La expropiadora

Caracteres.
princesa sapo, rana, mujer, beso

Ciudad de México

De chica, Dinorah fue el azote de sus hermanos y hermanas. Era autoritaria y abusiva, como tienden a ser los primogénitos. Pero se destacaba porque su autoritarismo y sus abusos confluían en una sola perversión: la codicia compulsiva de la propiedad ajena.

Cuando comían pastel en su casa (y, con tantos niños, a menudo había un cumpleaños u otro pretexto para comer pastel) Dinorah despachaba en segundos su rebanada y, si sobraba alguna, la consumía igual de rápido. Acto seguido, acosaba a los demás comensales para que le dieran un poco del postre que no se habían apresurado a devorar. Si alguien se lo negaba, aduciendo que Dinorah ya había comido su parte y más, ella lo escarnecía y lo torturaba con pellizcos y apretones hasta obligarlo a ceder.

Lo curioso es que no engordaba por mucho que comiera. Los adultos, sobre todo su padre que la consentía, achacaban la impune voracidad de Dinorah a una salud excelente. Sus hermanos y hermanas tenían otra explicación: la primogénita no digería la comida expropiada porque no la impulsaba a comer lo ajeno el hambre, sino la envidia.

Dinorah la expropiadora creció despojando al prójimo de lo que éste más anhelaba. Aunque le apretara, expropiaba la ropa recién comprada de sus hermanas menores. Aunque prefería el rock y el pop, expropiaba los discos de música clásica de su hermanito el intelectual.

Así llegó a la adolescencia y le interesaron los varones y se volvió la pesadilla de sus mejores amigas. Bastaba que una de ellas dijera que un chavo en una fiesta le gustaba para que Dinorah bailara toda la noche con él. Y si su amiga y el chavo ya andaban, Dinorah se besuqueaba con él a escondidas y lo perseguía hasta que el pobre se resignaba a ser su novio.

Luego vinieron las relaciones más serias y el matrimonio. Aunque no, por lo pronto, el suyo. Dinorah ya adulta quería un marido, a condición de que fuera el de otra mujer. Como era guapa e inteligente y medio culta, pocos hombres casados se resistían a su seducción. Pero en cuanto el seducido hablaba de divorcio y de vivir juntos, ella lo desechaba y se abatía sobre el siguiente.

Hasta que alcanzó el umbral de los cuarenta y sedujo a un conocido tuyo y a él sí lo hizo divorciarse y con él sí se casó y hasta tuvo un hijo o una hija o algo por estilo. Solo que no por eso dejó de solicitar a los maridos ajenos, sin discriminarte a ti.

Las pocas amigas que le van quedando le perdonan sus canalladas porque piensan que no puede evitarlas. Que está en su naturaleza desear todo lo que no sea suyo. Tú no compartes tal opinión. El día en que te besó en la boca frente a tu esposa intuiste que Dinorah le expropia el hombre a otra mujer porque desea ser esa otra mujer.

Últimamente, se ha desmejorado. Duerme mal. Apenas come. Su piel ya no es tan lozana. Muy cerca de los cincuenta, Dinorah teme que otra expropiadora más joven venga a expropiarle su hombre, y su temor la afea por dentro y por fuera, y la aproxima día tras día al momento fatal de la expropiación.