Más placer que sabiduría

Toscanadas.
pintura, renacimiento, arte, cuadro

Ciudad de México

Dado que un día nos vamos a morir, y dado que tal vez en algún momento tengamos a nuestro alrededor a parientes o amigos que se acercan a la muerte, siempre me ha parecido importante leer La muerte de Iván Ilich.

Al registrar a un paciente, algunos hospitales preguntan por su religión; de esto depende si le ponen un crucifijo en la pared o alguna otra señal de sus creencias. Y en verdad que la Biblia u otro libro sagrado puede dar cierto consuelo y esperanza al enfermo y a sus allegados. Pero da poco entendimiento sobre la propia muerte.

En cambio, la novela de Tolstói nos ilumina sobre lo que puede pasar por la mente de un moribundo, sus conflictos emocionales, los complejos que trae la fragilidad física, la frialdad aparente o real de sus parientes, sus preocupaciones terrenales, el trato que espera de la gente que lo rodea, los brincos entre la esperanza de sanación y la certeza de la muerte.

Es, además, una pieza de fina literatura; de magnífica prosa.

Tolstói es un profundo conocedor del alma humana.

Por supuesto, el que yo asegure tal cosa hace brotar la pregunta: “¿cómo puede Toscana emitir tal juicio si nunca ha padecido una enfermedad mortal ni, por supuesto, se ha muerto de ella?”, o bien, “¿cómo puede Tolstói ser un conocedor de tales cosas si el día que se enfermó de muerte ya no escribió nada?”.

Ya encarrerado con este pensamiento, puedo alargarlo hacia otros textos emblemáticos del alma humana.

Si yo nunca he comprendido a las mujeres, ¿cómo puedo asegurar que Flaubert sí lo hizo? ¿Cómo puede certificarlo cualquier crítico hombre? ¿O cómo es posible que una mujer como Emma Bovary sea “las mujeres”?

Dostoievski tuvo la oportunidad de estar preso en Siberia. Ahí debió conocer asesinos. Pero su Raskólnikov no es un mero ladronzuelo que asesine para apropiarse de los bienes ajenos; es un hombre con la certeza de que tiene el derecho de matar. Entonces, para que Raskólnikov sea auténtico debemos suponer que el autor llegó a las mismas conclusiones que su personaje; y solo le quedó pendiente partirle la cabeza a dos mujeres. Raskólnikov, sin embargo, no es prototipo de la mente asesina, pues si visitamos las cárceles mexicanas hallaremos cerebros primitivos que nunca podrían asimilar a Dostoievski.

Ya ni digamos de Kafka, que explora el alma humana a través de una transformación que ningún ser humano ha sufrido jamás. Por más que lo intente, no tengo modo de juzgar sicológica o realistamente a Gregorio Samsa, aunque quizás esté más cerca de entender a un escarabajo pelotero que a las mujeres.

No obstante, cuando leo a estos cuatro autores siento que he aprendido un montón de cosas sobre la condición humana. Quizá sea porque les creo con algo que se parece a la fe; aunque la fe suele hacernos creer en mentiras.

Así las cosas, seguiré leyendo en busca de placer; no de sabiduría.