La creación y el fraude

Escolios.
La creación y el fraude.
La creación y el fraude.

Ciudad de México

La permanente impresión de impostura, la sensación de abrir un hoyo para tapar otro, la incapacidad de distinguir entre la verdad y las propias mentiras podrían ser algunos de los síntomas que aquejen al saqueador de ideas y letras ajenas. Gracias a un meritorio seguimiento periodístico, en meses recientes han vuelto a ser noticia los casos de plagiarios reincidentes en la academia y, en una histórica decisión, se expulsó a dos académicos del Sistema Nacional de Investigadores. En una entrevista, el sociólogo Rodrigo Núñez Arancibia, uno de los expulsados, confiesa la manera en que, presionado por las exigencias de ascenso, adoptó el plagio como un medio casi habitual de producción. La charla deja ver a un hombre deprimido y desolado y contrasta, por cierto, con la bravuconería y cinismo de otros plagiarios. Sin duda, la desproporción entre ambiciones y talento, así como la percepción de que no pasa nada, explican la recurrencia del plagio. Por lo demás, el plagio se contagia y no solo está reservado a las celebridades cargadas de compromisos. Me consta que los aspirantes a académicos y los cachorros literarios lo utilizan y el año pasado experimenté una sorpresa, entre irritante y halagadora, cuando, fungiendo como jurado en un concurso de ensayo sobre Octavio Paz, encontré que uno de los concursantes había decidido utilizar (sin citar) algunos párrafos de la conclusión de un libro mío sobre Paz para coronar sus propias reflexiones.

Los extendidos fenómenos de deshonestidad intelectual, desde el plagio serial hasta las pequeñas pillerías y abusos de confianza, afectan la integridad del trabajo intelectual y la eficacia de la educación. Sin alegrarme por el linchamiento, la sanción administrativa que se adoptó con Rodrigo Núñez Arancibia y Juan Pascual Gay me parece adecuada, pues rompe el clima de relativa impunidad en que se viene desenvolviendo esta práctica. Sin embargo, ante la tardanza en la reacción de las autoridades (la primera denuncia contra Pascual Gay se conoció hace mucho más de una década) y la indiferencia de gran parte del medio, se requieren más medidas prácticas. Una reciente carta de una veintena de académicos propone acciones sensatas que van desde incluir en normas y reglamentos una caracterización del plagio hasta la mayor coordinación para uniformar criterios de detección y sanción entre instituciones pasando por la adquisición de software especializado y la revisión de los incentivos en los esquemas de estímulos académicos. En cuanto a las letras, donde hay una parte de la comunidad sorprendentemente reacia a admitir la noción de plagio, conviene insistir en caracterizar claramente este acto fraudulento y promover normas e incentivos que, sin ignorar la naturaleza dialogante, mimética y lúdica de la creación literaria, los fenómenos de intertextualidad o los juegos de apropiación e intervención, limite la proliferación del simple y descarado robo como método creativo.