El baldío

Caracteres.
Pues Pío a duras penas escribía.
Pues Pío a duras penas escribía.

Ciudad de México

Su mote pudo haber sido “el estéril”, pero es más propio adosarle un sinónimo (o casi) alusivo a su maniática preferencia por La tierra baldía, que él considera el mejor poema no solo de T. S. Eliot, ni de la lengua inglesa, sino de todos los idiomas y de todas las épocas. (Dicho sea de paso: Pío el baldío opina con arrogancia que quien prefiera los Cuatro cuartetos es un despreciable retrógrada.)

En su juventud, Pío se propuso escribir. Movido por este propósito no descabellado en un joven de su clase (más bien alta) y su educación (en colegios privados), se juntaba periódicamente con otros aprendices de escritor que se leían sus cosas en voz alta y las comentaban con ferocidad. Según recuerdas de las no pocas veces que asististe a una de aquellas reuniones, él era severo. Implacable. Siempre, por supuesto, que se tratara de lo que hacían los demás.

Pues Pío a duras penas escribía. Y aunque hablaba mucho y con pasión de lo que estaba escribiendo, o de lo que iba a escribir, era muy reacio a mostrar sus escritos. Y si alguien, por ejemplo tú, quería saber por qué no traía ese texto anunciado para leerlo en la próxima tertulia, él protestaba que le hacían falta bastantes correcciones. Y agregaba, como si de pronto recordara algo, que tú también deberías corregir y corregir y corregir aun más, en vez de dar a leer con tanta prisa tus defectuosos borradores.

Él casi nunca concluía los suyos. Para justificar su desidia, o su pereza, o cualquier otra causa inconfesable de su agrafia crónica, hacía suyo el manido apotegma de Paul Valéry, conforme al cual un poema (o una novela, un cuento, un ensayo, un simple artículo periodístico) no se termina: se abandona. Solo que Valéry solía abandonar su poesía en libros con un grado de pureza difícilmente superable, mientras que Pío abandonaba sus ensayos fallidos y sus inacabadas reseñas en la oscuridad infértil de un cajón.

Al finalizar la década de 1980, con dos compactos volúmenes de cuentos publicados en 37 años de vida, te perseguía el fantasma de la esterilidad. Pío no tenía dudas. Contemporáneo tuyo y sin un solo libro en su haber, se juzgaba un gran escritor. Y te reconvenía con frecuencia por escribir más de la cuenta y publicar demasiado.

Una serie de entrevistas a escritores de las nuevas generaciones, que por ahí de 1996 juntó en un libro gordo con un prólogo flaco donde justificaba las falencias de los entrevistados y les auguraba un futuro venturoso, le dio a Pío lo que deseaba. Le dio premios. Le dio fama. Le dio autoridad. Le dio poder.

Nada memorable ha publicado desde entonces, pero los autores jóvenes no dejan de procurarlo en busca de su bendición. A unos cuantos se la da, displicente. A casi todos se la niega y les dice, como a ti tantos años atrás, que corrijan más y escriban menos.

Hace poco, te confió que no escribe porque nadie podría lograr nada mejor que Kafka, que Proust, que Joyce. A una reportera cultural Pío el baldío le anunció, en cambio, que está escribiendo sus memorias.