Nuestros embajadores de las letras

Los paisajes invisibles.

Ciudad de México

Un funcionario del INBA twittea fotos como gran paseante desde Londres: callejuelas, el Tate Modern, distritos varios. Aprovecha la visita con motivo de la Feria en que México fue invitado para mostrarle a sus seguidores que aparte de chambear arduamente como burócrata y escritor seleccionado al mismo tiempo, también aprovechó para hacer turismo cultural. De allá mismo llegan boletines confeccionados por la propia Agencia de Viajes Conaculta que la prensa hizo pasar como notas informativas, en las que se destaca a una joven escritora como la figura estelar de la celebración libresca y se ensalzan los honores que recibieron nuestros adalides (“autores extraordinarios”, los llamó Rafael Tovar y de Teresa), vaya generación más prodigiosa, en algunos casos los genios viajan en pareja, son matrimonios bienhadados con la aureola de la creación institucional.

En Argentina, el éxito de los connacionales arrasó con los lectores bonaerenses, aunque las omisiones fueran escandalosas porque los cronistas verdaderos de la Ciudad de México terminaron relegados por el criterio de quienes elaboraron la lista VIP, ya que hoy, más que nunca, se tachan, ningunean o de plano desconocen a los autores que no forman parte de la camarilla sexenal. Al fin y al cabo, si la crónica del Distrito Federal fue el pretexto de la Secretaría de Cultura del gobierno de Mancera para repartir boletos al Cono Sur, cronistas pueden serlo todos o cualquiera, la instantánea urbana a reseñar era lo de menos pues algunos de los elegidos poco o nada han escrito de la ciudad y ni siquiera viven ya en la metrópoli más grande del planeta.

México se pavoneó en Inglaterra y Argentina con las figuras más representativas de sus letras, ni duda cabe, sembró inquietud y expectativas por las magníficas prosas y la desbordada imaginación que ilumina las obras maestras que promovió el Estado, libros con hartos premios, críticas laudatorias por doquier y cientos de  lectores, entre los que se cuentan los comisionados transitorios que dictaminan para el Fonca y cuya imparcialidad, consideración, profesionalismo y objetividad, han condecorado a sus autores con senda beca por tres años. Pero claro, amor con amor se paga, y los comisionados transitorios también recibirán su beca cuando les toque el turno de figurar como aspirantes.

La literatura nacional se encuentra en su mejor momento. Sus embajadores se emplean con ahínco en la búsqueda formal y la renovación estética, asociados convenientemente en grupos de poder como dicta la vieja tradición. Son talentos puros, refinados e higiénicamente acríticos con el régimen que les reconoce y propulsa su carrera meteórica, gracias a ellos en el exterior se conoce el otro México del que nadie habla, ese que no es Ayotzinapa ni Tlatlaya ni Apatzingán, en el que no hay escándalos de casas blancas ni sospechas de censura sobre el periodismo incómodo, el país que algunos inconformes, por ejemplo Jorge Ramos, Alejandro G. Iñárritu o Guillermo del Toro, se empeñan en exhibir más allá de la frontera.

En su discurso del Premio Cervantes, Juan Goytisolo dijo que “las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo” e insistió en que nadie puede resignarse a “la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes” pero por fortuna eso sucede en España y en esta tierra, decíamos, solo vemos crímenes de lesa humanidad y una que otra corruptela. Venturosamente, los artistas se mantienen al margen de las truculencias de la vida diaria, para ellos —gracias a las instituciones y a nuestros impuestos, faltaba más— no hay paro ni precariedad, la beca es beca y el viaje es viaje y beca o sueldo y viaje aún mejor; para ellos solo importan sus fábulas asépticas, saludablemente libres de la polución sistémica. Qué orgullo nos da que en Londres y en Buenos Aires pusieron en alto, muy en alto el nombre de México.