La viuda de Borges (y su doble)

Archivo hache.
Jorge Luis Borges y María Kodama.
Jorge Luis Borges y María Kodama.

Ciudad de México

Borges procuró ser un autor perfecto. Mediante prosodia y codificación, Borges atrapaba información, vidas e ironía en frases, enunciados y páginas cerradas. Lo borgeano es lo premeditado.

Una vez alcanzada tal perfección, Borges expulsó sus obras juveniles, laterales, barrocas o fallidas. Cuando Borges dispuso sus Obras completas, su selección y versión final confirmaron su voluntad de pasar a la posteridad sin giro o texto sobrante. Borges era un perfeccionista del estilo.

Pero Borges murió. Kodama, su viuda ignorante del principio borgeano–poundeano de la escritura como condensación y diestra del principio de reproducción de cualquier texto firmado por Borges, “rescató” todas las piezas de la cantidad descartada. Otro Borges fue publicado.

Borges escribía editándose; Kodama re–editó a Borges, re–escribiéndolo. El principio de esta apropiación fue engordarlo.

Pero las leyes borgeanas debían imponerse. Kodama, al ampliar el conciso archivo borgeano, al tiempo que conseguía el éxito, procreó una culpa secreta: haber arruinado a Borges, desmesurándolo. Ella comenzó a atormentarse.

Y el espejo de la culpa, finalmente, la hizo generar un doble.

El doble tomó la forma de un joven escritor argentino, Pablo Katchadjian, que se encargaría de encarnar y ejecutar el principio inventado por Kodama (liberarla).

Katchadjian eligió “El Aleph”, el cuento en que Borges narra la ruina de una máquina puntual para contemplar la realidad entera, apropiada por un escritor mediocre que la explota para escribir un poema engordándolo infinitamente.

Katchadjian secretamente pretendía ser Daneri y vengarse de Borges; Katchadjian, en verdad, era Kodama, buscando exportar su culpa en el doble.

La impresión de El Aleph engordado de Katchadjian buscó unas pocas manos; entre ellas, las de Kodama que, una vez enterada de la entrega de su doppelgänger y siguiendo la prefijada trama borgeana, lo denunció ante la Ley.

Solo después de los laberintos judiciales de la burocracia latino–kafkeana, Kodama alcanzó su deseo perverso: provocar que su doble (el re–editor engordador de Borges) comenzara a soñar con la cárcel.

El público virtual, como debía, defendió a Katchadjian, sin sospechar siquiera que se trataba del doble de Kodama, su realizador.

Esta historia tiene varios posibles (o virtuales) desenlaces. En todos ellos, sin embargo, Kodama y Katchadjian alcanzan su objetivo secreto: destruir a Borges.

Hace algunas décadas, Kodama soñó que era Borges. Al despertar ignoraba si era Kodama que había soñado que era Katchadjian o si era Katchadjian y estaba soñando que era Borges.

Borges ha terminado; es ya imposible. Pero quedaron sus personajes sueltos. En este paulatino motín, cada uno desfilará y tomará su turno para patear el cadáver del dictador–demiurgo.

Al humillarlo, los personajes sueltos se vengan de Borges, cuyo cadáver gesticula una última risa seriada contra el nuevo cosmos patético.