Derecho ajeno

Toscanadas.
En Irlanda se consultó a la ciudadanía para decidir si se aprobaban las bodas entre personas del mismo sexo. La mayoría votó que sí.
En Irlanda se consultó a la ciudadanía para decidir si se aprobaban las bodas entre personas del mismo sexo. La mayoría votó que sí.

Ciudad de México

Esta semana en Irlanda se consultó a la ciudadanía para decidir si se aprobaban las bodas entre personas del mismo sexo. La mayoría votó que sí. Esto habla bien de los irlandeses, que pese a su fama de país católico, se quitó de encima la sombra de supersticiones heredadas al mundo por unos pastores que vivieron hace cuatro mil años.

Lo malo fue que el gobierno de ese país les preguntara a sus habitantes si debía respetar los derechos humanos. ¿No pudieron ellos solitos tomar la decisión? Poca importancia tiene lo que piense la mayoría cuando se trata de respetar lo que una minoría prefiere o no prefiere en el amor.

Cualquier gobierno que no otorgue los mismos derechos a los homosexuales que a los heterosexuales muestra una diferencia apenas de grado con aquellos países en que los primeros son perseguidos, encarcelados y lapidados. Cualquier ciudadano que en Irlanda votó “no” o cualquiera en otro lugar del mundo que simpatice con ese “no” es un inquisidorzuelo al que le gustaría tomarse una frívola revancha por aquel día en que llovió azufre.

Un jefe de Estado que consulte la Biblia o el Corán antes que la Carta Internacional de los Derechos Humanos gobierna con idolatría. El mundo ha hecho guerras para deshacerse de esos fanáticos, pero también las ha hecho para ponerlos en el poder. México tuvo las suyas y por suerte prevalecieron los liberales. Si bien algunos presidentes no saben de historia.

Este fanatismo no es exclusivo de países con tradición islámica. Es muy probable que los Estados Unidos elijan el año entrante a un presidente que no distinga entre un huracán y la ira de dios. El parlamento polaco es títere del episcopado en todo lo que tenga que ver con homosexuales y la entrepierna femenina. En Rusia, Putin y el patriarca de la iglesia ortodoxa promueven la homofobia. Y los rusos responden a esa propaganda. Un referendo en ese país hubiera dado al “sí” apenas un cinco por ciento.

En estos asuntos, el papa Francisco deja asomar una incipiente tolerancia que no llega a nada en concreto. En primer lugar porque se le amotinan los ancianos conservadores de su iglesia, y hasta es extraño que no lo hayan ya envenenado. En segundo lugar, porque le toca gobernar con una constitución que no acepta reformas a sus artículos.

Yo sería papista si Francisco, en vez de ser un simpático coleccionista de camisetas de futbol, ordenara sacerdotisas y abriera su iglesia a los homosexuales y persiguiera a sus curas pedófilos; o de una vez que el famoso voto de castidad incluyera un machetazo, pues como dijo el jefe de todos ellos: “Mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno”.

En fin, volviendo al asunto irlandés, ya va siendo hora de que todos los estados de México dejen de vivir en el pasado y den a sus habitantes derechos iguales. Y de pasada, que los más retrógradas abandonen para todo matrimonio sus prácticas obsoletas de exigir humillantes exámenes médicos y seguir recetando la estúpida epístola de Melchor Ocampo. Pero no esperen a que vote la gente. Tengan pantalones, integridad e inteligencia.

Todo lo que nos haga avanzar hacia el respeto al derecho ajeno es civilización; cualquier paso atrás es oscurantismo.