La verdad de Ícaro

Merde!
"La Veritá", de Daniele Finzi Pasca.
"La Veritá", de Daniele Finzi Pasca.

Ciudad de México

No iba a ver el nuevo espectáculo de Daniele Finzi Pasca, La Veritá, por Ícaro, su anterior montaje en México.

¿Se puede hablar a un enfermo en estado terminal todo el tiempo sin permitirle decir una sola palabra? Esa fue la duda al ver el monólogo Ícaro, de Daniele Finzi, obra que tantos elogios ha recibido. Me hablaron de la pieza como un “clásico”. Pensé encontrarme con algo sublime, ahí donde se encuentran los ecos de las vanguardias. No fue así. Un Ícaro lejos de aquel que vuela hacia el Sol, frente a uno que se libera con palabras de aliento pero sin convicción humana. Inverosímil. Y sí, ya sé que muchos le aplaudieron de pie. Yo no.

La comedia tiene como sentido hacernos reír y reflexionar sobre nuestras vidas. Sonreí al principio con Ícaro pero al pasar el tiempo —con la dificultad del castellano del histrión, con la trampa de complacer al poco exigente público mexicano, con los clichés del montaje— me quedé con la impresión de que Ícaro es poco solvente porque se alejó de la exigencia de la imaginería del teatro como esencia. Y aunque el público salió fascinado —porque Finzi Pasca se lo había ganado con guiños de fácil acceso sobre la identidad mexicana—, a mí me desilusionó.

No me gusta la crítica venenosa. Por eso no quise escribir de esta obra en su momento. Y ahora me vuelvo a preguntar: ¿de verdad puede un enfermo terminal escuchar el sermón de un ser vivo sin siquiera pronunciar una reflexión propia? Fue un convencionalismo teatral fallido, entre otras cosas al concederle al público hablar mal en español, en vez de usar su idioma original. Las concesiones salen caras en el arte, aunque se ganen aplausos.

Por eso no pensaba repetir el teatro de Finzi Pasca. Pero fui con unos amigos. El reencuentro fue enorme: La Veritá es gozosa por los ojos, los oídos y eso que llamamos sentimientos, sin necesidad de usar la razón —porque no hay nada qué racionalizar—. El teatro no tiene necesariamente que decirnos nada si se trata de abrir los sentidos y ver el cuerpo de un actor entregarse al vértigo que le brinda el espacio vacío, el uso de la tecnología para volar o ir con nuestra alegría acompañando al feliz intérprete en la aventura de desafiar las leyes de gravedad. Magistrales.

Apenas un guión para hacer teatro con los sentidos, sin más discurso que el placer. Los dos espectáculos han estado en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris: Ícaro el año pasado, y ahora La Veritá. Hacer teatro es una ilusión de la realidad. Uno agradece este tipo de realidad donde no hay balazos, hay alas. No hay ideas, hay deseos. No hay palabras, hay acciones. No hay adultos, hay seres que juegan sin la razón como norma. No hay menos que agradecer. Un privilegio salir del teatro, sonriéndole a la calle, y a la gente.

Y una conclusión: el discurso no es lo importante en el teatro de Daniele Finzi Pasca. Entre Ícaro y La Veritá las razones son claras: el teatro de la imaginación —La Veritá— puede más que un monólogo de autoayuda con Ícaro como pretexto.