En los dominios del Zorro Rojo

En tan solo 11 años el sello español, que recién abrió una representación en México, ha sabido consolidarse en la ya sobrepoblada galaxia de las obras revitalizadas a partir de la mirada plástica.
Alessandro Sanna
(Alessandro Sanna)

Ciudad de México

En su encarnación más próxima, el libro ilustrado es descendiente de una fecunda tradición. Surgió quizás en el antiguo Egipto, en el año 2000 antes de la era cristiana, cobró un impulso hasta entonces desconocido durante el Otoño de la Edad Media a través de los calendarios de oraciones y ocupó el centro de la escena cultural tras la invención de la imprenta y la popularidad de la Biblia de Gutenberg. Fue el siglo XIX, sin embargo, bajo la influencia de románticos, parnasianos y simbolistas, el tiempo de mayor esplendor. Delacroix ilustró el Fausto de Goethe, Gustave Doré hizo lo mismo con el Quijote y El cuervo de Edgar Allan Poe, John Tenniel con Alicia en el país de las maravillas, George Cruikshank con Charles Dickens y los hermanos Grimm, Winslow Homer con Mujercitas y Tom Sawyer.

En los últimos años, Almadía, Sexto Piso, Conaculta, el Fondo de Cultura Económica y Libros del Zorro Rojo se han propuesto arraigar esta extraordinaria tradición en México. Tienen todo a su favor: experiencia, canales de distribución, un mercado a la caza de novedades, saber técnico y una red de artistas plásticos que alcanza por igual a dibujantes, viñetistas, pintores y aun escultores.

De entre ellas, Libros del Zorro Rojo es la más reciente sorpresa. Nació en Barcelona en 2004, y en 2011 extendió su campo de acción a Buenos Aires. A mediados de 2014 abrió una representación en México que dirige Sally Avigdor, una editora con un largo camino recorrido en la industrial española, cuando la crisis no cobraba aún sus primeras víctimas. Nació igualmente con títulos de corte infantil que, más que marcar un destino, anunciaban ya la simbiosis natural entre la imagen y la escritura.

Tal complicidad está sobradamente representada por los alumbramientos transgresores de Edward Gorey, una de las figuras estelares de Zorro Rojo. En Gorey reconocemos al aventajado discípulo de Max Ernst, al universitario extravagante que caminaba descalzo por la calle con las uñas de los pies pintadas de verde, al enemigo número uno de los mapaches —con cuya piel confeccionaba sus enormes abrigos—, al artista solitario que se recluyó en una antigua casona para entregarse a la fabricación de títeres y marionetas. Pero, sobre todo, reconocemos una disposición a percibir la niñez como un teatro en el que solo se escenifican la rebelión y el infortunio. Detrás de cada acción inocente —parece sugerir Gorey— asoma una fuerza potencialmente destructora: un día de campo puede convertirse en el festín de una manada de osos hambrientos. Esta es, al menos, la verdad ficticia que contienen El huésped dudoso, La bicicleta epipléjica, La procaz intimación, La niña desdichada, Los pequeños macabros, El dios de los insectos, El ala oeste, más un puñado de pendones editoriales que un lujo de Zorro Rojo.

No es una rareza encontrar a poetas, novelistas y aun ensayistas, a quienes asociamos con la historia literaria, incursionando en el mundo de la imaginación infantil. Hay que ver, por ejemplo, la perfecta comunión entre los dibujos del antinaturalista Quentin Blake y los versos de Sylvia Plath en El libro de las camas, un largo poema publicado póstumamente que llama a transformar una máquina de ilusiones en escenario de realidades tangibles aunque a veces se antojen demasiado lejanas; o el equilibrio que alcanzan las proyecciones geométricas de Isidro Ferrer y los registros oníricos de Eduardo Galeano en Los sueños de Helena, un relato conjetural contra los totalitarismos ideológicos para todas las edades. Como ninguna fórmula está garantizada, Zorro Rojo se arriesga también con obras duraderas que hallaron eco en el trabajo de pintores y artistas gráficos. El príncipe feliz y otros cuentos de Oscar Wilde conserva el temperamento visual que Walter Crane y Hacomb Hood produjeron en 1888, durante la edad de oro de las industrias decorativas en Inglaterra. En un diálogo entre épocas, Las fábulas de Jean de la Fontaine recalan en los gouaches de Marc Chagall, que en la década de 1920 no dudada en saberse tan ruso como francés.

