Pensarnos libres

Danza.
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Ciudad de México

Este 15 de mayo celebramos el día del maestro, profesión muy afectada por una campaña de ataque y descrédito en los últimos años, campaña que oculta el valor de los docentes para el desarrollo de una comunidad, bastante más allá de la transmisión de datos y “competencias”

A propósito de profesores, reflexionemos respecto de la labor que los maestros de danza llevan a cabo, así como de la profunda incidencia que pueden tener en una sociedad.

Generalmente se concibe a la educación artística como aquella destinada a formar especialistas o ejecutantes de arte o con una percepción meramente ornamental de la misma, es decir que se anula su potencial dialéctico, filosófico y crítico mientras se reduce a la frivolidad de amenizar o entretener.

Muchas tendencias de la filosofía y muchos pensadores desde la época clásica del pensamiento han planteado la relación entre ética y estética. No abundaremos en estos postulados, pero sí valdrá la pena resaltar que las acciones de los seres humanos obedecen a fundamentos éticos, de principios, y ellos se relacionan con la propia estética de los hombres por lo que, en términos muy generales, podemos deducir que no ejecutamos acciones grotescas o antiestéticas pues se consideran antiéticas. Tal vez podamos explicar la terrible realidad nacional a partir del paulatino abandono de la educación artística y moral en los diferentes niveles educativos del país.

Hace unos días fui invitada a una función de danza de alumnos de primaria, no específicamente futuros bailarines profesionales, aunque más de uno posee el potencial para serlo, y quedé conmovida por más de un detalle: los niños desarrollan un nivel de solidaridad poco usual en los jóvenes de hoy en día. Puedo mencionar también la capacidad de concentración y disciplina igualmente contrastante con la generalidad de esta generación. Algo que salta a la vista es el goce con el que los niños se desenvuelven en el tiempo y el espacio. Esto no es una cuestión menor o meramente anecdótica, sino que nos lleva a pensar, por un lado, en la capacidad didáctica que la danza tiene principalmente entre los niños, capacidad que coadyuva a los procesos de enseñanza–aprendizaje de la danza, pero también del resto de disciplinas. Por otro lado, en el desarrollo integral que esta actividad genera en quien la practica —desarrollo psicomotor, coordinación y sensibilidad a las emociones humanas—, así como en los problemas que le aquejan. En términos generales, la danza recuerda a quienes la ejecutan, en la modalidad que sea, que son seres humanos y les devuelve la empatía, la posibilidad de conmoverse en el sentido más literal del término: el de moverse con el otro, explorar las emociones con los otros.

Aun a temprana edad, la danza proporciona una abstracción que permite a los bailarines reflexionar sobre la naturaleza propia y la de su entorno y, sin necesidad de teorizar, proporciona la profundidad necesaria para pensarse en términos personales y colectivos. De un modo casi intuitivo los lleva a pensarse en su tiempo, su espacio y su estar con otros; situación que pueden transpolar hacia el resto de su realidad, es decir, más allá del foro o del salón de danza.

La danza no hace peores o mejores personas; pero sí proporciona la conciencia de decidir, desde la estética, el tipo de humanos que elegimos ser. La danza devuelve el ser en comunidad sin desprendernos de la esencia individual. Por eso, reconozcamos la labor de maestros y maestras de danza que nos desdoblan las alas para pensarnos libres.