Una agenda para esta centuria

México no comienza el siglo XX sino hasta 1910, año en que estalla el conflicto armado, y habría tal vez que añadir que a este comienzo tardío se le debe sumar un final adelantado.
Sede de la Secretaría de Relaciones Exteriores.
Sede de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Ciudad de México

La paradójica diplomacia cultural mexicana del siglo XX desarrolla su labor entre dos riberas de un mismo río. Por un lado, es innegable que la propagación de estereotipos no solo simplificó e incluso en ocasiones falseó la diversidad y la pluralidad de manifestaciones auténticamente populares, canjeando el mosaico de lenguas, gastronomías, cosmovisiones, etcétera, por un ramillete de imágenes petrificadas en el tiempo que aún hoy pueblan el cielo de los imaginarios que desde el exterior solo asocian lo mexicano con estas representaciones. Por otro, debe reconocerse que la diplomacia cultural mexicana, a veces movida por la propia impronta de quienes han llevado con talento y dignidad esa tarea, otras alentada por un sentido de grandeza y complejidad cultural que se impone y desborda, por sí misma, las estrecheces de lo estereotípico, es capaz de alentar el interés y la formación de mexicanistas en todo el orbe, de brindar a nuestro país espacios y prestigio, de abrir caminos de cooperación y solidaridad internacional, acorde con principios que han ennoblecido su propia tarea.

¿Cómo transitar, pues, de un modelo, el del siglo XX en que priva la idea de que la nación se sustenta en lo homogéneo, a uno en que el acento de legitimidad se halle en reconocer lo plural y lo diverso, la identidad de la unanimidad a las ideas amplias e inconclusas que nos contienen a todos?

El nuevo siglo, afirma el embajador mexicano Alberto Lozoya, y la globalización coinciden con un acontecimiento fundamental en la historia política nacional, cuando los mexicanos se proponen firmemente ampliar su base democrática y reducir las abismales diferencias en la distribución de la riqueza que, por desgracia, caracteriza a nuestro país. En esta coyuntura es indudable que el modelo nacionalista de representación cultural está agotado. El reto consiste en dotar a la nueva sociedad de los lenguajes e instrumentos artísticos y culturales que, amén de expresar más ajustadamente sus fines democráticos y de justicia social, contribuyan activamente a alcanzar tan altos objetivos.

México no comienza el siglo XX sino hasta 1910, año en que estalla el conflicto armado, y habría tal vez que añadir que a este comienzo tardío se le debe sumar un final adelantado. México comienza tarde el siglo XX y lo termina temprano; comenzó en 1910 con un levantamiento armado y concluyó de manera anticipada quince años antes, en 1985, luego de que un terremoto devastador en la Ciudad de México hiciera emerger a la sociedad civil organizada como la imagen invertida en el espejo del poder centralista.

Del término identidad al de identidades; de las ideas de que es imperativo formular desde los centros de poder aquello de lo que está hecha el alma nacional —identidad homogénea, unidad de la nación, principios unificadores, estereotipos nacionales, tendencia a unificar— a la reconfiguración de lo nacional como aquellas ideas amplias que convocan a lo múltiple y lo diverso, el gran protagonista del siglo en curso es, justamente, la sociedad, las sociedades, cargadas de plurales.

Este cambio, qué duda cabe, implica una transformación cultural en un doble enfoque. Por una parte, demanda ser capaces de establecer nuevos referentes en el discurso de lo cultural; por otra, supone la capacidad de la propia institucionalidad cultural que se reconozca desde la diversidad, la pluralidad y lo intercultural.

Durante los años precedentes, México y su diplomacia cultural han ido transitando de este modelo concentrador de imágenes, estrategias, productores y valores a uno más abierto, horizontal, en el que la institucionalidad cultural está llamada a responder ante tres desafíos de nuestro tiempo: 1) ampliar y profundizar una efectiva vinculación con la sociedad; si para la diplomacia cultural del siglo XX el Estado fue el gran punto de referencia, hoy el gran actor de esta centuria es la sociedad, una entidad crítica cargada de multiplicidades, identidades fragmentarias y cambiantes, tensiones y potencialidades creativas; 2) responder con sentido de responsabilidad, imaginación y audacia a las posibilidades que nos abre el salto tecnológico en concordancia con el apoyo a la expansión de la infraestructura; 3) alentar iniciativas que proyecten plataformas multilaterales que potencien el debate, la crítica y la creatividad artística y cultural.

Estos tres ejes suponen la oportunidad de avanzar en una agenda de la diplomacia cultural de esta centuria que pueda ser pensada, definida, diseñada e implementada, no desde los derroteros del siglo anterior, sino desde los propios referentes, actores, herramientas y estrategias que el tiempo actual despliega.