Creo en Baal–shamin

Toscanadas.
El templo de Baal-shamin en Siria.
El templo de Baal-shamin en Siria.

Ciudad de México

Cuando se heredan las supersticiones de primitivos pastores que vivieron hace cuatro mil años, se llegan a cometer barbaridades como la de hacer estallar el templo de Baal–shamin o la de degollar al arqueólogo que dedicó su vida a preservarlo.

La paradoja es que precisamente fueron supersticiones las que en primer lugar motivaron a levantar ese templo, así como muchos otros, incluyendo sinagogas, iglesias y mezquitas. Sin embargo, hace cerca de dos mil años que ya nadie le reza a Baal–shamin, y entonces su templo ya no es un sitio para adorarlo, sino una mera obra de arte. De este modo, cuando los militantes del ISIS dicen que lo destruyeron por considerarlo una muestra de idolatría, no están diciendo sino una magna estupidez. Sean un poco más íntegros y digan: “Lo destruimos porque somos unos vándalos imbéciles”.

Poco a poco vamos perdiendo todo nuestro pasado. Los propios romanos, que tanto construyeron, también se dedicaron a destruir. Los cristianos, ni se diga. A eso hay que sumarle el tiempo, los terremotos, volcanes, guerras, accidentes, incendios, inundaciones, capitalismo y demás cataclismos.

Los frescos en muros, los óleos en lienzos también son mortales. Los restauradores nos dan una buena aproximación de lo que pudo ser La última cena de Da Vinci o El juicio final y demás frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, pero imposible saber lo que en verdad fueron estas obras.

Sabemos que perdimos muchos textos sin posibilidad de recuperarlos y que nunca nadie sabrá tocar y cantar uno de los cantares del rey David.

Pero así como se pierden cosas, hay muchas otras que se encuentran. Para eso hay un ejército de arqueólogos e historiadores escarbando, rascando, husmeando y hurgando. Alguien halla una ciudad entera. Otros encuentran estatuas o adornos o joyas o vasijas. A veces encuentran evangelios o poemas o leyendas.

Entre tantísimo animal que camina en dos patas, existe una minoría de seres humanos con alma. Éstos forman parte de una comunidad histórica, son partícipes de una conciencia acumulativa que se llama civilización. Están muy agradecidos con esos arqueólogos e historiadores que encuentran el pasado, lo reconstruyen y le dan sentido. Entre ellos, hoy se erige como héroe y mártir Khaled al–Asaad, quien fue torturado y decapitado por proteger el sitio arqueológico de Palmira; pero, sobre todo, fue asesinado por pertenecer a esa minoría de humanos con alma, por ser cómplice de la civilización.

Si en el nombre de un dios en el que cree una cuarta parte de los habitantes del planeta se puede torturar a un octogenario, colgarlo patas arriba, cortarle la cabeza y exhibirlo como trofeo, no me queda sino pensar que hasta el olvidado Baal–shamin es una mejor opción para la fe de mentes enajenadas. Al menos me parece que en los últimos dos mil años nadie ha matado ni torturado ni perseguido ni encerrado a nadie por órdenes de Baal–shamin, y eso ya es mucha ganancia. Desde hoy me declaro su creyente y fiel seguidor.

Baal–shamin, santificado sea tu nombre. No hay más dios que Baal–shamin. Santo, santo, santo, Baal–shamin, el mundo entero se llena de tu gloria.