[Ensayo] I Need a Fix Cause I’m Going Down

La edición conmemorativa de La tumba, novela emblemática de José Agustín, comienza a circular en librerías.
La tumba
(Especial)

Ciudad de México

La tumba, novela emblemática de José Agustín, cumple 50 años y comienza a circular en librerías una edición conmemorativa que se presenta hoy 1 de noviembre en la FIL de Oaxaca con la participación de Enrique Serna, Hernán Lara Zavala, Jesús y Andrés Ramírez y el autor. Ofrecemos el prólogo a esta nueva edición, a cargo del autor de La Biblia vaquera

 

I Need a Fix Cause I’m Going Down

La tumba es la primera novela estéreo en México. El salto del sonido mono hacia la vanguardia en la literatura nacional. Nuestras letras, como el país, viven un estado de crisis permanente. José Agustín debutó durante una coyuntura. Solo existían dos caminos para la escritura: refritearse el modelo posrevolucionario o sucumbir ante el pseudocosmopolita. Como le ocurrió a un alto porcentaje de sus contemporáneos.

Quizá era previsible. Quizá no. Lo que en definitiva nadie pudo predecir fue que la revitalización de la narrativa surgiría de la mente de un veinteañero. Bob Dylan afirmaba que los cambios sociales se producían después de episodios de agitación. Atenta a esa ecuación, La tumba es hija de la revolución juvenil. Con frecuencia se hace escarnio de que los movimientos arriban tarde a nuestro territorio. A diferencia de otras corrientes, la literatura mexicana no recibió la vanguardia diferida. José Agustín nos conectó con la Era de Acuario.

Una virtud emblemática de La tumba reside en su carácter iniciático. Es la asociación delictuosa por excelencia para aquellos que fueron adolescentes en los sesentas (con el tiempo el referente se ampliaría hasta nuestros días). Evidenció que el relevo generacional sí significaba una renovación cultural. La tumba inauguró el relato de iniciación. La tradición había demostrado ser una pandilla de masoquistas infelices. La narrativa había dejado de registrar el discurrir del ser nacional. José Agustín dio carpetazo al discurso imperante al renunciar a la explotación de lo idiosincrático como sello de identidad. Aglutinó en un documento el pulso de su época.

La tumba inauguró la novela generacional. A partir de su irrupción emergió una nueva promoción de narradores. Autores que sin su publicación no habrían garantizado su ingreso en el panorama de las letras. O no al menos con la contundencia que lo consiguieron. Todo el crédito corresponde a José Agustín, sin embargo no podemos restarle mérito al ingeniero de sonido de esta obra: Juan José Arreola, quien se dejó despertar la sensibilidad por el genio precoz del autor. La novela fue editada cuando el escritor contaba con apenas dos décadas de existencia, pero está fechada tres años antes, en 1961, la redactó a los dieciséis años.

La historia está compuesta por personajes que eligieron el viaje como una manera de autoafirmación. José Agustín es un caso excepcional. Desafió la fórmula. Primero se consagró a La tumba y después emprendió la travesía. En 1961, meses después de escribir la novela, se casó a escondidas y se embarcó a Cuba para participar en una campaña de alfabetización en la isla. La constante dicta que primero se debe viajar y después verter la experiencia en la página, no a la inversa. José Agustín desobedeció la regla. Y luego salió a observar el mundo. De esta experiencia se desprendió Diario de brigadista, publicado cuarenta y seis años después.

La tumba está influida por “La infancia de un jefe”. Una lista de lecturas de la época reveló que José Agustín releía El muro de Sartre con asiduidad. A la novela del mexicano podríamos subtitularla “La infancia de un yupi”. Si bien es cierto que el personaje principal es un escritor, nada indica que se congratulará con el oficio. Como en un delirio davidlyncheano, podría reencarnar en el protagonista de Dos horas de sol, novela concebida por José Agustín treinta años después. Mientras tanto, como el protagónico de Sartre, se dedica a prepararse para el devenir. En la historia del existencialista el personaje ingresará en la clase alta francesa. En la del mexicano, Gabriel se incorporará a la descomposición social producto de un país corrupto.

