Al maestro, desde aquí

Después de leerle un poema de mi autoría, mi compañera actriz y amiga Vera Larrosa me sugirió que fuera ver al maestro Huberto Batis. Así lo hice y me divertí enormemente.
Huberto Batis.
Huberto Batis. (Especial)

Ciudad de México

Cuando entré al privado del maestro Batis por primera vez, tuve una regresión: lo sentí como una sesión de psicoanálisis profundo. Me recordó mi entorno familiar y mi infancia en mi natal Monterrey: los libros sobre el escritorio le daban la forma del Cerro de la Silla. Recordé el escritorio de mi padre, Francisco M. Zertuche, catedrático de la Universidad de Nuevo León, con inconfundible olor a libros, a hojas, a papel. ¿O serán los recuerdos de infancia, como dice Proust?

Después de leerle un poema de mi autoría, mi compañera actriz y amiga Vera Larrosa me sugirió que fuera ver al maestro Huberto Batis quien era el director de sábado, suplemento cultural del periódico unomásuno; también me sugirió que leyera el suplemento antes de ir. Así lo hice y me divertí enormemente. Leí a Rocío Barrionuevo, a Enrique Serna, a Raymundo Ramos, un paisano mío hijo del maestro Humberto Ramos Lozano; conocí a Guillermo Fadanelli; leí a mi gran amigo Gonzalo Valdés Medellín y el suplemento llenó todas mis expectativas: me sentí como en casa.

El maestro Gurrola fue mi director de teatro y de Vera durante varias puestas en escena a lo largo de muchos años. Conocía perfectamente su línea de trabajo: en definitiva, Batis y Gurrola hablaban el mismo idioma, eran partícipes de la misma estética, tenían la misma esencia.

Entregué mi poema al maestro Batis pensando que no me publicaría. Creí que aparecería una de esas fotos mías que tanto halagaba Huberto.

Sorprendentemente, vi mi poema en sábado. Por supuesto, me llené de alegría y satisfacción. Además, ¿por qué no decirlo?, mi ego se engolaba: compartía el espacio con esas plumas exquisitas a pesar de que era únicamente una actriz.

Llevé un poema y otro y otro y los veía en sábado y me daba una gran alegría, pero también sentía una gran emoción cuando entraba a ese privado y veía a los escritores que colaboraban en esa temporada.

Llegamos a hacernos buenos amigos. Batis me pedía que le contara anécdotas sobre mis compañeros, anécdotas de la vida diaria, mucho del teatro de Gurrola. Otras veces me invitaba a cenar acompañado de Paty, su actual esposa, y disfrutábamos un buen menú con una deliciosa copa de vino y buena conversación.

Un día, platicando en su oficina, me dijo: "¿Por qué no me traes más poemas para publicar". Yo le contesté: "Nadie mejor que tú sabes lo difícil que es escribir un nuevo poema". Me dijo: "Entonces ¿por qué no platicas por escrito todas esas anécdotas de tus compañeras, de la vida nocturna en México y de lo que has hecho en teatro?" Me dio mucho miedo mientras lo estaba diciendo pero lo hice.

¡Y comencé a escribir el "Farandulario", a recordar y a divertirme mientras lo escribía y a darme gusto cuando al maestro Batis le hablaban preguntando si no era un seudónimo porque ¿cómo una escritora podía saber tanto de cabaret? Mi columna comenzó a gustar y cada vez había más personas que me felicitaban.

Pero el maestro Batis no solo me halagaba, también me regañaba, y mucho: que se me fue una coma, que tuve una falta de ortografía, en fin. Me decía: "Casi reestructuraron tu escrito". ¡Qué pena, qué barbaridad!, pensaba yo y me entristecía. Me di cuenta que el maestro Batís, consciente o inconscientemente, me estaba descubriendo la pasión por la literatura, que tengo por herencia. Ya con esas vivencias solo me quedaba "la dignidad" de escribir bien. No sé qué métodos pedagógicos usen los buenos maestros como él o como mi padre, pero a mí me dio la curiosidad de conocer más, de leer más y estar en algún taller que pudiera encauzar esa pasión.

Así, desde mi perspectiva, el maestro Batis es un Maestro–Maestro a quien un día tuve la suerte de conocer.