Condenados a la hipocresía

Toscanadas.
carta encíclica, papa, Papa Francisco

Ciudad de México

Las encíclicas papales suelen ser aburridas. Igual que los ensayos académicos, no van al grano, sino que traen a cuenta mil citas que respalden las ideas que se exponen. La reciente Laudato Si, en la que el papa Francisco se ocupa del respeto al medio ambiente, es especialmente tediosa. Se ve que los padres de la iglesia ya no estudian retórica.

En sus primeras páginas dice el papa que asumirá “los mejores frutos de la investigación científica”, pero el texto termina por no recurrir a la ciencia y apenas alcanza el nivel de un texto escolar. Cualquier cita bíblica donde se hable del Sol, la Tierra o algún animalito se transforma en prueba irrefutable de que Dios nos solicita actuar por el bien de nuestro planeta.

Por ejemplo, el pontífice asegura que Jesús invita a reconocer la relación paterna que Dios tiene con todas las criaturas, cuando dijo: “¿No se venden cinco pajarillos por dos monedas? Pues bien, ninguno de ellos está olvidado ante Dios”. Pero no aclara que esos cinco pajarillos estaban destinados a que se les torciera el cuello en el templo. Jehová amaba que rociaran su altar con sangre de inocentes animales. Tan solo para inaugurar su templo, Salomón mandó sacrificar veintidós mil bueyes y ciento veinte mil ovejas.

El cataclismo del diluvio, que resultó más destructivo que cualquier calentamiento global, por supuesto no fue capricho de Jehová sino castigo bien ganado por los hombres.

Así las cosas, la encíclica llega a su clímax científico con descubrimientos como: “Porque todas las criaturas están conectadas, cada una debe ser valorada con afecto y admiración, y todos los seres nos necesitamos unos a otros”.

Hace una larga lista de problemas, entre los que evita mencionar la sobrepoblación, tan auspiciada por la iglesia; e incluso miente al apuntar que “el crecimiento demográfico es plenamente compatible con un desarrollo integral y solidario”.

Sobre todo critica el consumismo y la utilización de combustibles fósiles, sin que se perciba en el Vaticano la intención de predicar con el ejemplo. ¿Ahora el papa usará una modesta túnica de algodón? ¿Qué hay de los zapatitos rojos de su predecesor? ¿Dejarán de traerle churrascos desde la Argentina? ¿Va a pasar frío en invierno y calor en verano? ¿Van a instalar celdas solares sobre la basílica de San Pedro? ¿Seguirá coleccionando todos los regalitos que le traen la multitud de visitantes? ¿Dejarán de promover los viajes a Roma y Tierra Santa porque se consume petróleo? ¿Andará a pie o seguirá usando su papamóvil de ocho cilindros?

Poner el ejemplo no es cosa de la Santa Sede. El Vaticano consume más energéticos y genera más basura per cápita que el promedio de los mortales. Por eso la encíclica papal es el gordo aplastado que dice “sería bueno hacer ejercicio”. Es un intento por darle a la Biblia un carácter verde que no tiene. Sus autores estaban interesados en el calentamiento de las gónadas, no en el global.

Desde que Pedro murió crucificado patas arriba, todos sus sucesores han estado condenados a la hipocresía; aunque algunos sean más simpáticos que otros. Por eso la mayor mordedura de lengua en Laudato Si se da cuando Francisco dice: “Habrá que interpelar a los creyentes a ser coherentes con su propia fe y a no contradecirla con sus acciones”.

A partir de ahora el papa no solo contradice una fe, también una encíclica.