Ámsterdam

Ambos mundos.
Ámsterdam
(Especial)

Ciudad de México

Llego a la ciudad de Baruch Spinoza, a un aeropuerto en el que uno quisiera vivir toda la vida, Schiphol. Son las siete de la mañana. Salgo a la plazoleta y respiro el aire matutino, con brisa de mar. ¡Es la ciudad de Spinoza!, me digo eufórico. Al frente están esas casas antiguas que parecen relojes cucú y me pregunto si en ellas, en su paisaje urbano, se podrá rastrear algo de esa ética spinoziana que tanto fascinó a Goethe y a los poetas románticos.

Spinoza, Spinoza, ¿dónde estás?, me voy repitiendo en la mente, pero al primer habitante de la ciudad que encuentro, en una callejuela, es a un hombre de unos cuarenta años, negro afrodescendiente, probablemente antillano a juzgar por sus cachumbos. Cuando paso a su lado hace sonar un bricket, pega un chuponazo y lo que recibo en plena cara es… ¡Una intensa vaharada de mariguana!

Ese olor, ese olor.

De repente todo es diáfano y comprendo que mi viaje a Ámsterdam, en realidad, será un viaje al pasado, a mi adolescencia y años universitarios. Una época que yo daba por concluida pero que volví a encontrar en ese pegajoso y dulce olor a cannabis que impregnó el aire y que provenía del afroantillano.

El Bulldog Hotel está frente a un bello canal, en pleno Red Light District, lo que quiere decir: en medio del más grande centro comercial del sexo de Europa occidental.

Adoro los lugares decadentes.

De inmediato fui al coffe shop y pedí un canuto de mariguana. Me entregaron un pequeño zepelín metido en un estuche de plástico. Qué elegante, pensé, recordando que en la Bogotá de mis dieciocho años la vendían en cajas de fósforos. Ordené una cerveza, miré las luces psicodélicas del Bulldog Bar y a esos extraños drugos, tatuados y musculosos que pululan por ahí, y les dije en la mente, chao, ¡inmersión!, porque mi espíritu ya estaba muy lejos, en un salón del tercer piso de la salsoteca El Goce Pagano, en una Bogotá oscura y fría de inicios de los ochenta. Me vi bailando el “Jala Jala”, de Richie Ray, y “Agúzate” y “El ratón” de Cheo y toda esa música que yo ya relacionaba con la poesía y con mi propio destino, aunque fuera demasiado joven para darme cuenta de la gravedad de esas intuiciones. Ese jovencito soñaba con salir de ese lugar triste donde había nacido y tragarse el mundo, o dejarse tragar por él. Tal vez ir a Ámsterdam y buscar, sin ninguna esperanza, a Spinoza. Ese pequeño mundo era estrecho y lluvioso y por eso bailar era un gesto de pureza, de anhelada coherencia. Me conmovió ese joven, claro. Y ahí estaba ahora yo, con casi 50 años, en una Ámsterdam crepuscular, rodeado de drugos, sintiendo la misma desesperanza y las mismas ganas de encontrar algo de pureza, pero obsesionado con la idea del regreso. Porque ese joven, desde el pasado, parecía decirme: “Ya es hora de volver, debes venir a tu país”. Viviré en Colombia, me dije. Debo escuchar a ese joven que ya no soy y que me interroga.

Es lo que haré.

Luego salí a la calle a respirar el aire gnoseológico y taciturno de la ciudad.