[Cuento] Cualquiera mata con un cuchillo

"Yacía de espaldas sobre el suelo en un charco de sangre; junto a ella, manchado de rojo, había un cuchillo de cacería".
ventana, persiana, habitacion, oscuridad,

Ciudad de México

Cuando Samuel Spade tocó la puerta, ésta se abrió lo suficiente para que pudiera ver la cara muerta y mutilada de una mujer. Yacía de espaldas sobre el suelo en un charco de sangre; junto a ella, manchado de rojo, había un cuchillo de cacería cuya navaja medía seis pulgadas. La mujer era alta y delgada, de cabello oscuro, vestido verde. Su rostro y cuerpo habían sido violentados de tal modo que esto era todo lo que se podía decir sobre ella.

Spade resopló bruscamente una vez y su rostro se endureció aunque sus ojos verde–amarillos siguieron alerta. Con la mano extendida, empujó un poco más la puerta. Los dedos de su mano derecha, separados un poco de su costado, estaban curvados como si sujetaran una pelota. Miró rápidamente a derecha e izquierda, arriba y abajo del vestíbulo en el que se encontraba, y luego lo que se podía ver del cuarto.

Era una recámara amplia. Con las puertas abiertas, formaba con el cuarto contiguo una gran habitación. Gris y negro eran los colores predominantes y el mobiliario, de diseño moderno, era obviamente nuevo.

Spade entró rodeando a la mujer muerta, evitando pisar la sangre en el piso; en el otro cuarto vio un teléfono gris claro. Llamó al Departamento de Policía de San Francisco y preguntó por el teniente Dundy de Homicidios. Dijo: “Hola, Dundy, Sam Spade… Estoy en el 1950 de Green Street. Hay una mujer que ha sido asesinada”. Aguardó. “No es broma. Alguien la dejó hecha picadillo. Correcto”. Colgó el auricular y lio un cigarro.

 

***

El teniente Dundy volvió su corta y fornida espalda al cadáver y se dirigió a Spade:

—¿Entonces?

Dos de los hombres —uno era pequeño, el otro muy grande— que habían venido con Dundy inclinaban sus cuerpos sobre la mujer muerta. Un policía uniformado vigilaba cerca de una de las ventanas frontales.

Spade dijo:

—A ver, el cónsul argentino me contrató para encontrar a una tal Teresa Moncada, de parte de su familia o algo así —señaló con la cabeza a la mujer muerta—. Parece que ya la encontré.

—¿Es ella?

Spade movió un poco sus hombros anchos y caídos.

—Lo que puedes ver de ella concuerda con la foto y descripción que me dieron. Hay un tipo en el consulado que la conoce. Lo llamé para que viniera. Tendría que… —dejó de hablar cuando los dos hombres que habían estado examinando al cadáver se incorporaron.

El hombre pequeño —tenía una cara magra, oscura y perspicaz— se limpió las manos cuidadosamente con un pañuelo bordado de color azul y dijo:

—Yo diría que lleva una hora muerta. Fue con ese cuchillo, claro.

Dundy asintió.

—¿Tú la encontraste? —le preguntó a Spade.

—Sí. La puerta de la calle estaba abierta. Como nadie respondía al timbre, entré y empujé esa otra, y ahí estaba. No había nadie más. Parece que no hay nadie en esta casa. Toqué ambas campanas de servicio, pero sin suerte. Otra cosa: no hay ropa aquí, solo su sombrero y su abrigo en la silla; en su bolso hay veinte dólares, un bilé, polvo para maquillar y ese tipo de cosas. Es lo que tenemos.

Los labios de Dundy se comprimieron bajo su raso bigote entrecano. Estaba por hablar cuando un hombre de cara grisácea con sombrero negro de ala ancha asomó su cabeza por la puerta y dijo:

—Hay un sujeto que dice llamarse Sánchez Cornejo, quiere ver a Spade.

—Es el tipo del consulado —le dijo Spade a Dundy.

—Hazlo pasar.

El hombre de la puerta se hizo a un lado y dijo “Pase” a alguien detrás de él.

Por el umbral entró un joven muy alto y muy delgado. Su brillante cabello negro, peinado de raya en medio, estaba bien alisado sobre su cabeza algo delgada. Su cara era larga y sombría, sus ojos grandes y negros. Vestía ropas oscuras y llevaba un bombín negro y un bastón oscuro en sus manos.

Dejó caer el bastón cuando vio a la mujer en el suelo. Sus ojos se abrieron revelando la blancura alrededor de sus iris, y el rubor de su rostro se desvaneció dando lugar a un amarillo sucio. “¡Virgen santísima!”[1] Se hincó sobre una rodilla al lado de la mujer. Luego balbuceó algo para sí mismo y se levantó. El color comenzó a volver a su rostro. Se inclinó un poco para recoger el bastón.

Dundy, frunciendo suspicazmente el ceño hacia él, preguntó

—¿Usted es Sánchez Cornejo?

Cornejo hizo un gesto de dolor, como si fuera debido a que el teniente enunciara su nombre, y dijo:

—Sí, señor.

—¿Conoce a Teresa Moncada?

Cornejo empezó a temblar. Abrió la boca pero no emitió sonido alguno. Asintió para responder.

—¿Es ella?

Cornejo dejó caer el bastón de nuevo y se sobresaltó cuando éste golpeó el suelo. Sus ojos oscuros estaban llenos de desconcierto.

