El estilista

Caracteres.
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(Especial)

Ciudad de México

Es difícil decidir cuál es peor: que a uno lo tachen de ser una pluma desaliñada, ampulosa, torpe; o que lo elogien por su fina prosa de estilista. Pues suele suceder que cuando la crítica se demora en ponderar el estilo de un autor es para sugerir o de plano afirmar que éste no tiene nada que decir.

Cabrera Infante, que en una novela parodió con destreza quién sabe cuántas maneras de narrar, se enfurecía si alguien lo llamaba estilista. Más cerca de nosotros, y sin equipararse al maestro cubano, el versátil Bonavista practica también los juegos estilísticos y se queda perplejo cuando un crítico destaca, sobre otras posibles virtudes de su narrativa, la calidad de la prosa. ¿Cuál de mis prosas?, se le antojaría inquirir. ¿Cuál de los cinco o diez o hasta quince estilos que intento remedar en cada libro?

“Prosa, nada más que prosa”, les exigía a los narradores Flaubert, que hubiera detestado el título de padre de los estilistas. Porque el estilo, que les sirve a otros autores menos ambiciosos para resaltar sus chatas personas, tenía en él la función de ocultar la suya. O como escribe el flaubertiano Bonavista en uno de sus aforismos, todos inéditos: “la palabra justa es la que disimula el talento del escritor, y no hay mote más injusto para quien ejerce tal modestia estilística que el de prosista sutil”.

No se crea que Bonavista no ha leído el discurso de recepción en la Academia Francesa del naturalista Georges–Louis Leclerc, conde de Buffon, donde opina imperecederamente que el estilo es el hombre mismo. “Si está en lo cierto” —anota Bonavista—, ser estilista no es un logro sino una obviedad. Lo preocupante es que se convierta en destino”.

Otras preocupaciones más mundanas desvelan a Bonavista. “¿Qué pensar —se pregunta— de una condición que el escritor puede compartir con las peinadoras? También ellas, a su modo y con plena dignidad, son estilistas”.

Interrogado en un noticiero de la televisión cultural sobre los secretos de su estilo, Bonavista declaró: “Esa pregunta no tiene respuesta. Si te digo que no hay secretos, pensarás que miento. Y si te revelo qué hago para escribir como escribo, dejaría de ser un secreto”. Desde entonces, además de estilista, Bonavista tiene fama de ingenioso, cuando no de mamón.

Y es que hablar o escribir acerca de la propia escritura resulta complicado y puede parecer, o a menudo ser, pedante. Borges, cuya prosa es tan personal que cualquiera la imita, jamás se rebajó a comentar su obra. Y por eso el borgesiano Bonavista se priva, salvo en sus aforismos que acaso nunca entregará al público, de discurrir que ser estilista no está nada mal, a condición de contar buenas historias y pensar con inteligencia. Y que el estilo narrativo no es un hombre sino tantos hombres y mujeres cuantos pueblen las páginas de un relato. Y que la voz del narrador no es la suya sino la que conviene a sus personajes. Y que ni siquiera en los ensayos el autor habla por sí mismo, porque la voz del ensayista es también una ficción.