Desde mi casa del árbol con un mezcal en la mano

Vibraciones.
El músico Joaquín García.
El músico Joaquín García.

Ciudad de México

I

En el camerino, Joaquín García brinca. Lo asustó un sonido violento que salió de la guitarra. Estalló una de las cuerdas, la más aguda. Joaquín hurga en su funda, saca otra, se sienta en el piso y comienza a cambiarla. No tiene mucho tiempo; en cinco minutos comienza el concierto.

Su música nace de la confusión y del miedo, de un corazón que lucha todo el tiempo (un tiempo de ritmo frenético) por salir triunfante de la angustia y tanto misterio, por sobreponerse a su condición inconclusa (marca de identidad de su generación: los nacidos después de 1985) y ascender hacia la claridad donde (¿será verdad?) lo esperan el amor y la calma.

 

II

La zona norte de la colonia Roma es sucia y por momentos apesta, sobre todo ahora: un viernes por la noche (mayo 22) de caliente y lluviosa primavera. Los vapores de alcantarilla se mezclan con los de comida callejera; en los agujeros de la banqueta el lodo cubre latas y servilletas. Entre la hedionda fealdad hay, sin embargo, algo profundamente atractivo: abundancia de mezcalerías.

Atraen con luces amarillas y blancas que rodean árboles para trazar entradas. Atraen por sus pisos de madera, candelabros y sillones negros. Atraen porque su distribución (calles de Mérida, Querétaro, Guanajuato, Puebla…) une metafóricamente a la República por medio de un alcohol que sabe a humo y nace de la tierra.

Atraen también porque reúnen a los jóvenes defeños hipsters menores de treinta. Ya no viven con sus mamás pero tampoco con sus parejas sino con “rumaits”, y este tipo de palabras tomadas del inglés forman parte de su habla cotidiana. Por ejemplo, reunirse en una mezcalería para beber y hablar se dice “jangear”.

 

III

En una de sus canciones (“Particles”), Joaquín García ofrece una guía para acceder al infinito: todas mis respuestas están en mi universo local (“All my answers inside/ My local universe”). Y eso, la intimidad como mapa definitivo para encontrar rumbo y sentido, es su declaración de principios.

The Local Universe (2014) se llama tanto su banda como su primer álbum de estudio (editado por Pedro y el lobo, única disquera de la ciudad que produce folk en inglés creado por mexicanos). Siete piezas largas llenas de símbolos en torno a la misma pregunta: ¿ser joven en el siglo XXI es una experiencia única, jamás sentida en la historia del mundo, o la misma repetición idéntica y aburrida de hacerse viejo que ha condenado a todos los humanos desde el inicio de los tiempos?

 

IV

El Indie Rocks! es el foro de moda entre los hipsters de la Roma. Ocupa la sala y el comedor de una antigua casona en la calle Zacatecas. Caben más o menos 500 personas. Hoy está lleno. El escenario, al fondo, está construido sobre una tarima de madera donde alguna vez hubo un altar. Las paredes son vitrales que reproducen vírgenes y santos. El mezcal lo venden a 65 pesos: no está mal. En la barra, dos jóvenes mujeres jangean. “¡Joaquín es el José González mexicano!” “Tampoco te la mames”.

 

V

Joaquín sale al escenario con su guitarra bajo el brazo. No saluda. Se para frente al micrófono y canta. El público lo escucha en silencio. Su música no se baila. Debe escucharse con seriedad y de pie; inmóvil, con un mezcal en la mano. Casi nadie tiene más de 30 y casi todos conocen las letras. Las murmuran sin llegar a cantarlas.

Joaquín, de cierta manera, los representa: jóvenes hipsters retratados en su música (en inglés) sobre búsquedas místicas que se ven interrumpidas una y otra vez por las tragedias de una generación cuya alma carece de fuerza y se agota a sí misma ante la primera adversidad sin siquiera oponer resistencia.

Las canciones centran su narración en el inconsciente colectivo; exploran conceptos (“nacemos bajo una forma que no controlamos”) e insinúan panoramas (“una línea que no divida, que permita habitarla de ambos lados”); a veces, incluso, se niegan a individualizar a los personajes (ese hombre confundido, que no encuentra señales ni salidas, puede ser cualquier cocainómano amante del yoga).

Es música que nace de palabras, donde las imágenes resultan más importantes que cualquier estructura o melodía. La voz, por lo tanto, tiene una función pictórica. La de Joaquín tiene algo del azul cenizo de Neil Young y el rojo encendido de Robert Smith. Es una voz morada con gris que ahora, para cerrar, pinta la historia (“It’s Been Said”) de un hombre que siembra un rompecabezas en la cama de una mujer muy bella; luego sube hasta su pequeña casa del árbol y desde la limpia ventana observa cómo sus amigos están solos, tristes y encerrados. También, protegido en las alturas, ve a la mujer (desnuda en su jardín) y descubre que todas las cosas que solían gustarle de ella (por hermosas y puras) son falsas y ya no le interesan.