Los días del demonio

Vibraciones.
El músico británico Damon Albarn.
El músico británico Damon Albarn.

Ciudad de México

El tren

Te voy a contar sobre mi nueva música. La compuse cuando atravesé árboles caídos en desiertos de arena oscura durante tres días (noviembre) en un tren que cruzaba el centro de China. Faltaba la luz en un cielo gris–marrón y vacío a punto de desmoronarse. Y abajo únicamente ausencias: de colores, de movimiento, de certezas.

En el vagón iba solo. Llevaba conmigo una botellita de vino rojo. Los sonidos me hipnotizaron. Electricidad y acero cortando el viento con su imparable ritmo de máquina. Un viento helado que se revolcaba con la arena negra en misteriosas guerras secretas. El tren se detuvo. Se abrió la puerta del vagón. Entraron un viejo y una muchacha. Él en una silla de ruedas motorizada; ella estaba pegada a un teléfono. Su voz aguda resonaba. Hablaba inglés con acento ruso. Se quejó de todo: familia, novio, trabajo, suerte, dinero y clima: "I Hate these Demon Days" (¡odio estos días del demonio!).

Pronunció raro "demon" (demonio) y sonó como mi nombre: Damon. Sus palabras se clavaron en mi alma. Mis nervios estaban en desorden. Ni un cambio en el panorama: árboles caídos sobre arena negra. La silla de ruedas tenía luces, teclado y pantalla en el manubrio. La rusa apretaba botones que sonaban a tañidos de campanitas mecánicas. Apareció de pronto una montaña y un pueblo pequeño a sus faldas. Casas de madera, calles de tierra. Ni un rastro humano. ¿Y si nosotros tres, en este tren, fuéramos las últimas almas sobre la tierra?

Grabé los ruidos del vagón: voz aguda de muchacha rusa, respiración agitada de viejo, vino rojo que baja por mi garganta, viento contra el vidrio de un tren en movimiento, motor de silla de ruedas ultramoderna, sonsonete de teléfono recibiendo mensajes, chillido del manubrio al dar la vuelta.

Metí todos esos sonidos en mi computadora. Los convertí en materia. Cambié su morfología. Achiqué y extendí. Aceleré y deformé. Metalicé y combiné (la palabra "demon" persiguiéndose a sí misma a manera de canon). Les di aspecto trágico. Esculpí en color negro una masa electroacústica que se convirtió inmediatamente en una metáfora de mi realidad: solitud y angustia en una China desolada. Canté en voz baja sobre estos sonidos: "¿somos las últimas almas sobre la tierra?". Canté la pregunta con voz monótona (en mi registro medio, sin adornos) varias veces, cada una con una ligerísima variación en las dos últimas palabras.

Los robots

Cuando descendí del tren, tenía este raro y extenso relato sobre el cielo detenido y las últimas tres almas vivas que cruzan en tren la noche apocalíptica, sobre el fin de los humanos y el inicio de una nueva era en el mundo: el reino de los robots, que ya no necesitan del sol.

Llevo meses trabajando en musicalizar todo. Está casi listo. Es un proyecto que combina rock, rap, animación y electroacústica, todo bajo una estética apegada a las estructuras acumulativas del minimalismo.

Literariamente, desecha la idea de violencia: los robots no aniquilan a los humanos. Es una transición pacífica. Y la música sucede en el tramo final del proceso, cuando el último compositor humano (yo) incorpora a los robots (tren, computadora, teléfono, silla de ruedas motorizada) en su creación y descubre que los robots están componiendo al mismo tiempo su propia música. Y es música llena de nostalgia humana.

Son robots que extrañan a los dueños que alguna vez tuvieron. La silla de ruedas llora el movimiento que le imponía el viejo. El teléfono se aferra al hip–hop que a la rusa le encanta bailar. Y mi computadora sumerge sus búsquedas sonoras en las cartas apasionadas que nunca me atreví a mandar. Música que habla de un pasado que se extingue para irse por siempre. Cosas que algún día desaparecerán sin dejar rastro. Personas que nunca tendrán el tiempo suficiente para terminar su historia. Resulta que mi divertida ficción robótica suena profundamente triste.


Damon Albarn