Ernesto García Cabral. La caricatura es un ring de boxeo

García Cabral es —como decía Juan José Arreola— no solo el hombre que más ha dibujado en México, sino el que más ha dibujado a México.
Ernesto García Cabral. La caricatura es un ring de boxeo.
Ernesto García Cabral. La caricatura es un ring de boxeo.

Ciudad de México

Hablar de Ernesto García Cabral es evocar imágenes de mujeres, desde las más glamorosas hasta las más humildes; de parejas bailando, lo mismo rumba que tango; de noches de borrachera o de alegorías clásicas o de Tin Tan en los carteles de sus mejores películas, pero también imágenes de boxeo. García Cabral es —como decía Juan José Arreola— no solo el hombre que más ha dibujado en México, sino el que más ha dibujado a México.

En 1918, a su regreso de París —adonde se había ganado una “beca” del gobierno de Madero por sus despiadadas caricaturas —, el Chango es contratado por Rafael Alducin para ilustrar portadas e interiores de Revista de Revistas. El semanario nacional, así como la página editorial de Excélsior.

Inmerso en el trajín del diarismo —colaborará también para la revista Jueves de Excélsior y el periódico Novedades, a partir de 1922 y 1943, respectivamente—, Ernesto García Cabral dará testimonio de algunos de los grandes combates de todos los tiempos, así como del nacimiento de los primeros ídolos de México. Lo mismo que con cualquier otro de sus temas, su producción a propósito de peleas y peleadores abarca viñetas, apuntes del natural, historietas, imágenes publicitarias y retratos caricaturales, trabajados a partir de experiencias en vivo o mediante la consulta de archivos fotográficos y fílmicos.

Su dramatismo e intensidad, en combinación con su promesa de fama y fortuna, hacen del boxeo un espectáculo irresistible para las multitudes durante la década de 1920 en Estados Unidos. En ese contexto, Jack Dempsey y Gene Tunney protagonizan dos enfrentamientos que no pueden clasificarse más que como choques de titanes: uno, bravo y rudo; el otro, metódico y calculador.

En 1926, en Filadelfia, Tunney encuentra la manera de boxear a Dempsey durante diez rondas. A pesar de las acometidas de su rival, logra mantenerse a buen resguardo de los golpes y conecta precisos jabs para llevarse la pelea por decisión: hay un nuevo campeón mundial de los pesados.

No obstante el descalabro, la gente ovaciona a Dempsey, lo que obliga a la revancha al año siguiente, en el Soldier Field, en Chicago. Durante los primeros seis episodios, los aficionados creen estar viviendo un déjà vu, pues Tunney evade los ataques de Dempsey y acumula puntos en las tarjetas de los jueces. Hasta que llega el dramático séptimo round.

Con una derecha a la quijada, Jack pone a Gene contra las cuerdas para, luego de un gancho de izquierda seguido de una andanada de golpes, mandarlo a la lona por primera —y única— vez en su carrera. La emoción en el graderío estalla, pero la confusión también. Por no retirarse de inmediato a una esquina neutral, el propio Dempsey propicia que el réferi retrase el inicio del conteo: los que debieron ser diez segundos terminan por convertirse en entre catorce y diecisiete; un brevísimo pero precioso descanso extra para Tunney, quien se levanta para volver a ganar por decisión en el que ahora se recuerda como “el combate de la cuenta larga”.

Un año después, el 31 de julio de 1928, Gene Tunney se retira como campeón mundial de peso completo. Quizá por eso, el 5 de agosto Ernesto García Cabral le rinde homenaje en Revista de Revistas, en una caricatura en la que, muy trajeado, se le ve sonriente, con un saludo en la derecha y su sombrero en la izquierda.

Hacia 1936, García Cabral vuelve a vivir de cerca la rivalidad de dos grandes del cuadrilátero. Soplan vientos de guerra y, a los ojos del mundo, el encuentro entre Joe Louis y Max Schmeling simboliza la inminente colisión entre Estados Unidos —la libertad, la democracia— y la Alemania nazi —la tiranía, la opresión—. La cita se cumple el 19 de junio de 1936. En el Yankee Stadium, El Chango sigue las acciones con especial atención —ha apostado 10 dólares a Louis—: “En los primeros rounds de la sensacional pelea, entre la melena platino de una star y el humo del habano que saboreaba un millonario, creí que el dinero estaba en mi bolsillo. Pero después la decoración cambió totalmente. El alemán, astuto, inteligente y experimentado, se defendía como un sabio y a cada instante conectaba su derechazo pavoroso en la cabeza de Louis”.

