Domadores de palabras

En 1917 Ramón Gómez de la Serna publicó 'El circo', un jocoso ensayo sobre los aspectos lúdicos, artísticos y tragicómicos de uno de los pilares de la cultura popular. 
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Ciudad de México

Quizás el primer cronista “serio” del circo haya sido Ramón Gómez de la Serna. Antes de hacer famosas sus greguerías, el madrileño era un asiduo asistente a la carpa del “mayor espectáculo del mundo”, y en 1917 publicó El circo, un jocoso ensayo sobre los aspectos lúdicos, artísticos y tragicómicos de uno de los pilares de la cultura popular. Tanto lo marcó el mundillo circense que, tiempo después, llegó a leer una conferencia encima de un elefante, a pronunciar un discurso desde un trapecio y a divulgar las “propiedades terapéuticas” del circo: “yo amo y siento esto, convencido de que la vida es una cosa grotesca, que se exhibe mejor donde lo grotesco se armoniza y adquiere una expresión artística arrebatadora: el circo”, escribió en su libro.

Pero, además de crónicas, análisis e historia, las pistas donde actúan los funambulistas, los domadores y sus fieras han sido objeto de relatos, novelas y poemas. En el circo, como en la literatura, dice Raúl Eguizábal, catedrático de Historia de la Publicidad de la Universidad Complutense de Madrid y autor de El gran salto (Península), una mirada histórica de este show que agrupa a varias disciplinas artísticas, “el núcleo reside en la belleza y en la emoción. Pero también en lo luminoso y lo sombrío, en lo risueño y lo fatídico; en el asombro, la admiración y el peligro; en la vida y la muerte, en lo real y lo ficticio. ¿Acaso no son todos estos aspectos muy literarios?”, se pregunta para, enseguida, ahondar en su explicación: “El circo, redondo como la luna, tiene, como ella, una cara elevada y clandestina que, a menudo, se le escapa al espectador adulto pero que no puede huir de la sensibilidad extraña del niño. Entrar en la carpa de las maravillas es, muchas veces, igual que comenzar a leer una historia: hay cierto sobrecogimiento, por lo dulce o lo siniestro que nos espera”.

De la primera vez que alguien va al circo nos habla, por ejemplo, Mario Benedetti en su cuento “Esa boca”. Un niño de siete años quiere, al igual que sus hermanos mayores y algunos de sus compañeros de escuela, ir al coloso posmoderno. “No quiero que veas a los trapecistas”, le dice su padre, temiendo que la conmoción del pequeño se dispare. “¿Y si me fuera cuando empieza ese número?”, replica él. En realidad, el niño quiere ver, sobre todo, a los payasos. Su madre lo lleva un sábado por la noche. Después de tres números, salen los esperados payasos. Cuando, a mitad de su actuación, uno de ellos se le acerca al niño, éste ve una boca cansada bajo una sonrisa pintada. La imagen lo impacta y lo decepciona. Y llora. Porque los payasos no lo hacen reír.

Agridulces son también los cuentos de Franz Kafka situados en el circo. “Un artista del trapecio” es la historia de un hombre que vive en las alturas de la carpa, sentado en su instrumento de trabajo, para no perder la perfección de su arte. Un día, durante un viaje en tren, le pide a su jefe otro trapecio. ¿Es un síntoma de la vejez? “Un artista del hambre” va más allá y trata de la decadencia y muerte del miembro de una compañía circense que decide encerrarse en una jaula para ayunar. Nadie se fija en esa jaula, hasta que sustituyen al muerto por una pantera.

Pero probablemente la relación del circo con la condición humana se hace más explícita en la poesía. Las estrofas de “Circo de noche”, de José Emilio Pacheco, constituyen un espejo (grotesco, como diría Gómez de la Serna) de nuestra especie: “En la arena del mundo somos tigres y leones./ Nacemos con las garras bien afiladas./ No hay nadie que no tenga agudos colmillos,/ disposición para la lucha, talento innato/ para la herida, para el desprecio y la burla”. A partir de estas reflexiones, Vicente Rojo realizó una serie de pinturas e instalaciones escultóricas publicadas hace un lustro por la editorial Era bajo el título de Circos y expuestas en 2012 en la galería Freijó Fine Art de Madrid. En la misma tesitura se ubica El circo de la noche (Planeta), novela de Erin Morgenstern, en donde Le Cirque des Rêves es el escenario feroz de un duelo entre Celia y Marco, dos profesionales de la magia enamorados.

Para domar palabras en las pistas del circo, ya lo han visto, señoras y señores, los escritores no solo necesitan reunir personajes, reflexiones y metáforas en sus obras sino, sobre todo, saber manejar las emociones con la precisión de un lanzador de cuchillos.