La iluminación es 'La mujer justa'

Merde!
obra de teatro, iluminacion teatral, montaje teatral, actores teatro, escenario teatro
"Las miradas arden en la luz. Los ojos se clavan en los ojos de los espectadores. Los rostros son nosotros".

Ciudad de México

En la historia del teatro pocas veces los críticos nos ocupamos de la escenografía y su compañera, la iluminación. Robert Wilson es impensable sin luces, no existiría su estilo. El espectáculo Flowers, de Lindsay Kemp —que vimos en un Festival Internacional Cervantino—, nos dejó perplejos. Julio Castillo y Héctor Mendoza cuidaban la iluminación y la escenografía como la niña de sus ojos. El maestro en el ramo sigue siendo Alejandro Luna, seguido por la solvencia de Kleomenes Stamatiades (fallecido en 1991), Gabriel Pascal y últimamente Víctor Ballina, pero no son los únicos.

La iluminación teatral es fundamental en un montaje. Sin buena luz y escenario vestido no hay teatro calificado. Fracasa el intento actoral, salvo cuando se apuesta por un escenario desnudo, desprovisto de luces, otro estilo de teatro, no muy eficaz. Recuerdo a botepronto dos montajes donde la luz es la mano del director para su concepto: Psicosis 4:48, de Sara Kane, dirigida por Ignacio Ortiz, con escenografía e iluminación de Auda Caraza y Atenea Chávez; y ahora, en la Sala Villaurrutia, el portentoso proyecto del director escénico Enrique Singer con La mujer justa, de Sándor Márai, en iluminación de Víctor Zapatero (¡Bravo!).

Las miradas arden en la luz. Los ojos se clavan en los ojos de los espectadores. Los rostros son nosotros. Caras donde no hay curiosidad sino hartazgo. La sonrisa aparece como ironía disfrazada de inteligencia. Es La mujer justa, de Sándor Márai, que nos mira gracias a las luces de Zapatero, dirigidas en claroscuros sepias para acentuar la voz, la mirada, el ritmo de la palabra actuada. Haz de cuenta que se potencializó el aparato respiratorio en los intérpretes para hacernos sentir muy de cerca el existencialismo pesimista de un ambiente opresivo. Las clases pudientes tienen permiso de respirar en este montaje único por todo lo que brinda.

El texto de Sándor Márai es el sonido de un clásico —que lo fue en su momento, que desapareció de las letras después de las guerras europeas, el fascismo y el estalinismo, hasta que de repente la justicia literaria lo rescató del olvido—. A eso agregamos la adaptación que de la novela La mujer justa hicieron Hugo Urquijo y Graciela Dufau: monólogos teatrales concatenados en una catarata de ideas para la deconstrucción. Y bueno, las interpretaciones —de todos y todas—, pero destaco la de Marina de Tavira, quizá porque es la más pródiga en brindarnos su rabia, sus ambiciones frustradas, su pesar por no ser, no pertenecer a las clases altas de las que roba y aprovecha lo que puede para ser, oh paradoja, infeliz (muy Chéjov).

Enrique Singer hace rato que dirige —y dirige muy bien (¿se acuerdan de Feliz nuevo siglo, Dr. Freud, de Sabina Berman?)—. Ojalá pudiera entregarse de cuerpo completo a la dirección y darnos más montajes como Los baños, de Paul Walker, o Réquiem, de Hanok Lévine. Y desde luego, como La mujer justa, que nadie debe dejar de ver. Yo, hasta la voy a repetir.