A diferencia de Lucien, Gabriel no coquetea con la ambigüedad sexual. Transgrede con base en un elemento igual de poderoso: el lenguaje. Debraya con que tiene un encendedor por cabeza (anticipación del eraserhead lyncheano) y líquido en lugar de masa encefálica. Permanentemente escucha un clic que lo desquicia. Un clic constante que se convierte en clit. El órgano que le permite acceder a un lenguaje nuevo, dotarlo de una vitalidad inédita. Un tejido semántico que no depende exclusivamente de lo bibliográfico, sino que abreva del rock, las subculturas, la oralidad callejera desenfrenada y sobre todo la alteración de la realidad. La realidad alterada en la literatura mexicana comienza con José Agustín.

La tumba antecede a Less than Zero (1985), también una ópera prima, de Bret Easton Ellis. Sin el glamur que supone una narración ubicada en Hollywood. Ambas obras experimentan un existencialismo americano sin concesiones. Tanto Gabriel como Clay parecen implorar por un subidón que los rescate de la parsimonia de su época: I need a fix cause I’m going down. Por eso tienen que medir sus emociones a base de velocidad y de acostones. Clay también reencarnaría, con el mismo nombre, quince años después en Imperial Bedrooms. Y, oh casualidad, es guionista. Nigro, el antihéroe de Dos horas de sol,se dedica a realizar reportajes para una revista. La tumba posee un final abierto. Aparece un revólver. Toda caída lleva implícita que la felicidad es una pistola caliente. El clic interminable del arma no es otra cosa que el reponerse a la sepultura.

Descubrí a José Agustín a los dieciséis, la edad en la que conformó La tumba, en 1994. El país atravesaba por una de sus épocas más convulsas. El levantamiento en armas por parte del EZLN, el asesinato del candidato priista a la presidencia Luis Donaldo Colosio, la devaluación y el suicidio de Kurt Cobain marcaron mi adolescencia. Mi primer acercamiento sucedió a través de Dos horas de sol. El libreto perfecto para el soundtrack al que era adicto aquellos días: Nevermind de Nirvana. Dos horas de sol es una de las obras menos populares de José Agustín. Sin embargo, es una de mis novelas favoritas. Le guardo un cariño especial porque me introdujo al universo joseagustinesco. Semanas después conseguí La tumba.

No puedo rememorar mi contacto con la primera novela de José Agustín sin evocar un pasaje de la película Almost Famous de Cameron Crowe. Es una secuencia hermosa. Anita, hermana de William Miller, se enrola como aeromoza para escapar del yugo de su controladora madre. Antes de partir le hereda a su bróder una pequeña colección de viniles. Mientras el prepuberto los admira, encuentra una nota en el interior de un disco de The Who. “Escucha Tommy con una vela encendida y atisbarás todo tu futuro”. La misma sensación me invadió a mí cuando leí La tumba. Vislumbré en lo que se convertiría mi vida en aquellas páginas. No consigo recordar quién me lo proveyó. Pero recuerdo que me aproximé ceremonioso al libro, con una reverencia que tenía reservada exclusivamente para la música.

La tumba cumple cincuenta años de vida. Algunos de nosotros, treinta de convertirnos en sus lectores. Otros están ahí desde el inicio. En estas tres décadas que he acompañado la producción joseagustiniana he observado que su principal preocupación ha sido configurar un lenguaje en estado de gracia. Lo podemos atestiguar en los títulos subsecuentes: De perfil, Inventando que sueño, Se está haciendo tarde (final en laguna), El rey se acerca a su templo, Cerca del fuego, por mencionar algunos. Existe un equívoco en torno a la obra de José Agustín. Se asume por default que le concierne el debate entre alta cultura y cultura popular. Sus intereses se centran más allá de esta estrecha concepción crítica. Es la lengua como divinidad la que ha sido una de sus obsesiones primordiales. Y en esta ambición La tumba fue el disparo de salida. Un inmejorable arranque. Como mencioné, modulado por el Phil Spector de las letras, Juan José Arreola. Uno de los halagos más elevados a los que un escritor mexicano podía aspirar. No olvidemos que fue el mismo Arreola quien balanceó Pedro Páramo.

Conforme uno se consagra como lector va cosechando autores e influencias. Lo mismo sucede con los consumidores de rock. A algunas obras regresamos por nostalgia, otras las olvidamos. O quedan sepultadas bajo la ingratitud del tiempo. Sin embargo, existen aquellas que resisten el paso del tiempo. Que nunca envejecen. La tumba pertenece a esta denominación. No importa cuanta cultura musical atesoremos durante nuestra existencia, nunca dejaremos de escuchar a los Beatles. Lo mismo sucede con José Agustín, su obra siempre ocupará un lugar insobornable en nuestro corazón.


Tres Marías, Morelos, julio de 2014