Tólstoi en la ópera: Rostova se pierde

Vibraciones.
Moscú, s. XIX.
Moscú, s. XIX.

Ciudad de México

Para Aldo

 

Acto 1

—¡Mira quién está ahí, en ese palco al lado de la princesa Helene Besujova!

—¿El conde Rostov?, ¿qué hace en Moscú?

—Está aquí para arreglar la boda de su hija con el príncipe viudo Andrey Bolkonsky.

—¿Su hija es esa muchacha a su lado?

—Se llama Natasha, Natasha Rostova.

—¡Es hermosa!, ¿y dónde está su prometido?

—Se rumora que se ha complicado la boda.

 

Acto 2

Hacia fines de 1811, el ejército de Napoleón cruza la frontera rusa. El emperador Alejandro I le manda decir: “no me reconciliaré mientras quede un solo enemigo armado en mis tierras”.

En Moscú, la guerra luce demasiado lejana como para que los nobles se la tomen en serio. Condes y condesas, príncipes y princesas, se entregan al pacífico divertimento de salones y fiestas.

Hoy es noche de ópera, la primera de 1812. Enero. El teatro está lleno. Las mujeres se deshacen de sus abrigos invernales. Quedan con poca ropa; pieles desnudas en antebrazos y escote que adornan con joyas. La princesa Helene resplandece como ninguna. Para algunos, es el encanto más brillante de la nación; para otros, la más grande serpiente.

La presencia de Natasha Rostova ha causado revuelo en el teatro y Helene, para evitar sentirse opacada, opta por el halago. Durante el descanso tras el segundo acto, le dice: “Natasha, ¡querida!, ven a mi lado; quiero conocerte mejor. Veamos juntas el resto de la ópera”.

 

Acto 3

—¿Qué tipo de complicaciones?

—El padre de Andrey, el viejo príncipe Bolkonsky, puso una condición morbosa: únicamente daría su anuencia para la boda si su hijo vivía un año sin ver a su prometida.

—¿Y qué hizo Andrey?

—Se enlistó en el ejército y ya cumplió el año en la guerra. Regresará a Moscú en cualquier momento

—Y la Rostova está aquí para recibirlo…

—Sí, la boda sigue en pie… aunque Natasha corre peligro…

—¿?

—¡Mírala, ya está enredada en la tela de esa negra araña de la Besujova!

 

Intermedio

A los personajes de Tólstoi no les importa la ópera; es su pretexto para esparcir veneno. Nadie (ni siquiera el omnipresente narrador) menciona el título ni al compositor. Resulta imposible saber de qué ópera se trata (¿se canta en francés o en ruso?, ¿existe o el autor se la inventó?). Las certezas son demasiado escasas: que tiene cuatro actos; que la protagonizan una mujer de vestido blanco y un hombre con penacho, puñal y calzones de seda; que el coro canta una oración fuera de escena; que participa el Diablo; que el tenor se apellida Duport y la soprano Semionovna.

Aunque el arte lírico carece de importancia por sí mismo, para la historia de la música (arte que abreva constantemente de la literatura) es una interesante anécdota que la Rostova, esa entrañable heroína tolstoiana, se haya perdido —a causa de una intriga creada por la princesa Helene— durante una misteriosa función de ópera.

 

Acto 4

A Natasha la enloquece estar cerca de Helene. Desea inclinarse hacia ella y hacerle cosquillas. Hace dos horas, cuando empezó la ópera, añoraba al príncipe Andrey. El mero recuerdo de su prometido la estremecía de anhelo y la dejaba al borde de las lágrimas.

Ahora, bajo el encanto de la Besujova, esos sentimientos le son ajenos y ridículos, como si los hubiera sentido en una vida distinta. De pronto, le parece tan natural este mundo galante de atrevimiento y coquetería.

Le brillan los ojos; su corazón late con fuerza. Helene le dice: “Natasha, te presento a mi hermano: Anatol Kuraguin”. Y Natasha le tiende la mano a ese alto joven rubio para que él se la bese con los ojos risueños fijos en su cuello desnudo.

Anatol es uno de los más cínicos canallas de Rusia. De no ser hijo de príncipe, estaría encerrado en Siberia pagando sus tropelías. Esas tropelías que ya son leyenda, como cuando ató a un policía a la espalda de un oso.

Pero Natasha se enamora de Anatol a primera vista, sin preguntar nada. Siente con horror y deseo cómo en su intimidad desaparece esa barrera de pudor que siempre ha sentido entre sí misma y otros hombres.

Cuando la ópera termina, Anatol la ayuda a instalarse en su coche y le aprieta el brazo por encima del codo.

 

Epílogo

Tras su noche en la ópera, Natasha rompe su compromiso matrimonial con el príncipe Andrey y planea fugarse con Anatol al extranjero. Sofía, la hermanastra, descubre el plan, alerta a la condesa Rostova y encierran a Natasha en su cuarto.

Días después, Natasha ingiere arsénico —cuando se entera por Pierre el marido de Helene— de que Anatol es casado.