Pininos en la crítica teatral

Merde!
El dramaturgo mexicano Héctor Mendoza.
El dramaturgo mexicano Héctor Mendoza.

Ciudad de México

El maestro Héctor Mendoza me dijo:

—Si quieres ser crítico de teatro hay que ser estable. Se necesita constancia: solo así se crece. Aunque te diré, cuando lo haces, escribes cosas terribles. Lo peor es que algunas veces tienes razón: ese es el camino.

Siempre platicaba con el maestro de la crítica. Que no podía ser objetiva, de reseña bien intencionada para complacer a la comunidad. Criticar es un punto de vista bajo el rigor de las fuentes del teatro. Que la subjetividad es mejor aunque irrite e incomode.

Decía Mendoza:

—En México no hemos tenido buena crítica teatral. Hacen sus pasitos, sí, pero son eso: pasitos. Ni siquiera han escrito la historia del teatro. Cubren estrenos de cartelera pero no son investigadores del quehacer teatral.

Era duro el maestro. Teatreros, público y hasta medios de comunicación consideran fácil el oficio de crítico. Si tratas bien, te ensalzan. Si no, apestas. Te dan la espalda. Trataba de decirle a Mendoza que iba y venía en la crítica por descansar de los amores y odios en el medio escénico. Que no pretendía ascender al palacio de las complacencias pero tampoco a las inclemencias. Ser un crítico joven hasta el final de mis días, mi intención.

Hoy, críticos que entienden la crítica desde la dramaturgia, el actor o el escenógrafo —y el ascenso de grandes directores— son los mejores. Ser crítico es saber de todo y leer mucho más que lo que una representación ofrece. (Todo por un pago ínfimo donde te publican como si fuera favor. Desde que hago crítica pago boleto de entrada, no busco a la compañía y ejerzo libremente mi pensamiento. Pero acepto aquello que el Estado está obligado a dar con nuestros impuestos.)

Mendoza ganó odios con los artículos que escribió en el antiguo Excélsior porque hablaba de la dramaturgia y la puesta en escena en México con enorme erudición crítica. En tiempos en que los dramaturgos eran los dueños de la escena y los críticos su público complaciente. Ejerció la crítica, por escrito, y en la escena. Cometió errores en varias de sus obras pero es uno de nuestros vanguardistas al que ahora casi nadie recuerda. El ninguneo de las nuevas generaciones es atroz: creen que con ellos nació el teatro. No tienen idea de corrientes, estilos, géneros ni nada. Son posmodernos y contemporáneos sin fondo. No todos, claro, pero la mediocridad impera. Y los críticos, no todos, pero la mayoría les ayudan a ser ciegos.

No existe ese sentido de historiar al teatro mexicano y se ha perdido el nivel, como si de verdad todos fuéramos conocedores, como si existiera el populismo en la cultura. Hay que retomar el sentido crítico en el teatro, aunque se enchilen los medianos, los soberbios, los soñados, los creídos, los “comprometidos con las causas justas” como bandera, no del arte sino del aplauso fácil: la política.

Pensaba esto ahora que escribo crítica teatral con constancia. Con la pena de que el maestro Mendoza ya no me enmiende la plana con sus comentarios. Como aquel lapidario:

—Tienes que hacer tus pininos. Te gusta la crítica: ejércela sin compasión ni de ti mismo. No es diferente ser crítico de teatro que pertenecer al teatro. Igual logras superar la media. Eso sí: no hagas crítica si eres dramaturgo o director. Bien sabes que eso es mentira porque ejerces la crítica con fines poco éticos.

Callé. Recordé al crítico convertido en dramaturgo, becado por el Estado. Gente incapaz de la autocrítica. Para la historia del teatro: sabio el Mendoza.