Mi historia del futbol

Ambos mundos.
Ubaldo Matildo Fillol.
Ubaldo Matildo Fillol.

Ciudad de México

Viendo los vaivenes de la FIFA y el modo en que ahora Blatter renuncia después de una costosísima campaña, y al comprobar que la segunda Guerra Fría entre Washington y Moscú pasa ahora también por el futbol, pero no en la cancha, como sería deseable, sino en las lujosas oficinas de la sede en Zurich, me viene a la mente mi experiencia juvenil. Mi propia historia del futbol.

De joven, en el equipo de mi curso de bachillerato, fui sobre todo portero. No un gran portero, no vayan a creer. Simplemente alguien que por ser alto y, en esa época, de gran agilidad, podía saltar de una esquina a otra de la cancha. Era la época del gran Pedro Zape en la selección de Colombia, famoso por parar muchos penaltis. Algo de poeta romántico me sugería la figura del portero, pues es el solitario del equipo. Está y no está con los demás: se viste distinto, está sujeto a otras reglas. Mucho después supe que mi admirado Albert Camus, de joven, había sido portero del Olympique de Marsella. Y como a todos los porteros, le gustaba mucho meter goles. En una entrevista dijo: “Lo mejor que he hecho en la vida fue un gol de tiro libre”.

Otro célebre artista que empezó en el futbol, aunque de un corte más popular, fue el autor del famoso aforismo “A veces sí, a veces no”. Me refiero a Julio Iglesias, quien también fue portero en el equipo juvenil del Real Madrid, nada menos que en la época de Puskas y Di Stefano. Y el español Andoni Zubizarreta, una leyenda que se convirtió en especialista en literatura y a quien escuché disertar una vez, en un seminario en la Universidad de Sevilla, sobre la obra del novelista alemán Heinrich Boll.

El primer mundial del que tengo memoria fue el de 1974. Vivíamos con mis padres en Roma y lo vimos en un televisor Telefunken portátil. Nombres como Rivelino, Beckenbauer, Sócrates, Lato, Cruyff y Rensenbrinck todavía me estremecen, pero los porteros fueron siempre mis favoritos: Dino Zoff, Maier y un nombre inolvidable: Ubaldo Matildo Fillol.

A Óscar Córdoba lo conocí en Italia, cuando jugó en el Perugia, e incluso una vez le cobré un penalti. Antes de patear le pedí un consejo y me dijo: “Sacate las manos de los bolsillos, ¿o es que vos escribís con las manos en los bolsillos?”. Luego, charlando, me dijo algunas frases que me intrigaron. “El portero percibe la velocidad del balón de un modo distinto al atacante”. Esto lo relaciono siempre con ese libro de Peter Handke: El miedo del portero ante el penal.

Por ese cariño que le tengo al futbol es que hoy, al ver que la FIFA se comporta como cualquier Congreso o Senado de república bananera, siento la necesidad de regresar a esos helados campos de futbol de mi colegio en Bogotá, allá por los años setenta, llenos de charcos y de escarcha, para no olvidar que al fin y al cabo es algo que sigue valiendo la pena y que son, como siempre, sus mandamases los que han logrado con sumo cuidado ponerlo en esa cloaca donde está hoy.