El ecociclista

Caracteres.
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Como bien sabe Batista, el ecociclismo le da movilidad a la lucha de clases. (Especial)

Ciudad de México

No se lo confunda con el lechero, desposeído en beneficio del envase tetrapak. Ni con el cartero o el repartidor de periódicos o el de la farmacia, atropellados en su dignidad profesional por el auge de la motocicleta. Ni con el sonoro afilador, cuya presencia en las calles disminuye según se multiplica en las casas la del acero inoxidable. Ni con el jardinero, último de los oficios rodantes en que pedalean juntos el veloz arbitrio del ciclismo y la civilidad.

Todos estos simbióticos de la bicicleta son plantas nativas de la maleza de chapopote en que degeneró la Ciudad de México. El ecociclista es, en cambio, una plaga inducida: engendro del capricho de nuestros gobernantes y la irresponsabilidad de nuestros conciudadanos más ociosos.

La primera condición para la existencia del ecociclismo, necesaria pero no suficiente, es un gobierno populista que le arrebate las calles al pueblo (otra manera de llamar a los peatones forzados) para entregárselas a los ciclistas, tanto los domingos en el caso de las avenidas importantes, como a perpetuidad en el de las arterias secundarias adelgazadas hasta la oclusión por las ciclovías. No es que todo el mundo tenga coche. Pero el pueblo, cuando no camina por falta de medios, usa el transporte público (sin excluir los taxis en una emergencia) que se embotella igual que el privado.

La segunda condición, necesaria y suficiente: no ser pobre. No porque salga caro alquilar una ecobici. Pero si tu trabajo es agotador y pese a todos tus esfuerzos no pasas de sobrevivir, difícilmente querrás gastar tu día libre en recorrer en bicicleta el Circuito Interior.

Una tercera condición, innecesaria e insuficiente aunque muy común: estar gordito o, por lo menos, guango. A Batista el ecociclista no le importa que sus muslos al aire sugieran jamones ibéricos. Ni que los bermudas le aprieten. Ni que su polo se infle con tres capas de lonja. Ni que el casco le dé a su cara mofletuda una forma de pera. Lo que él desea es hacer ejercicio. Y lucir de paso su camionetón flamante en el que puede acarrear hasta seis bicicletas.

Como bien sabe Batista, el ecociclismo le da movilidad a la lucha de clases. Hombre de negocios y a ratos funcionario, él se siente clasemediero, si no bohemio, cuando cambia las cuatro llantas de su camioneta por las dos ruedas de una ecobici. En el trayecto de su casa en la Condesa a su trabajo en Reforma, se queja a menudo (y con razón) de la agresividad de los automovilistas hacia los ciclistas. Pero no se abstiene de agredir a la gente de a pie.

Pues el coche no es el único enemigo del ecociclista. También lo es el peatón. Y apenas se sube a una bicicleta, Batista se olvida de las reglas de tránsito. Y circula a gran velocidad en sentido contrario. Y embiste por detrás y sin sonar el timbre a cuanto anciano y mujer y niño se cruzan en su camino.

De ahí la íntima plegaria del peatón, que tú repites cada vez que sales a la calle: “Dios mío, cuídame de los ecociclistas. De los coches me cuido yo solo”.