Antes del pleito —mientras Louis jugaba golf en lugar de entrenar—, Schmeling dijo a la prensa haber visto “algo” en el estilo de su oponente, una rendija mínima en su guardia. En el cuarto asalto, el alemán prueba su dicho: de un derechazo, el Bombardero Café se va al suelo por primera vez en su carrera. Con un Louis al que le resulta imposible recuperar la compostura, es cuestión de tiempo la llegada del nocaut, que finalmente sobreviene en el duodécimo episodio, ante la sufrida resignación de García Cabral: “Cuando vi a mi ‘gallo’ caer sobre la lona me puse blanco —aunque mis amigos no lo crean—, y entonces principié a despedir con la mayor ternura, y hasta con lágrimas en los ojos, a mi billetito flamante […] ¡Y yo que presumía de sagacidad viajera! Mire usted que venir a Nueva York a ‘hacer el indio’ va muy bien con mi tipo, pero jamás con mis cuarenta y tantos años de astucia”.

Acerca de su trabajo —que se publica el 2 de julio de 1936, un par de semanas después de la pelea—, a manera de despedida, El Chango escribe desde Nueva York: “Sobre la rodilla tracé unos apuntes para los lectores de Jueves de Excélsior. Con tinta de la plumafuente (sic) hice algunas sombras… Vayan a México con mis recuerdos cariñosos para los ‘cuates’ deportistas”.

En México, al igual que tantos otros, Ernesto García Cabral sucumbe a la combinación en uno–dos de talento y carisma de Raúl Ratón Macías, el púgil por el que quizá se haya sentido la mayor idolatría, al margen de lo hecho por Rubén El Púas Olivares o Julio César Chávez.

El 26 de septiembre de 1954, en una abarrotada Plaza México, el Ratón conquista el campeonato gallo de Norteamérica, al derrotar a Nate Brooks. El tiro estaba programado para celebrarse en el Toreo de Cuatro Caminos, pero el arrastre de Macías obliga a Luis Andrade, su manejador, a entrevistarse con Alfonso Gaona, empresario del coso de Insurgentes, quien finalmente acepta jugársela. No se equivoca: los boletos vuelan de las taquillas apenas se ponen en venta. Ernesto P. Uruchurtu, jefe del Departamento del Distrito Federal, sugiere televisar el combate —sin importar que en la publicidad previa se hubiera advertido que no habría transmisión—, y Emilio Azcárraga Vidaurreta accede.

Un día después, en las páginas de Novedades, García Cabral se ocupa de lo sucedido, aunque no de la mejor manera: su cartón decreta nocaut… ¡pero de la reventa contra el público! El Ratón está ya en la antesala del título mundial.

El 9 de marzo de 1955, por nocaut técnico en el undécimo, Macías se ciñe en San Francisco el cinturón de campeón mundial de los gallos, versión Asociación Nacional de Boxeo —con sede en Estados Unidos— a cuenta del tailandés Chamrern Songkitrat.

Apenas tres meses después, el 15 de junio, el Ratón hace su presentación en Los Ángeles —sin título de por medio— contra Billy Peacock, a quien un año antes ya había noqueado en siete. En el tercer episodio, una derecha quién sabe de dónde le afloja la boca al de Tepito: derrota por nocaut y maxilar fracturado.

Un par de días después, otra vez en Novedades, El Chango dedica su entrega al Ratón: “Ya no quiere queso, doctor”, susurra una bonita enfermera al médico de turno, mientras el vapuleado Macías convalece en una cama de hospital.

La suerte le vuelve a sonreír al ídolo de la afición hacia finales de ese mismo año, cuando gana tres de tres, que se suman a las once victorias en fila —incluida una defensa de su campeonato contra el filipino Leo Espinosa— que cosecha a lo largo de 1956. Por eso cuando el 10 de febrero de 1957 retiene nuevamente su título, ahora contra Juan Cárdenas en la Plaza México, García Cabral no tiene reparo alguno para retratarlo, ahora sí, tal cual, como el Súper Ratón.

1957: el año del desplome de la avioneta que tripulaba Pedro Infante; el año del desplome del Ángel de la independencia, luego del temblor del 28 de julio; el año del desplome también de Raúl Macías, a manos de Alphonse Halimi, el 6 de noviembre. Se trata de la pelea por el título universal de los pesos gallo. El mexicano es campeón por la Asociación Nacional de Boxeo de Estados Unidos, ganador de 32 de 31 pleitos; el franco–angelino es campeón por la Unión Europea de Boxeo, ganador de 20 de 21 pleitos.

