Aristegui

Los paisajes invisibles.
La periodista Carmen Aristegui.
La periodista Carmen Aristegui. (Especial)

Ciudad de México

La salida del aire de Carmen Aristegui ensanchó la polarización que se vive en México, polarización que no es producto de la intransigencia colectiva sino obra y gracia del propio sistema que ha sido incapaz —y le importa poco— de estar a la altura de las expectativas de una sociedad del siglo XXI porque ésta sí cambió, mientras que la política nacional sigue varada en la lógica de mediados del siglo pasado y, paradójicamente, insiste en regresar aún más, quizás al XIX.

En lo que atañe a medios de comunicación, cómo soslayar que durante décadas el gobierno ejerció un férreo control sobre prensa, radio y televisión, que su autoritarismo furibundo solo admitía, para cubrir las apariencias, una pizca inofensiva de pluralidad, de crítica o disenso, el periodismo de investigación en medios electrónicos era casi inexistente. La libertad de expresión, figura indispensable en toda democracia, solo concurría como fórmula oratoria en los discursos y en la práctica era un ejercicio acordonado.

Hoy las cosas parecen diferentes. Pero parecer es verbo que denota traza, aspecto o semejanza, en una buena porción de la sociedad mexicana prevalece la desconfianza. El periodismo de Aristegui, fundamental, válido e imperioso en estos tiempos, resulta incómodo o controvertible para algunos —y no únicamente para la “clase política” sino para un sector de radioescuchas—, pero para otros es una inestimable alternativa.

La razón por la que MVS rescindió el contrato de Aristegui fue gris, contradictoria. Puntera en rating, de resonancia nacional e internacional y animadora del debate incluso entre colegas, el pretexto de la “marca” sonó insensato porque de su emisión la empresa resultó comercialmente muy beneficiada. Pero como ya se ha señalado en la opinión pública, lo que pudo evitarse con un diálogo civilizado y un acuerdo justo para ambas partes, concluyó en una agria ruptura.

Pero volvamos sobre un punto. La reacción ante el cierre del informativo de Aristegui se inserta en un contexto social de firme resistencia ante la triste memoria de esos tiempos en que el gobierno y los empresarios de la comunicación imponían el criterio, la línea editorial. Aquella época en que era imposible e impensable que se ventilaran y, sobre todo, se discutieran los asuntos más espinosos de interés público, tiempos en que ni de chiste se habrían investigado los deslices erotómanos de un líder priísta a cuenta de los recursos del partido o los affaires de casas blancas: la mordaza nos acostumbró, condicionó indefectiblemente a la sospecha.

En una genuina democracia no hay criaturas sagradas, no hay intocables. El anterior despido de Aristegui de MVS, recordemos, se debió a que comentó los dichos del lenguaraz de Fernández Noroña acerca del supuesto alcoholismo de Felipe Calderón, algo que no había que tomarse como una incorrección pues a estas alturas ya deberíamos haber abandonado la insana cultura del Tlatoani y la pleitesía servil hacia los fueros y por esto, recorrer con lupa el desempeño de un Medina Mora que recibió una toga que tal vez no merece o escarbar en el drenaje de los contratos millonarios de Grupo Higa no son faltas sino el quehacer elemental del periodista. Y aquí es inevitable el tema de la libertad de expresión: limitarla radicalmente bajo cualquier pretexto se antoja una prueba de que nuestra democracia es una fantasía y seguimos en la aciaga dictadura perfecta (Vargas Llosa dixit) o si prefieren una idea más suave, en la dictablanda, como la llamó Enrique Krauze en respuesta, precisamente, a la puntillosa descripción de Vargas Llosa.

Para quienes creen que su salida fue un mero asunto entre particulares y para aquellos que no dudan de que se trató de un ominoso acto de censura, va un axioma del pensador francés Joseph Joubert: “La memoria. Es un espejo que guarda, y guarda para siempre. En él no se pierde nada, ni nada se borra. Pero se empaña. Y no se ve nada”. Por lo pronto, yo voy a extrañar a Carmen todas las mañanas.