Lector arqueólogo

Toscanadas.
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Textos serían los principales hallazgos y textos son las más sentidas pérdidas.

Ciudad de México

Si se le preguntara a los arqueólogos cuál es la más importante pieza aún por descubrir, dos respuestas tendrían mayoría: el arca del pacto, con sus tablas de la ley debidamente escritas por el dedo de Dios; y el más antiguo de los manuscritos evangélicos, que tal vez sería el original de ese texto hipotético que se conoce como Q.

En la búsqueda de estas dos joyas del pasado, habría un par de curiosidades. La primera es que si se hallara el arca de la alianza, habría mucha gente contenta; en especial los judíos ortodoxos; en cambio, si se hallara el tal evangelio primigenio habría mucha gente nerviosa, en especial las autoridades eclesiásticas.

La segunda curiosidad es que la búsqueda del arca está destinada al fracaso, pues ningún dios ha escrito tablas con sus dedos; en cambio, sí hay certeza de que existieron manuscritos más antiguos que los que forman el canon bíblico, de modo que los arqueólogos no se enfrentan a una imposibilidad sino a la improbabilidad de que los textos se hayan conservado.

Sea como sea, ambos son ejemplos de escritura. Textos serían los principales hallazgos y textos son las más sentidas pérdidas. Solo los analfabetas prefieren un santo grial a una de las obras perdidas de Sófocles, Esquilo, Aristófanes o Eurípides. Qué maravilla sería encontrar una cueva como la de Nag Hammadi con textos de Aristóteles, Cicerón, Heráclito, Pitágoras y tantos otros.

Fernando Báez escribió un libro tristemente inquietante: Historia universal de la destrucción de los libros. En él nos damos cuenta de lo mucho que hemos perdido por efecto de los accidentes, la naturaleza, la mala voluntad y la estupidez. Entre las estupideces se pueden apuntar religiosos que quemaron manuscritos únicos para poder calentarse las manitas o alguna mujer que carbonizó un antiquísimo evangelio para cocinar un potaje. Al mismo tiempo el libro de Báez es un homenaje al libro, pues si tantos poderes se han empeñado en destruir ciertos títulos, algo muy liberador debe estar contenido en ellos.

En el siglo XIX, William Blades publicó un volumen titulado Los enemigos de los libros y detalla muchos de ellos: fuego, humedad, gusanos, polvo, ratas, entre otros.

Ahora diré lo obvio: el peor enemigo de un libro es ignorarlo, no leerlo. Qué alegría subjetiva para el mundo hallar una obra perdida de Sófocles; pero al que no ha leído ni una de sus siete tragedias supervivientes, ¿por qué habría de emocionarle que le sumaran una a su ignorancia?

Hay que aceptar que muchos tesoros literarios se perdieron para siempre. Sin embargo corre el rumor de que incontables otros están por ahí, en el estante de una librería o en el pasillo de una biblioteca. Podemos ir a una de ellas y, con la paciencia de un arqueólogo, escarbar entre montañas de escombro bestsellero. Seguramente hallaremos un Kafka, un Rulfo, un García Márquez, un Tolstói, un Dostoievski, un Flaubert, un Onetti, un Chéjov, un Stendhal, un Andreiev, un Cervantes, un Lope, un Dumas, un Balzac o un Melville que creíamos perdido para siempre, pero que resultó mejor hallazgo que diez mandamientos con caligrafía divina o que un papiro con las andanzas de un buen galileo que creyó que el día del juicio estaba a la vuelta de la esquina.