El día del encuentro, la expectativa es tal que, bajo el título “Determinación”, El Chango dibuja a un pequeño roedor que, envalentonado, encara a un gato grande: “Si no me hago SÚPER RATÓN —le dice Macías a la afición—, ¡haz de mí lo que quieras!” Y sí: a pesar de la derrota, la gente le refrenda su cariño al Ratón, haciéndolo su consentido por excelencia, lo mismo por su aspecto —más de estudiante que de peleador— que por su impecable comportamiento fuera del ring, en contraste con José Toluco López, en quien parece advertirse a un sucesor que, víctima de sus propios excesos, nunca terminará de cuajar como tal. Por encima de sus facultades —el Toluco da peleas de auténtico alarido, al grado de ser sacado en hombros de las arenas—, la irresponsable afición a la botella termina por hacer de él otra promesa malograda. Por eso, hacia 1962, García Cabral no duda en despacharlo al retiro, desde las páginas de Novedades: “Hacia el campeonato de la delincuencia”.

Siempre atento a todo lo que ocurre a su alrededor, El Chango capitaliza el paso de su mirada por los encordados igual para vender que para hacer crítica política y social o para apostar por el humor: no hay conocimiento o motivo que no aproveche para meter un buen palo o arrancar una carcajada.

Hacia 1929, las páginas de la revista Fantoche, fundada y dirigida al alimón con Manuel Horta, dan cuenta de su trabajo para la Cervecería Moctezuma: investido de réferi, un charro de camisa a lunares declara a una victoriosa botellita de cerveza Superior como “¡LA CAMPEONA DE LA REPÚBLICA!”.

En 1941, en Jueves de Excélsior, un famélico pelado se sostiene de las cuerdas en espera del embate del mastodonte, en cuyo guante derecho se alcanza a leer “NUEVAS CONTRIBUCIONES”. Si el desenlace fatal no llega, es por la intervención del réferi: “Oiga, amigo, pare el brazo, no ve usted cómo lo ha puesto; ¡ya no aguanta el nuevo impuesto… Se muere al otro trancazo”.

En 1948, en Novedades, un cobrador blandengue se apersona en el gimnasio y le espeta al instructor: “¡Debe usted seis meses de renta!”. A lo que el fortachón contraataca: “¡He decido pagarle con lecciones de box, señor!” Al año siguiente, en esas mismas páginas, una linda señorita se afana en la pera rápida: “¿Por qué practicas el box, hijita?”, pregunta una viejecilla; a lo que, sudorosa, responde: “¡Porque ya comencé a tener discusiones con mi marido!”

En 1968, de regreso en Jueves de Excélsior, un severo Luis Echeverría, en su papel de árbitro electoral desde la Secretaría de Gobernación, conmina a algo así como un Babe PRI y un Kid PAN: “Aconsejo una pelea limpia, sin marrullerías ni golpes ‘bajos’ ”.

Pero la dulce ciencia del aporreo también sirve de inspiración a Ernesto García Cabral para hacer arte. Casi todos los críticos e historiadores coinciden —señala Rafael Barajas, en su texto para el libro Ernesto García Cabral, maestro de la línea, editado por RM— en que sus mejores trabajos son las portadas que realiza para Revista de Revistas entre 1918 y 1932: “Todo lo que absorbió [García] Cabral de la prensa ilustrada mexicana del siglo XIX y de las revistas satíricas europeas de la Belle Époque, lo que aprendió en la Academia de San Carlos y en París, lo que captó de las vanguardias y el arte vernáculo nacional, todo está en esas portadas. Es uno de los momentos estéticos más perfectos de una cultura gráfica nacional”.

De aquellos años datan Campeón victorioso (1921), donde el Año Nuevo pone fuera de combate a un exhausto 1920; Figuras del ring: en pleno combate (1923), que congela en el tiempo la viril coreografía entre dos pugilistas, y Boxeador (1931), encarnación de la fiereza en el ceño fruncido y la musculatura de un hombre.

Mención aparte merece Mujer futura (1925) en la que, siempre transgresor —y siempre enamorado de ellas—, García Cabral traza la esbelta figura de una mujer con un corte de cabello a lo garçon, rebotando en las puntas de los pies mientras, a un tiempo, adelanta el jab de izquierda y perfila un quiebre de cintura.

Cuenta la leyenda que Juan José Arreola relataba que, en alguna ocasión, un periodista importunó a Diego Rivera y José Clemente Orozco con la pregunta de quién era el mejor dibujante de México. Luego de un brevísimo conciliábulo, le respondieron al unísono: Ernesto García Cabral. Cierta o falsa, sirva la anécdota para decir que si García Cabral se ocupa de los soberanos del músculo no es por otra cosa sino por considerar al boxeo un deporte “de verdad”. Y para, a partir del fallo de tan ilustres jueces, decretar a El Chango, por decisión unánime, como el campeón indiscutido del trazo, también en el cuadrilátero.