarse en una intensa capacidad imaginativa que pone a prueba la ensoñación con la realidad, a través de historias que exaltan el corrosivo poder de la fantasía, como insistió Kundera: “Es muy difícil describir, definir, nombrar esta especie de imaginación con la que Kafka nos hechiza. Fusión del sueño y la realidad”. La fábula de Kafka ilumina e inquieta porque si bien la proximidad entre el animal y lo humano puede resultar seductora en cuanto metáfora, no lo es si reducimos la diferencia llevándola al extremo de lo imposible; incluso se nos presenta monstruosa como en el caso de Samsa, el insecto que piensa. El insecto humano que hemos diseccionado desde hace un siglo.