—Sí… sí, señor. Por supuesto.

—¿Seguro?

El joven había recuperado de pronto la compostura.

—Sí, señor, estoy seguro —dijo con convicción.

—Muy bien. Venga conmigo.

Dundy encabezó el camino hacia la otra habitación. Con su mano rolliza señaló una silla de metal y el joven se sentó.

—A ver, dígame lo que sabe.

Cornejo contempló al detective.

—No entiendo.

Spade se sentó en la esquina de una mesa cerca de Cornejo.

—Lo que sabe de ella —se explicó—. Soy Sam Spade, detective privado. Su cónsul, el señor Navarrete, me contrató para encontrarla y me dijo que usted la conocía. Así fue como me topé con esto y lo llamé.

El joven asintió varias veces.

—Entiendo. El señor Navarrete tuvo la gentileza de decirme —sonrió a Dundy—. Por favor, discúlpeme por no entender. Le diré todo lo que sé.

—Muy bien —la cara y la voz de Dundy no correspondieron en modo alguno a la sonrisa del joven—. Hágame el favor.

Cornejo se humedeció los labios y miró incómodamente al teniente.

Los modales de Spade eran más amistosos.

—¿Desde cuándo la conoce?

—Tres años. Es decir, la conocí hace tres años en la casa de su tío y tutor, el doctor Félix Haya de la Torre, en Buenos Aires, pero hace año y medio que no la veía —tragó saliva—. Hasta hoy.

—¿Una huérfana?

—Sí, y supuestamente la segunda mujer más rica en nuestro país —frunció el ceño con seriedad—. Por eso su tío tenía mucho miedo, estaba ansioso por encontrarla. Mire, ella no quería a su tío, le molestaba su tutoría tal vez demasiado cuidadosa, y entonces cuando, en su cumpleaños veintiuno el pasado agosto, pudo tomar posesión de su herencia y ser su propia ama, se fue de la casa.

—¿Y vino a América? —preguntó Dundy.

—¿A Estados Unidos? No, no inmediatamente, pero su tío la creía muy joven e inexperta, y muy rica para estar segura si andaba sola, y consideró su deber seguir cuidándola a pesar de sus objeciones —Cornejo se encogió de hombros—. Como le digo, ella resintió eso, y el mes pasado, con una prima lejana, una cierta Camila Cerro, desaparecieron, se supone que para venir aquí, asumiendo nombres falsos.

Spade asintió.

—Este piso fue rentado bajo el nombre de Thelma Magnin.

—¿Ah sí? —dijo Dundy—. Bueno, Cornejo, o como se llame usted, ¿quién la mató?

La voz y los ojos del joven no se alteraron.

—No lo sé.

—¿Quién tendría motivo para hacerlo?

—No lo sé.

—¿Quién se quedaría con la plata?

—¿Cómo dice?

—¿Sus herederos? —recalcó Spade.

—¡Oh! No lo sé. Su tío y sus hijos Federico y Víctor son sus parientes más cercanos, pero seguro ella tendrá un testamento, claro.

Dundy frunció el entrecejo en dirección de Spade.

—¿Qué opinas?

—Nada todavía.

Dundy, pensativo, miró a Cornejo, lo inspeccionó deliberadamente de pies a cabeza, y se volvió de nuevo hacia Spade.

—Supongo que podemos decir que fue un hispano. Ellos prefieren los cuchillos.

El rostro de Cornejo se ruborizó. Dijo con rigidez:

—Cualquiera mata con un cuchillo, me parece. Ese cuchillo no es…

Spade, sonriendo astutamente, interrumpió al joven.

—¿Cómo sabe que la mataron con ese cuchillo?

Cornejo miró con rostro circunspecto a Spade.

Dundy gruñó:

—Muy bien. ¿Cómo es la otra chica, la tal Camila Cerro?

Spade, aún sonriendo, dijo suavemente:

—Apuesto a que se parece más a esa chica tirada en el piso que la propia Teresa Moncada.

Dundy dijo:

—¿Qué?

Cornejo abrió la boca como si estuviera tratando de decir algo, pero no salió ningún sonido. Su rostro estaba pálido de miedo.

Spade dijo:

—Deben parecerse o él no habría tratado de hacer pasar a una por la otra cuando descubrió que nos habíamos equivocado.

El joven ya podía hablar y lo hizo, muy rápidamente, de modo que su acento, apenas notorio antes, se hizo más pronunciado.

—Es verdad. Es verdad que se parecen; quiero decir, que tal vez me equivoqué al identificarla. Puede que sea Camila Cerro y no la señorita Moncada quien fue asesinada. No las había visto desde hace año y medio y…

Spade dijo “Tshh, tshh, tshh” de manera reprobadora y preguntó:

—¿Cómo supone que encontré este lugar?

—No lo sé.

—Siguiéndolo a usted.

El joven bajó su cabeza y miró el suelo de forma miserable.

El sargento detective Polhaus —un hombre fornido, rubicundo y mal afeitado— apareció en el vano de la puerta.

—Listo con el cuerpo. ¿Todavía lo necesitan?

La atención de Dundy no se despegó de Cornejo. Solo una esquina de su boca se movió perceptiblemente.

—No.

Polhaus desapareció de la puerta y su voz animada llegó desde la otra habitación.

—Muy bien, muchachos, a empacar.



[1]En español en el original.

*Traducción del inglés de José Abdón Flores