Comprimir para expandir la narración

Algunos escritores encuentran en Twitter una plataforma para la creación: contar una historia, dejar flotando el germen de la ficción, para que la operación de sustracción se complete en el usuario.
Twitter.
(Archivo)

Ciudad de México

Tal vez la mayor lección de Charles Dickens y Gustav Flaubert o, más hacia acá, William Faulkner y Truman Capote, ha sido que la realidad se proyecte frente a nosotros en forma de relato: empujándonos hacia las orfandades de las que huimos, describiendo las múltiples capas que nuestra existencia puede asumir.

Algo de ello rebota detrás de la pulsión de algunos escritores o artistas que encuentran en Twitter una plataforma para la creación: contar una historia, dejar flotando el germen de la ficción, para que la operación de sustracción se complete en el usuario. Como los mexicanos Armando González Torres, Margo Glantz o Alberto Chimal; la argentina Claudia Piñeiro o las españolas Laura Freixas y Rosa Montero. Sus cuentas de Twitter son más que un espejo dónde mirarse. Si bien la emplean asimismo para la autopromoción de su actividad, es ante todo un canal con sus lectores.

El ensayista González Torres tiene una prolífica actividad en Twitter. “Me motiva la exigencia de síntesis, pues encontré un ejercicio cotidiano para la elaboración de aforismos”, dice. Si bien reconoce el peligro de su ambivalencia  (“se presta para la frivolidad o linchamientos”), está convencido que con sus 140 caracteres Twitter propició el “renacimiento de la literatura fermentaria”, como las microficciones. “Si alcanzas a vislumbrar un poco de pureza en el mundo, revuélcate en ella”, invita.

Glantz  usa su cuenta de Twitter a diario, al punto de que sus tuits se convirtieron en una extensión de su escritura; el colibrí que visitaba su jardín se volvió un personaje de su literatura (“¿Mi colibrí sabrá tuitear?”). La necesidad de contacto se sospecha adictiva, por el tipeo apurado: “me sigue gustando el ruidito que hace el tuit cuando hay una nueva comunicación”.

Chimal se presenta en su perfil como escritor que “tuitea historias y hallazgos”. En su cuenta abundan recomendaciones o links con cortos o comentarios de películas. A veces es tan solo la necesidad de contacto: “Buenos días, como dice el guardia ante la puerta de la Ley (pero ni así te va a dejar pasar). #kafka”.

Para Piñeiro, Twitter resultó un espacio para el activismo, pues “se pueden decir cosas que el establishment no viene a preguntarte”. La ventaja: “su repercusión es instantánea”. La ha aprovechado para adherir a movilizaciones ( #niunamenos, por la que miles salieron a las calles contra la creciente ola de feminicidios en Argentina) o para cuestionar la coherencia de la pauta publicitaria con el contenido de la programación que patrocina.

En el caso de Freixas, en Twitter extiende su causa en favor de la igualdad de género, con links de la prensa internacional relativos a agresiones sexistas o al lugar de las mujeres en el mundo del trabajo (“una mujer por cada nueve hombres en la élite de la ciencia europea”) o la paridad entre columnistas mujeres y hombres en la edición de un periódico.

Para Montero, “las redes sociales tienen poco que ver con la escritura. Tienen mucho más que ver con mi ser social”, explica. En su cuenta, su activismo a favor de los derechos de los animales se lleva el protagonismo. “Apenas si cuelgo un 20% de cosas relacionadas con mi obra. Lo demás son entradas de causas sociales, de firmas de protesta, de movilizaciones”. Y admite que, más de una vez, el comentario de algún seguidor le sirvió de inspiración para algún artículo.

Al igual que la literatura —un trazo corregido de la realidad—, pareciera que Twitter facilita una desviación de lo aparente para empujarnos hacia otra versión de la realidad. En ambos —literatura y Twitter—, la realidad mejorada, desviada o amplificada funciona como germen.

El 11 de febrero de 2013, la periodista vaticanista Giovanna Chirri escuchaba un discurso del entonces papa Benedicto XVI. Parecía un mensaje cotidiano entre la liturgia de ese día. Ocurría en latín, lenguaje oficial de la Iglesia Católica, para algunos una lengua muerta. Joseph Ratzinger anunciaba que estaba cansado y que renunciaba. Chirri escuchó esas palabras en la lengua de los príncipes, la de los Elegidos.

Sin esperar confirmación del Vaticano, a las 11.46 lo anunció al mundo por Twitter, volviendo asequible un saber destinado a unos pocos. Y a la vez que enseñaba que una lengua jamás muere del todo recordó, sin darse cuenta, que detrás de la economía de una frase anida un gran relato.