Contra toda biografía

Archivo hache.
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(Especial)

Ciudad de México

Viktor Shklovski sabía que el arte es una técnica para desautomatizar la percepción, re–presentar algo de un modo no familiar: enrarecer el mundo, hacer extraña a la realidad. Hoy vivimos la renuncia de este principio.

Los propios artistas, al identificarse con la lógica familiarizadoradel mercado y las redes sociales, debilitan al arte. Los artistas ya no legan sus obras sino ofrecen sus personas como mercancías de consumo inmediato. En la era del Facebook, el artista se reproduce para ser reconocible, familiar.

Hay mucho de fascismo en el uso de la fotografía en Internet. La selfieficación de todo sujeto.

El selfie suicida la distancia crítica y hace triunfar al Yo, el hambre de popularidad, aprobación, normalidad y auto–venta. Todo un mundo no conoce más que la publicidad.

Otro medio por el que la sociedad asesina a sus sujetos disensuales es mediante la biografía.

La biografía ya es un género estable y convencional, que hace creer que vida y chisme son idénticos. Todas las biografías giran en torno al morbo sobre la familia, el amor, el sexo, las relaciones públicas y la opinión.

La obra de Heidegger, por ejemplo, es muy compleja. Pero sus biógrafos, en cambio, convierten a “Heidegger” en algo estándar: desechable.

Las biografías son venganzas que la sociedad comete contra los seres humanos extra–ordinarios; volviéndolos una biografía, la sociedad se tranquiliza haciéndose creer que son bastante parecidos al resto; e incluso, mediante el chisme, moralmente inferiores.

La biografía es el odio de los mediocres contra los sujetos no–estándar.

Las biografías reducen artistas, escritores o filósofos a una serie de anécdotas o relaciones “personales”, en donde lo esencial (la obra) queda aniquilado por lo “privado”.

La biografía busca probar que el escritor o artista es un “ser como nosotros”, busca reducir el problema del creador a un asunto personal.

¿Cuál es el verdadero problema del creador? No su “vida” sino el lenguaje. Como nuestra época ha consolidado una relación instrumental con el lenguaje, lo ignora como problema o misterio, y para no entender la literatura mejor retrata, graba, entrevista, palomea o cataloga escritoras y escritores.

Al identificar la literatura con la persona de los escritores, nuestra época la ha sepultado como escritura allende lo “individual”.

Del sujeto disensual, lo biográfico hace un ser cotidiano, anecdótico, reducible a lo “personal”. Y eliminan al verdadero agente: el lenguaje.

Si combinamos la falacia de la biografía y la autopublicidad de las redes sociales tenemos una máquina que destruye aceleradamente al arte y al pensamiento.

Lo más interesante que tiene el arte o la filosofía es aquello que tiene de impersonal, colectivo y, finalmente, de inhumano.

Uno de los grandes errores políticos, éticos y estéticos de esta época es solapar el gran engaño que fundamenta toda biografía.