Rituales creativos

Escolios.
El escritor estadunidense Mark Twain.
El escritor estadunidense Mark Twain.

Ciudad de México

Se dice que la inspiración creativa requiere rituales: atmósferas singulares, inducción de estados de ánimo, horas específicas del día, evocaciones olfativas, determinadas dietas o ciertos fetiches. En su libro Daily Rituals. How Artists Work, Mason Currey hace una sencilla, a ratos desordenada, aunque original recopilación de rituales y rutinas creativas de muy distintos tipos de creadores, desde científicos hasta arquitectos pasando por escritores, pintores, filósofos o músicos. El libro contiene un reparto de creadores de muy diversas épocas y presenta un amplio abanico de excentricidades: desde la necesidad de escribir desnudo y relajado después de la autosatisfacción erótica de Thomas Wolfe hasta la frenética productividad de Patricia Highsmith, estimulada por ginebra, cigarros y la compañía de numerosos gatos y caracoles; desde las delirantes rutinas alcohólicas de John Cheever o Francis Bacon hasta la exaltada mezcla de vida activa y contemplativa de Jean-Paul Sartre (posibilitada por las anfetaminas) quien pasaba el día en el aparador literario y la noche en vela redactando densos tratados. Pese a las excepciones, si se hace un recuento de los testimonios, la mayoría de los creadores tiende a adoptar rutinas que se asemejan más a la regularidad monacal o burocrática que al glamour bohemio. En efecto, más allá del mito de la genialidad, el hábito permite escaparse a la voluble tiranía de los humores y dar constancia y orden a las efusiones creativas. Así, en el libro se multiplican los recuentos de jornadas ascéticas y horarios metódicos. De hecho, varios creadores, como  Joan Miró o Haruki Murakami han practicado deporte y sugieren que la fuerza y la preparación físicas interactúan fecundamente con la sensibilidad creativa. No es extraño tampoco que muchos creadores practiquen la caminata como un método de estímulo creativo y que haya peripatéticos legendarios, como Erik Satie, quien, para inspirarse, caminaba inmensas distancias de su hogar suburbano a París.

Un auténtico creador es capaz de sobreponerse incluso a las agendas y horarios menos artísticos y, por ejemplo, William Faulkner podía escribir de día o de noche de acuerdo a los oficios que desempeñara; mientras que T.S. Eliot o Wallace Stevens compaginaron el horario de la burocracia financiera con la elaboración de su obra poética.  Uno de los casos más llamativos es el del novelista Henry Green, el rico heredero que no dejó de administrar sus propiedades porque consideraba que lo mundano de la empresa era un contrapunto esencial para su creación. Este divertido catálogo de métodos creativos permite acercarse a la esencia y obra negra de la inspiración. A mí me atraen esos rituales flexibles y austeros, que no exigen ceremonias especiales, que denotan una imperiosa necesidad expresiva y que le permiten a un individuo concentrarse en las circunstancias más adversas y practicar la creación tan espontáneamente como el comer o el respirar.