El arte de no pagar

Escolios.
Pagar deudas.

Ciudad de México

“Mientras más deudas se tienen, más crédito se tiene, mientras menos acreedores se tienen, menos ayuda se puede esperar”. Este sencillo pero contundente axioma pertenece a un sinvergüenza exitoso, que nunca pagó sus deudas, pero dejó como legado un tratado en torno al arte de sablear. Se supone que una de las características de la sociedad moderna y democrática es que, al abolir las jerarquías de nacimiento, la movilidad social se finca en el talento y el trabajo, aunque también en otros rasgos como la capacidad de aparentar y engatusar. Cierto, la lucha por “progresar” admite los más variados recursos. Pocos autores del siglo XIX, como Honoré de Balzac, abordaron de manera tan cruda la lucha por el estatus y crearon tal muchedumbre de cínicos, ambiciosos, trepadores y pillos memorables. Proveniente de una familia de arribistas y él mismo obsesionado por el reconocimiento y el ascenso, Balzac recreó esa obsesión enfermiza por escalar la pirámide social privativa del individuo moderno. Sin embargo, no solo en sus novelas registró este rasgo y en 1828 publicó, en colaboración con su amigo Emile de Saint-Hilaire, un jocoso tratado, El arte de pagar sus deudas sin gastar un céntimo (en diez lecciones) (Madrid, Espuela de Plata, 2011). Este libro es una lograda parodia de una época rapaz y, a la vez, una calca de las peripecias del propio Balzac, siempre perseguido por los deudores y cuya extraordinaria productividad y éxito literarios no lograron contrarrestar su frenética inclinación al consumo y sus negocios ruinosos.

El tratado se atribuye a un hombre aficionado a las mujeres caras, la buena mesa y los juegos de azar, que mantiene su ritmo de vida gracias a su habilidad para obtener préstamos. Según el tratado, un buen deudor debe multiplicar sus deudas e incrementar su capacidad de crédito, creando expectativas positivas o, mejor, negativas sobre su solvencia. Y es que, entre más debe, un deudor se vuelve más valioso para el acreedor y es probable que éste siga prestándole, o consiguiéndole préstamos, con la esperanza de recuperar algún día su dinero. “Entre los acreedores que se pueden tener siempre se encuentran algunas personas sensibles y buenas que terminan por atarse al deudor. Se ha podido observar cómo el acreedor se ha convertido en un amigo íntimo que se exalta sobre problemas y preocupaciones que uno pueda tener y que vierte lágrimas cuando percibe las señales de gratitud de uno”. El libro prescribe numerosos consejos prácticos (argucias legales que practicar, lugares donde vivir, criados que contratar) que permitan al deudor prolongar su privilegiada condición. Al final de cuentas, el secreto de un individuo (o de una nación) para vivir a costa de los demás consiste en la multiplicación de las transacciones, el cruce de las deudas y la amenaza de que, al no pagar, no solo se arruinará él mismo, sino que afectará irremediablemente el patrimonio o, al menos, la reputación de sus acreedores.