Una nueva diplomacia cultural para México

Esta obra compila escritos que abordan asuntos como el vínculo entre cultura y política exterior, la proyección internacional de nuestra imagen país y la praxis reciente de la diplomacia cultural ...
La construcción de una imagen país de México en el exterior debería considerarse como asunto de seguridad nacional para el Estado mexicano.
La construcción de una imagen país de México en el exterior debería considerarse como asunto de seguridad nacional para el Estado mexicano.

Ciudad de México

Un prolongado y escrupuloso proceso de edición; problemas para encontrar una editorial y diversas circunstancias logísticas retrasaron por lo menos dos años y medio la aparición de Una nueva diplomacia cultural para México, obra colectiva en la que participaron quince autores de los ámbitos académico, diplomático y cultural, y un editor, César Villanueva, doctor en Ciencia Política con especialidad en Diplomacia y Cultura por la Universidad de Växjö–Linnaeus, en Suecia. Por primera vez se compilan en nuestro país escritos que abordan, desde muy distintas perspectivas, asuntos como el vínculo entre cultura y política exterior de México, la proyección internacional de nuestra imagen país, aspectos de la historia y la praxis reciente de la diplomacia cultural mexicana, la necesidad de contar con un nuevo canon cultural mexicano para el siglo XXI y el poder suave de la cultura.

Si bien el propio Villanueva había coordinado editorialmente dos números de la Revista Mexicana de Política Exterior de la Secretaría de Relaciones Exteriores dedicados a la diplomacia cultural y a la diplomacia pública, no existen antecedentes de la magnitud y ambición de este nuevo libro, dividido en tres secciones: una teórica, donde lo mismo aparecen destacados diplomáticos en activo como Martha Bárcena Coqui, embajadora de México en Turquía, que académicos y diplomáticos en retiro, como el ex embajador Jorge Alberto Lozoya, gran experto en cooperación internacional del país; un capítulo intermedio, realizado por el propio editor, centrado en el estudio de un levantamiento de opinión entre funcionarios culturales mexicanos con experiencia en la diplomacia cultural; y un segmento final donde se agrupan ensayos con análisis y propuestas derivadas de la experiencia en campo; vale decir, del trabajo empírico en muy diversos puestos diplomáticos.

De cara a los acontecimientos del fin de semana pasado conocidos por todos, queda una vez más en evidencia un acelerado e intenso deterioro de la imagen de México en el exterior, más allá de la mera difusión y recepción de reportes negativos acerca de la incompetencia, la corrupción, la ingobernabilidad, la extrema violencia asociada al narcotráfico y el atropello a los derechos humanos. Esa tendencia se manifiesta cada vez más como asociaciones emocionales, poco racionalizadas, que estigmatizan a México y lo vinculan con estereotipos como el de un “Estado fallido” o el de un país sin leyes, una sociedad incivilizada y carente de las seguridades más elementales. La reputación de México en medios internacionales, sobre todo de Estados Unidos, Europa occidental y Sudamérica, empeora de forma acelerada. Este tipo de percepciones genera una animadversión irracional, hostil, escenarios de distanciamiento y, a la larga, de rechazo hacia lo que provenga de México. Las andanadas mediáticas de un Donald Trump y sus corifeos en fecha reciente son buena muestra de ello.

Un reto perentorio para la diplomacia cultural mexicana es contribuir a la construcción y difusión de nuestra imagen país de forma sensata, crítica e innovadora. Se trata de una tarea por un lado informativa, de acopio y difusión de información estratégica y generación de discursos e imágenes acerca del vastísimo acervo de nuestra cultura y, por otro, práctica, con acciones perdurables de cooperación cultural, educativa, científica y tecnológica. Estamos ante la necesidad urgente de componer un relato de la historia inmediata de México que haga énfasis tanto en la fortaleza y vigor de nuestro patrimonio cultural histórico como en la excelencia actual de la acción cultural mexicana, tanto al interior como al exterior de nuestro país. Un relato que por supuesto dé cabida al examen de nuestros problemas estructurales pero que también dé luz sobre las aportaciones civilizatorias de nuestra cultura.

La construcción de una imagen país de México en el exterior debería considerarse como asunto de seguridad nacional para el Estado mexicano. No es únicamente un tema de Nation Branding (o de propaganda del país a nivel de marca) sino que se trata de una de las materias cardinales para nuestra política exterior. Desde la diplomacia cultural, nuestra imagen país puede robustecerse, entre otras muchas formas, presentando y difundiendo nuestras industrias culturales competitivas, dando cuenta en el exterior de la sobresaliente oferta cultural interna, pública y privada; mostrándonos como cuna de una prestigiosa comunidad académica, cultural, científica y técnica expatriada; como matriz de una diáspora de alto perfil que desde múltiples espacios (orquestas, casas de ópera, compañías de ballet, universidades, centros de investigación, productoras de cine) aporta creaciones y resultados notables a la cultura internacional; como una nación que despliega una activa cooperación cultural y educativa, científica y técnica con más de sesenta países en decenas de disciplinas, a través de numerosos convenios diplomáticos binacionales e interinstitucionales; como tema de estudio de incontables y prestigiosos investigadores internacionales que aportan visiones de enorme valor y sensibilidad para el estudio y la comprensión de México; como polo de atracción actual para intelectuales, académicos, científicos y artistas extranjeros contemporáneos que desde todas las áreas del saber y la creación se han integrado a nuestro país; como una cultura abierta a las heterodoxias, a la experimentación y la innovación artísticas. Ante las expectativas que abre la próxima realización del año dual entre México y Alemania a partir de mayo de 2016, se despliega una oportunidad —quizá la última en este cambio de siglo— de construir desde la cultura mexicana una imagen país coherente, veraz, convincente, una imagen país distanciada de la propaganda política y lo más próxima posible a nuestra realidad de potencia cultural. Quien surque las páginas de Una nueva diplomacia cultural para México encontrará, sin duda, estimulantes propuestas al respecto.