Si la zona del catálogo destinada al público infantil se inclina por mantener un orden simétrico entre ilustradores y escritores contemporáneos y de épocas distantes, la que va en busca del lector adulto muestra una preferencia por los clásicos. Zorro Rojo se consagra con igual esmero al Fausto de Goethe que al Perseguidor de Julio Cortázar, a La Isla del tesoro de Robert Louis Stevenson que a Informe sobre ciegos de Ernesto Sabato. No es que proceda indiscriminadamente sino que en sus elecciones está implícito el carácter visual de una obra, tanto como su potencialidad para ser interpretada en términos gráficos. Hay una tendencia, dominante en el gusto de otras casas editoriales, que apunta a un avasallamiento de la ilustración sobre el orden escrito. Pensemos, por ejemplo, en un Moby Dick ilustrado como si transcurriera en un mundo hecho a imagen y semejanza de la Ciudad Gótica de Batman, habitado por espectros que responden a una patología rigurosa. Zorro Rojo avanza en sentido contrario: al pensar en un libro, piensa a la vez en cómo podría enriquecerse al incorporar su propia —y hasta entonces oculta— faceta ilustrada. La edición de Marcovaldo de Italo Calvino tiene por tanto su justa correspondencia en los dibujos a esténcil de Alessandro Sanna, que excluyen todo espesor en el trazo para rendirse a las máximas calvinianas de la levedad y la rapidez fluctuante del escribir breve.

Hay una zona de la tradición narrativa enteramente identificada con la visualidad. Pensemos en Balzac y en sus profusas descripciones de París o en Flaubert y en su pasión maniaca por desvelar incluso el tobillo marfileño de Emma Bovary. Esa zona parece identificar al lector como un ser hecho para ver, por encima de su interés por explorar la densidad de las emociones y los sentimientos. A través del ojo del narrador, vemos la corona de una montaña helada, la hoja ensangrentada de un cuchillo, el párpado tembloroso de un aprendiz de seductor. Las cosas que pasan, siempre el motivo privilegiado de la trama, pasan en virtud del poder de la mirada. Es la zona donde Zorro Rojo mejor se haya, y de donde provienen sus títulos canónicos.

Traigo a cuento solo dos, porque satisfacen con transparencia y elegancia los requisitos de un buen maridaje: La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnick, ilustrado por Santiago Caruso, y Robinson Crusoe de Daniel Defoe, ilustrado por Carybé.

Las andanzas criminales de Erzsebét Bathory en su castillo de Los Cárpatos a fines del siglo XVII son la puesta en escena de una suerte de estética del crimen y no tanto la proyección de un infierno que es al mismo tiempo psicológico, ético, existencial. Caruso supo componer la atmósfera ideal donde esa estética se regodea en sí misma: una serie de decorados de inconfundible aire gótico en los cuales el cuerpo es pura y descarnada anatomía. Más que un teatro de la locura, Pizarnick-Caruso erigieron un teatro de la transfiguración del sadismo en motivo artístico.

La vida y las extrañas, sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe de York, marinero, extienden sus alcances morales a la luz de los dibujos de Carybé —concebidos para la edición argentina de 1945 en traducción de Julio Cortázar—, quien trasplantó el color y la vivacidad de la cultura afro-brasileña de Bahía a la isla desierta, junto a la desembocadura del río Orinoco, donde Robinson Crusoe aprende el valor de la libertad de conciencia. Carybé es exuberante pero nunca folclórico, exalta la naturaleza pero no pierde de vista la grandeza humana.

Tal vez el libro ilustrado sea la plataforma desde la cual ciertos libros obtengan una segunda y hasta una tercera oportunidad para conquistar nuevos lectores. De la mano de un dibujante que sepa sacar el máximo rendimiento de la lectura, novelas como El otro mundo. Los estados e imperios de la luna de Cyrano de Bergerac o Cándido de Voltaire —solo por invocar dos clásicos vencidos por el olvido— podrían ejercer una influencia similar a la que ejercen actualmente los modelos de la ciencia ficción y la novela de aventuras. Por lo pronto, Zorro Rojo ha revitalizado a Edgar Allan Poe, Bram Stoker, Mark Twain, Rudyard Kipling, Oscar Wilde, H. P. Lovecraft, Joseph Roth, William Golding... Ya sobrepasó los 200 títulos y confía en seguir extendiendo sus dominios.