Si yo fuera candidato

Toscanadas.
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"Me pondría a hociconear diciendo que no descansaré hasta dar su merecido castigo a los políticos corruptos".

Ciudad de México

Si yo fuera candidato me sentiría muy contento del esfuerzo de varios sexenios y del especial apoyo de Chuayffet para mantener a la mayoría del electorado en la ignorancia, pues más votos se consiguen con un bailecito y haciéndome el simpático que de veras poniéndome a pensar en un proyecto de trabajo. No me importaría ser un patán retórico y soltaría discursos repletos de banalidades y lugares comunes.

Vocablos necesarios en estas peroratas serían “justicia”, “abatir la pobreza”, “caiga quien caiga”, “todo el peso de la ley”, “seguridad”, “honestidad” y, la más falsa de todas, “vocación de servicio”.

Si la televisión me invita para una entrevista, prefiero un programa de variedades que uno de análisis político. Pero aun ante periodistas me sentiría con la tranquilidad de que no me harán preguntas difíciles como le hacen a Peña Nieto los medios extranjeros.

Dado que además de ignorantes, mis potenciales electores son pobretones en dineros y dignidad, les llevaría un kilo de arroz, otro de frijoles, galletas aguadas, sopa de fideos, aceite del peor, dos rollos de papel del baño, detergente para lavar a mano y la consabida maseca. Me sacaría una foto con las ñoras sonrientes y luego me acordaría de ellas solo para decirme “qué baratos salen los votos”, pues todas esas despensas no cuestan ni el uno por ciento de lo que pienso robar.

Por supuesto, me pondría a hociconear diciendo que no descansaré hasta dar su merecido castigo a los políticos corruptos, mientras cruzo los dedos para que no se hagan públicas las fotografías que me saqué con aquel narco o las grabaciones de mis amarres con tal o cual empresario.

Me daría lo mismo ser de izquierda, centro o derecha, pues en un país como México las campañas son de izquierda y los gobiernos de derecha; los discursos son para los pobres, las acciones para los ricos.

Entonces, sin convicciones, me da lo mismo el partido que me postule. Me da lo mismo pasarme a otro partido. Me da lo mismo con quién hago alianza.

¿Y cómo podría tener cualquier ideología si ni siquiera tengo tres libros que hayan marcado mi vida?

Si las encuestas están a mi favor, diría que los encuestadores son gente seria. En caso contrario, diría que están amañados y la única opinión válida se da en las urnas.

Me sentiría muy a gusto con la falsa democracia mexicana, pues digamos que en estas elecciones compito con otros seis candidatos. Dado que no existe en nuestro país la segunda vuelta, los votos podrían quedar repartidos de tal modo que el dieciséis por ciento sea suficiente para ganar; y en vista de que la mitad de los votantes se quedará en casa, las matemáticas me dicen que bastaría el ocho por ciento del electorado para otorgarme el triunfo. Viva esa minoría a la que llamaré mayoría.

Y si no gano las elecciones, tampoco es tan grave. Soy un vividor profesional. Seguiré mamando del presupuesto hasta que lleguen las siguientes elecciones. Entonces me acordaré de las ñoras babosas con las que me saqué la foto y les llevaré otro kilo de frijol.