Galeano, Isadora y el tango

Danza.
En "Espejos", Galeano dedicó un pequeño texto titulado “Fundación del tango”.
En "Espejos", Galeano dedicó un pequeño texto titulado “Fundación del tango”.

Ciudad de México

Ha muerto Eduardo Galeano. Mi corazón, como el de la Patria grande, se encuentra triste. Se va una maravillosa pluma que asomó la mirada a la danza y a su poder emancipador. En Memoria del fuego III dedica un capítulo a la icónica figura de la bailarina Isadora Duncan, que rompiera los cánones no solo dancísticos sino sociales. Escribe: “La libertad ofende. Mujer de ojos brillantes, Isadora, enemiga de la escuela tradicional, el matrimonio, la danza clásica y de todo lo que enjaule el viento. Ella baila porque bailando goza, y baila lo que quiere, cuando quiere y como quiere, y las orquestas callan ante la música de su cuerpo”. Para el escritor uruguayo, la danza de Isadora es el clímax de la libertad en el cuerpo de la mujer que danza, y pone atención a su carácter insumiso.

El texto recoge una anécdota de 1916 en Buenos Aires, cuando Isadora, “descalza, desnuda, apenas envuelta en la bandera argentina bailó el himno nacional” y escandalizó a toda una nación que no entendía y censuraba el uso de su himno para ejecutar una danza. Para Isadora cualquier música era digna y merecía el honor de ser bailada. Galeano cuestiona en su texto: “Si se puede bailar una emoción, si se puede bailar una idea, ¿por qué no se puede bailar un himno?” Aun en nuestros días, la respuesta resultaría polémica, pues pertenecemos a naciones en las que casi todo puede ser mancillado —la dignidad del hombre, sus derechos, los cuerpos, la tierra y los pueblos— pero himnos y banderas parecen “intocables”. Tal vez Isadora resultaría hoy una bailarina muy incómoda.

Otro de los temas dancísticos que provocó las letras de Eduardo Galeano fue el del tango, que nació en suburbios y barrios de Río de la Plata y por la marca de origen: los bajos fondos y la mala vida, por lo que tenía prohibido salir. Es decir que la marginalidad del tango y su ánimo melancólico hicieron que en su libro Espejos, Galeano dedicara un pequeño texto titulado “Fundación del tango”. Ahí nos recuerda el origen popular del tango y reivindica aquellos barrios de donde surge, geografías de abajo, “donde reinaban el cuchillo y la tristeza”.

Hoy en día el tango es considerado un baile de salón y su ejecución ya no se encuentra ligada de manera directa con los barrios pobres de las ciudades. Sin embargo, a Galeano le interesaba recordarnos ese origen hostil para enaltecer la naturaleza de una danza que en su momento y contexto parecía una catarsis y salvación de la tristeza. Pocas cosas más esperanzadoras como bailar las penas con la pasión y la belleza con la que lo hace el tango.

El tango profundizó la relación emocional de las personas a través del propio cuerpo en un espacio agreste y violento. Galeano observó ese carácter profundamente revolucionario, el de una danza que dio un paso enorme en la relación de los cuerpos que bailan: el Abrazo, gesto que implicó extrema cercanía y un diálogo profundo entre los que bailan. Cuenta que fue en 1917, y de la mano de Gardel, cuando culminó el exilio del tango y se le otorgó “certificado de buena conducta”.

Los próximos 25 y 26 de abril, en el Teatro de la Ciudad, podremos disfrutar del montaje Gotango milonguero que busca llevar a escena este género profundo. Yo difiero con el coreógrafo de la pieza quien sostiene que en el tango la mujer es generalmente relegada, pues es histórico el rol activo de coreógrafas y bailarinas.

Veremos la propuesta. ¡Que arda la vida, que arda la danza, maestro Galeano!